Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 26 de octubre de 2019

Familia - Tíos (2/5)


Como si de un mecanismo de relojería se tratara, cada tres años mis abuelos paternos arrojaban un niño a este mundo. Ignoro de qué manera hacían sus cálculos, o cómo evitaban el error; y ahora que ya es tarde para interesarme en el asunto tampoco tiene tanto interés. Claro que ese detalle podría agregarle una nota de color a la historia pero, en verdad, sería un aporte demasiado pequeño.
            El tercer hijo nació hombre, la guerra se había acabado en España, pero otra guerra comenzaba, de la que llegaban noticias terribles sobre el horror que sucedía del otro lado de los lejanos Pirineos. Noticias que no podrían ser del todo ciertas, al menos que creyéramos que los soldados rusos, cuando se quedaban sin provisiones, hacían sopa con los cuerpos desmembrados de los niños alemanes muertos en los bombardeos sobre las ciudades que no aceptaban el comunismo. Y que era a base de este tipo de sopas que sobrevivían el frío de la aún más lejana Siberia.
            Dejando de lado la guerra, lo único peor que puede suceder al hijo de una familia cercada por los tradicionalismos caducos, lo único peor a nacer mujer o a no nacer en lo absoluto, es ser el segundo hijo varón. Condenado a ser el segundón toda tu vida a menos que tu hermano mayor, el primogénito, muriera (por causas naturales o de envidia, que no siempre se distinguen unas de otras), que el padre lo desherede por alguna razón, te mueras primero o acabes haciéndote cura o milico en la Guardia Civil.
            El republicanismo solapado de la familia impidió que, en los años en que quedaban antes de la huida de España, el hermano de mi padre contemplara la idea del seminario; así como también se debía ser mayor de edad para poder usar un uniforme de guardia civil, lo que te permite portar un arma y cometer cuanta tropelía se te ocurra. La situación todavía podía mejorar de algún modo de no haber sido que, para su sexto cumpleaños, el regalo de sus padres fue el nacimiento del tercer, y último, hijo varón de la familia.
            Tienes seis años y nada comprendes de lo que sucede, pero sabes, intuyes, que todo será cuesta arriba en tu vida, que nunca nada será fácil; lo sientes en las fibras más profundas de tu ser aún cuando ni siquiera sabes cómo sentirte al respecto.
            El viaje hacia Argentina, los veinte días encerrados en un barco que amenazaba con desarmarse en miles de piezas cada vez que el mar mostraba su furia en forma de tormenta, fue la mayor aventura de su infancia. Atravesar los pasillos infinitos escuchando voces y acentos extraños, aun arrastrando a su pequeño hermano, era suficiente para despertar infinitas fantasías. No podía contar con el hermano mayor quien, con sus 18 años y sus recientemente adquiridos pantalones largos, paseaba por el barco sin dar explicaciones a su madre ni atender a sus hermanos.
            A pesar de ello, había mucho para descubrir, para disfrutar, en el viaje. Y más aún una vez llegados al puerto y en todo lo que tuvieron que hacer sus padres, mis abuelos, hasta llegar a la tierra prometida al norte de la provincia de Buenos Aires. Se suponía que allí esperaban otros familiares, tíos o primos, o primos de los tíos, o alguna cosa similar, pero también podría ser que no fuera así y acabaran en medio de la nada.
            Las nuevas oportunidades tardaron en dejarse ver en aquella otra casa, en el campo, la escuela y la cantidad de cosas que podía hacer y aprender mientras todos los demás en la familia estaban igualmente ocupados.
Al crecer, uno se olvida de lo complejo que resulta ser un niño, las expectativas que hay que cumplir, los metas por alcanzar, alegrar a todos por igual; se olvidan igualmente las cosas que los adultos imponen a los niños sin siquiera preguntarles si están de acuerdo, porque son niños, y su opinión cuenta menos que la de una mujer. Las travesuras suelen ser más divertidas cuando nadie nos ve hacerlas, o cuando creemos que nadie lo hace. Porque resulta siempre que algún par de ojos adultos se encuentra observando en todo momento. Claro que no se puede ser un niño para toda la vida, al menos no se lo podía ser durante la década de 1960, en Argentina y su caos político y económico (para no hablar de las cuestiones que en verdad importan).
            Era necesario crecer, tomar decisiones y responsabilidades. Aquel campo nunca sería suyo, al menos que algo cambiara. En el pueblo podría dedicarse a alguna otra cosa. Otros trabajos, otras personas con las que relacionarse y, más interesante aún, otras mujeres que no sean las hijas de los puesteros cercanos, esas a las sólo interesan el casamiento y los hijos y nada, pero nada, de diversión, ni siquiera por error. Esas fue, sin lugar a dudas, una de las primeras cosas que aprendió en su nuevo hogar.
            Pero, algo mucho más importante que el conocer mujeres, el pueblo tenía su propia estación de trenes. Dos gotas larguísimas de metal que se fundían en la lejanía del horizonte en dos direcciones completamente diferentes. Un mapa de la Argentina, con el trazado de todas las vías férreas nacionales, que recorrían la mayor parte de la extensión, decorada la pared más grande de la estación (el mapa aún puede verse en la estación, un poco más viejo, decolorado y con manchas de humedad. La estación es ahora un centro cultural desde que el ramal que pasaba por el pueblo no sobreviviera al neoliberalismo que embargó al país en la década de 1990. Otros dicen que en realidad se construyó una estación nueva unos kilómetros más adelante, más cerca de los campos sojeros, y, por lo tanto, más rentable. No lo confirmé, y tampoco es importante ahora).
            En el pueblo hay quienes aseguran haberlo visto partir en una dirección; otros sostienen que lo hizo en el sentido contrario. En lo que coinciden es en que se marchó del pueblo, del campo, de la familia, de la falta de oportunidades; sin despedirse y sin señalar su destino en mapa alguno, como si huyera de algunas cosas y sé de ciertas personas de mala voluntad dirán que era eso mismo lo que había hecho, huir de la realidad de un hijo ilegítimo al que no pretendía reconocer. Lo que sé con certeza es que era 1965, y tenía 22 años, cuando partió.
            Ni una postal, ni una carta, ni señal alguna de vida, durante años. La mayor de las incertidumbres navidad tras navidad, año tras año, cosecha tras cosecha. Su madre, mi abuela, que poco a poco iba quedándose ciega, esperaba el momento de verlo volver; aún cuando el resto de la familia y los pocos amigos que uno tiene al vivir en el campo durante tantos años, se empecinaran en decirle que eso nunca ocurriría. Sin embargo, su madre confiaba en su regreso.
            Dicen unos pocos que lo reconocieron en la estación una mañana de invierno, o quizá de fines de otoño, de 1979; y que a primera hora de la tarde de ese mismo día partió. Dicen que lo vieron caminar por el pueblo como queriendo reconocer lo que viera en él antes de partir, como hacen aquellos que se van y regresan luego de décadas enteras sin caminar las mismas calles, como dice la canción. El pueblo era otro, diferente, más grande, con más gente, nuevos negocios. Solamente las calles y los caminos eran los mismos. Dicen que regresó específicamente ese día para visitar la casa de sus padres, mis abuelos, porque sabía que solo encontraría allí, ciega y perdida en sus pensamientos, a su madre. Al regresar de sus labores en el campo, el abuelo encontró a su esposa llorando con desconsuelo pero sin pronunciar ni una sola palabra que explicara la razón de su llanto.
            Desconozco si esta historia es verdad, si mi tío, al que nunca conocí, regresó alguna vez o si continuó su viaje buscando su lugar en el universo. Para mí no es más que un nombre repetido en las reuniones familiares de mi infancia, a las que dejé de asistir en cuanto supe que podía hacerlo. Tal es así que ni siquiera puedo decir que se haya convertido en un recuerdo sino que es menos que eso, mucho menos.



Aclaración: Este rectángulo negro es quien 
mejor representa a quien nunca conocí.

15 comentarios:

José A. García dijo...

¿Quién no tiene un pariente de quien todos los mayores hablan pero uno nunca llega a conocer?

Saludos,

J.

Cayetano dijo...

Las circunstancias ponen a veces a la gente entre la espada y la pared. Y a veces se toman decisiones duras y desagradables que otros no entienden. A los que lo pasan mal es difícil juzgarles.
Un saludo.

Frodo dijo...

Vengo de leer el anterior, y este rectángulo negro me ha causado mucha gracia ya que esperaba el ya clásico "no se parece en nada..."
El tiazgo (se dice así?) es el papel que mejor me sale dentro de mi familia. Sí, el tío borracho de las fiestas, el que le hace joda a sus sobrinos asustándolos, llevandolos a elegir lo que quieran en el kiosco bla bla bla etc etc etc... Ojalá algún día sea yo una de las fotos en un escrito de estas magnitudes

Abrazo J

DULCINEA DEL ATLANTICO dijo...

Es cierto que siempre suele haber en las familias alguien del que se habla y solo se conoce de oídas, es decir de lo que cuentan sobre esa persona viene por boca de otros.
Genial el rectángulo negro para representarlo.
Un saludo Jose
Puri

José A. García dijo...

Cayetano: La vida es una decisión dura y desagradable.

Frodo: No sé si se dirá “tiazgo” o no, pero entiendo la referencia y es algo a lo que le escapo con mucho énfasis de convertirme en una caricatura de mí mismo.

Dulcinea: Algunas familias no se componen más que de ese tipo de personajes. Y, en algunos casos, lo mejor es que así sea.

Gracias por sus visitas,

J.

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

Contaba mi padre, que en paz descanse, que tenía una tía con 8 hijos todos varones y que se fue a Argentina con tal de que no pasasen por el servicio militar en la posguerra....

lógicamente, de aquella familia jamás supo que la que se quedó aquí en España
un beso

RECOMENZAR dijo...

Amén

Mara dijo...


Pues a pesar de representarle un rectángulo negro, nos has regalado un relato familiar muy interesante y a mí me has trasladado a otro tiempo y otro lugar al que también para llegar has de cruzar el charco. Saludos.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Es algo que suele darse.
Es interesante alguien que se rebela al destino, se va para no volver.
Saludos, colega demiurgo.

Doctor Krapp dijo...

1979, fue el año de las desapariciones en Argentina y no me refiero tan solo a las originadas por la sangrienta represión política, la gente tenía que escapar a alguna parte y algunos optaron los exilio. Desde la distancia creo que hubo entonces una generación perdida mucho más perdida que la que ha adquirido fama literaria.

Saludos

Manuela Fernández dijo...

Debe de ser duro para un hijo alejarse de su familia y no volver, pero es su decisión al fin y al cabo, pero para una madre debe de ser casi peor que la muerte, no saber cómo le irá, si será feliz. Muy duro.
SAludos.

unjubilado dijo...

Acabo de ver en tu rectángulo negro, los cuatro y cada uno de mis abuelos.
Saludos

Guillermo Castillo dijo...

José, siento contradecirte, pero ante esa familia tan prolífica como es la suya, no hay nada que la represente,por ejemplo,como un rectángulo.

Saludo amigo.

lunaroja dijo...

Me encanta tu árbol genealógico narrado!
Muy especial, muy reflexivo. Nos muestras esos espacios que pertenecen al pasado pero que siguen aún hoy vigentes en la memoria y en el alma.
Saludos!

José A. García dijo...

Marie: La distancia, no siempre geográfica, destruye a la familia. Imposible negarlo.

Recomenzar: Gracias

Mara: Un tiempo en el que al menos los trenes funcionaban en Argentina, pero eso es secundario. Gracias por tus palabras

Demiurgo: ¿Quién no quiere tener la voluntad suficiente para hacer algo semejante?

Dr. Krapp: Es posible que algo de ello haya tenido que ver con su decisión; me gustaría preguntárselo, pero lo veo impracticable.

Manuela: Sin lugar a dudas, debe ser lo más duro para cierto tipo de madre.

Un Jubilado: Gracias por el comentario. También veo reflejado en él a muchos familiares.

Guillermo: Sería iluso de mi parte pensar que algo diferente a la vida misma pueda representar no ya a mi familia, sino a cualquiera de ellas.

Luna Roja: El pasado siempre está presente, hasta que deja de estarlo, entonces se convierte en algo más.

Gracias por sus visitas y comentarios, como cada semana.
Nos leemos,

J.