Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 29 de enero de 2022

La última queja

Con sólo ver el estado de la caja supe que, una vez más, la pizza en su interior se encontraba fría y con la mozzarella escurriéndose hacia uno de los extremos del cuadrado de cartón. Ni siquiera hacía falta abrir la caja, los cuarenta minutos de demora en la entrega del pedido me daban la razón y justificaban mi enojo. Envalentonado, tomé la caja, bajé los cinco pisos por escalera del complejo habitacional hasta la calle y casi choqué con la puerta abierta de la pizzería al dar vuelta en la primera esquina. Mantenían la puerta abierta para soportar el calor del horno de barro a leña que ardía durante horas, lo cual no justificaba en nada la forma en que entregaban sus pedidos. No era además la primera vez que ocurría algo como esto, pero estaba convencido en lograr que fuera la última.
    En cada negocio cercano al complejo habitacional N° 67 en el que vivía, se me conocía por quejón. Esto se debía a que siempre, de una forma u otra, encontraba algo sobre lo que quejarme, entre otras cuestiones por cosas como: la calidad de los productos vendidos, la limpieza del local o su ausencia, la falta de información referente a precios de los productos o sus fechas de caducidad, los cambios entre el valor anunciado en las góndolas y el que querían cobrar en las cajas registradoras, la mirada furibunda de los empleados, el calor, la humedad, el valor del dólar, la falta de perspectiva de futuro para el conjunto de la sociedad, la imposibilidad de la aplicación real de la teoría sobre los viajes interespaciales, la dificultad para construir una máquina de espacio-tiempo, el monto de las importaciones de hidrocarburos, soja y litio. Cualquier cosa podía resultar el comienzo de mis quejas, y una vez desatado ya nada me detenía. Nada le ponía fin a la queja hasta que no regresaba a mi cubículo individual dentro del complejo.
    El caso de la pizzería era diferente. Con un estoicismo extraño en mí, venía soportando situaciones que debían solucionarse de manera diferente, porque el cliente ―casi― siempre tiene la razón, salvo que esté equivocado. Además de que esa pizza, con todo lo deliciosa que podía llegar a ser, una vez fría resultaba más dura que una piedra. Y siendo que a mi edad había perdido demasiadas muelas, no quería arriesgarme a que otra más se quedara en el camino.
    Allí estaba pues, aguardando a que el cliente anterior terminara de presentar su propia queja ―porque aquel era un mal que no sólo a mí me perseguía―, para presentar la mía, cuando alguien a mi espalda me llamó utilizando todos mis nombres y apellidos, que son varios y que nadie utilizaba de esa forma desde la época del Liceo.
    No quería darme vuelta, pero al mismo tiempo sabía que tenía que hacerlo para evitar volver a ser llamado de ese modo. Me giré lentamente, con la caja aún en la mano, y me encontré frente al peor de mis temores: la materialización de uno de esos restos de la infancia enfermos de tiempo. En mi recuerdo quiero creer que al girarme hacia esa figura amorfa, con ciertas características humanas que se acercaba a mí con una de sus manos de dedos rechonchos y grasientos extendida, mi expresión era seria, sin dar mayores muestras de lo que sentía al verme en esa situación, al mejor estilo de un jugador profesional de póker que no soy. Lo más probable es que tuviera alguna expresión cercana a la sorpresa.
    ―¿Cómo te va? ―dijo la figura, y precedió a presentarse con todos sus nombres y apellidos que apenas escuché olvidé. Luego, y por la siguiente media hora, si es que no más, acumuló dato sobre dato de su experiencia vital desde el momento en que nos viéramos por última vez, hace treinta y cinco años, cinco meses, tres semanas y cuatro días según él mismo, hasta el presente. Así supe y volví a olvidar todo lo referente a su matrimonio y posterior divorcio, casamiento en segundas nupcias, empresas intentadas y negocios fracasos, viajes por trabajo por todo el globo, pero no a México, porque México es un mal lugar para los negocios (pensé en preguntarle por qué, pero recordé que no me importaba). Supe del nacimiento de sus hijos, sobrinos y nietos, los autos y mudanzas a casas cada vez con más habitaciones, el yate, su incendio y hundimiento, el nuevo yate, perdido por un problema de impuestos, su segunda operación de próstata, la muerte de la tía Mery (o Mary, no lo escuché bien), que tenía una enfermedad terminal y no le había dejado casi nada de herencia.
    Para ese momento yo apenas podía respirar, como si todo su hablar hubiera agotado mis fuerzas.
    En una breve pausa del infinito monólogo logré presentar mi queja en el mostrador de la pizzería, me prometieron una pizza nueva si podía esperar por ella y cometí el error, luego de responder que sí, que la esperaría, de volver a mirar a mi interlocutor. Fue como si por segunda vez se abriera la compuerta de una represa que contenía el río más caudaloso del mundo.
    ―¿Te enteraste de lo que le pasó a…? ―mencionó otra serie de nombres y apellidos en los que no había vuelto a pensar y que tranquilamente podría decir que era la primera vez que los escuchaba. En mi rostro debe de haberse pintado mi desconcierto, porque de inmediato continuó―. Entonces no te enteraste.
    Por los siguientes cuarenta y cinco minutos pasó revista por vida y obra de cada uno de los veintinueve compañeros del curso, incluyendo a quienes sólo habían formado parte del mismo por un breve tiempo, un año o menos que eso, con los que por alguna razón había mantenido el contacto. Se presentaron ante mí una sucesión de vidas similares, casi paralelas, con problemas idénticos, soluciones parecidas, las mismas enfermedades, con más o menos éxitos. Una sumatoria de nuevos detalles e historias mínimas que no me servían para nada y que ahora que conocía sabía que podría haber vivido el resto de mi vida ignorándolas. Detalles que diferían en poco a los pertenecientes a mi vida. Darme cuenta de esto fue lo peor de aquel encuentro. No saber cómo reaccionar luego de algo semejante era lo más normal, por lo que ante su pregunta:
    ―Pero bueno, ya hablé suficiente. ¿Y vos? ¿Qué es de tu vida?
    ―Y… ―respondí ya con la caja de la nueva pizza en mi mano desde hacía varios minutos―. Me quedaría a charlar un poco más, pero me están esperando ―dije señalando la caja.
    ―Bueno, bueno, tenemos que volver a encontrarnos ―comentó mientras intercambiábamos lugares dentro del calor de la pizzería.
    ―Sí, sí. Seguro que sí.
    ―¡Fue muy bueno verte!
    Salí disparado de allí con dos certezas. La primera era que necesitaba encontrar otra pizzería, una en la que resultara improbable a encontrarme con un sujeto atacado por el tiempo de manera similar. La segunda era que, de una forma u otra, necesitaba dejar de quejarme por todo, todo el tiempo, aunque el sentir la pizza cada vez más fría en mi mano poco ayudaba en esta dirección.

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Inicio del Espacio Publicitario:

En el Número 71 de la revista digital El Narratorio, se ha publicado el cuento: Golpe a golpe.

También en la Revista Digital La ignorancia N° 33 (España) se publicó el cuento: Gusanos.

Pueden pasar a leerlos cuando gusten.

Fin del Espacio Publicitario.

23 comentarios:

José A. García dijo...

No le recomiendo a nadie, ni siquiera como castigo, encuentros similares.

Nos leemos,
J.

Guillermo Castillo dijo...

Tal parece que hay días que nos encontramos bien y otros en los que queremos arrastrarnos hasta un agujero y ondear la bandera blanca.
Saludo literario desde Colombia.

J.P. Alexander dijo...

Uy pobre, buen relato. Te mando un beso

Tot Barcelona dijo...

No hay nada que me produzca mayor temor que el encontrame con una persona al que hace tiempo que no veo. No sé porque empiezan a explicar todos los males y muertes de aquellos con los que habíamos tenido algo en común, cosa que detesto.
Por cierto, las pizzas no son mi fuerte.
Salut

Amapola Azzul dijo...

Me encantó,me metí en la piel del personaje.

Besos.

Jose Casagrande dijo...

Pues una historia de Horror que desafortunadamente me paso de manera similar a mi, con un amigo que tenia en el colegio de la primaria:

Cada que me encontraba con "Alfonso", este solamente me decia una frase:

"Jose, para avisarle que se murio Cerquera, el profesor de matematicas"

pasaba un tiempo y me "avizaba" el nombre de otro profesor que habia muerto de pura vejez.

y asi durante decadas. Pero ahora ya me preocupe, la ultima vez me dijo:

"Jose, para avisarle que se murio el Gordo Serrano"

Claro al tipo se le acabo la lista de profesores que se jubilaron y fueron muriendo... ahora comienzan a morir las personas de mi generacion.

Solo espero que no me tenga en su lista "Alfonso", para decirle a algun fulano

"Para decirle que murio Jose."

La verdad si, recomiendo que se cambie no solo de pizzeria, sino de tipo de alimentacion. Hay que evitar a toda costa estas noticias de un pasado que deberia estar olvidado.

DULCINEA DEL ATLANTICO dijo...

Pobre hombre todas las cosas le pasaron a él y las consecuencias no son de nada buenas.
Un saludo Jose A.
Puri

lunaroja dijo...

Tenés el talento de escribir un relatazo con la cosa más rutinaria y cotidiana.
Tus relatos enganchan en la primera frase.
Casi me dieron ganas de ir a socorrer al pobre infeliz atacado por el "atrapado por su pasado".
Un abrazo.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Si quejarse es el deseo, es algo que puede ser facilitado por la circunstancias.
Pizza fría o dura. Son motivos justificados para la queja.
Como encontrar a alguien con recuerdos que no interesan.

Saludos.

Ernesto. dijo...

Será cosa de sugerir ese cambio al amarillo en el alumbrado público.

Saludos.

Anónimo dijo...

En bastantes ocasiones me ha sucedido algún trance similar. Suelo prestar oídos a todo, aunque sea un pastizal narrativo, y luego, como contraste, suelen interesarme aspectos que no están en la corriente principal de quien conversa con las atropelladas informaciones; y la visión periférica de las frases me atraen y acabo preguntando yo por cosas que quien habla no comprende(para mi los matices y los detalles son importantísimos)y acaba él estupefacto. El entorno de la pizzería me ha gustado, me complace grandemente la cocina italiana, pero tu narración además, ha hecho de catalizador de pasadas experiencias urbanitas nocturnas mías en las que siempre me he movido a altas horas oscuras en restaurantes italianos o pequeños despachos de pizza más humildes. Hay algo embriagador casi policiaco en los recuerdos que has desencadenado.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ A Por Febrerillo "El Loco" !!!!!!!!!! 🍷

Luiz Gomes dijo...

Bom dia. Mais um mês terminando e espero que o seu mês de fevereiro seja com muita paz e saúde, tanto para você e familiares. Obrigado pela visita e carinho.

Raul Ariel Victoriano dijo...

Un cuento perfecto, José; de prosa fluida y amena, da gusto leerlo.
Te mando un abrazo.
Ariel

Raul Ariel Victoriano dijo...

También leí Gusanos y me gustó mucho la imaginación puesta en juego a favor de la factura de un relato fantástico.
Abrazo.
Ariel

Beauséant dijo...

ojala existiese un libro de reclamaciones para las personas, ¿te imaginas? poder ponerle a alguien una queja y que te lo sustituyan por otra versión mejorada :)

mariarosa dijo...


Al final no pudiste cambiar la pizza por otra caliente....
Esos personajes señora o señor, te los encontras en cualquier lugar, en la calle, en un negocio, son insufribles, pero son, eso es lo malo.

Saludos.

gla. dijo...

Pizza fría
Amigo de la infancia infumable (también puede ser cualquier vecino)
Mala combinación
Abrazos

Mista Vilteka dijo...

Oh los quejetas. Muchas veces tenemos la razón. Las veces que no, se nos condena a la cantaleta. Porque el universo equilibra lo que hay y lo que habrá.

Frodo dijo...

El título es tanguero, lo mismo el encuentro con un pasado que nos atormenta. Pero no hay cosa más melancólica que una pizza fría.
Y ojo que están esos que dicen que les gusta, que después de una joda volver y encontrar la pizza fría y etcétera.

Abrazos, Herr

beatriz dijo...

A veces me pasa y otras, soy ese casual encuentro que detesta a los que se quejan. Bah! ya empecé a quejarme otra vez.
Se disfruta leerte.

Saludos José.

Doctor Krapp dijo...

Una descripción certera de como el pasado tiene la osadía de mezclarse con el presente y querer robarle el protagonismo. Esa gente del pasado mes muy cargante y no les basta con su línea borrosa en el rincón de los recuerdos.
Un detalle anecdótico al otro lado del Atlántico: la pizza se impuso aquí a través de Argentina y no de Italia por eso en España hay muchos locales de pizza con nombre argentino.

Saludos

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

El tipo más desagradable que, la misma pizza enfriándose. Un abrazo. Carlos

SÓLO EL AMOR ES REAL dijo...

Este es un relato fenomenal!! Y a veces me pasa lo mismo que al protagonista con su pizza fría

Paz

Isaac