Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 20 de octubre de 2019

Familia - Tíos (1/5)


Siguiendo algún mandato social ancestral, las familias en el campo deben tener muchos hijos, porque más hijos implican más brazos para trabajar la tierra; cumpliendo con ello, mis abuelos paternos tuvieron cinco. Tres fueron varones, por lo tanto dos fueron mujeres, intercaladas entre sus hermanos.
            Imaginen la alegría de un niño que sabe que se acerca su cumpleaños y que, teniendo tantos tíos y familiares (abuelos, primos, parientes políticos, etc.), piensa que la fiesta resultará en un evento multitudinario en el que recibirá muchos regalos. La alegría desbordará las sonrisas y ese día sería algo digno de recordarse hasta la siguiente vuelta del calendario. Imaginen, que es lo mismo que puedo hacer porque, si algo nunca sucedió fue, precisamente, ese tipo de festejos. Ya veremos por qué.
            Dado que luego hablaré de mi padre, comenzaré por sus hermanos y hermanas en una clara sucesión de edades. Así pues, la primera en la lista será mi tía la mayor, para diferenciarla de mi tía la menor. Es cierto, tampoco podemos pedirle mucha creatividad a una familia que vivía para trabajar y no para pensar en formas de referirse a sus hijos diferentes a sus nombres.
Apenas tres años y un universo social separaban a mi tía de mi padre. La Guerra Civil había acabado, en teoría, en el sur de España; una guerra que sólo sirvió para desangrar la mayor parte de la península y expulsar de sus tierras a cualquiera que se atreviera a pensar mínimamente diferente. El Generalísimo se sentía en la cúspide de su poder mientras veía que sus aliados en Italia y Alemania tenían las piezas necesarias para orquestar un triunfo aún mayor para sus ideas.
            Hacia el interior, hacia el pueblo, realmente pocas cosas habían cambiado al terminar la guerra. Volver al trabajo, volver a la tierra, a deslomarse para que otro se quede con las ganancias, como ha sido siempre y, al parecer, siempre será. El hombre en el campo, la mujer en la casa, que eso también siempre ha sido así y también, por supuesto, siempre lo será.
            Pero, ¿cómo debe ser una mujer? Sumisa, silenciosa, nunca fijándose en una misma sino atenta a las necesidades de los demás (pero del hombre principalmente, ya sea el padre, el hermano, el tío, el suegro, el marido, los hijos, los sobrinos). Cocinar, remendar y lavar la ropa, atender a los demás, de sol a sol, es el destino de la mujer de campo en la España franquista; una tradición pesada, cargada con el tufo de los rancio, de lo viejo, de lo que se debe dejar atrás de una vez y para siempre.
            Pero también lo es en la Argentina postperonista donde, a pesar del océano de distancia, la diferencia era casi nula. Y qué importa si en el nuevo pueblo no se conoce a nadie, mejor que sea de ese modo, eso significa que habrá menos distracciones. Eso significaba que mi tía la mayor, su hermana y su madre, podrían concentrarse en lo que una mujer debe hacer y no dejarse llevarse por ideas perniciosas para su cuerpo y su alma que, para no variar demasiado, también existen en esta parte del mundo.
            Lo importante es encontrar un marido para las niñas. Están los vascos que ayudan a levantar las cosechas, pero ellos huelen mal; la suciedad se acumula en sus ropas, en sus rostros, ¿es que acaso no conocen el agua? Además, ¿por qué sonríen así cuando pasan cerca de la casa con cualquier excusa? Siempre a la misma hora, siempre saludando en euskera, como si alguien entendiera lo que dicen.
            Es una suerte que en Argentina todo parece ser tan tranquilo, todo luce tan luminoso y el campo no es más que eso, campo. Uno donde no te encuentras con la Guardia Civil en tu puerta semana sí y semana también. Pero la tradición continúa mandando que las hijas deben hacer lo que el padre dice que hagan, no se discute, se acata. Poco importa el que sea 1880 o 1960. Es lo mismo, no hay diferencia. Al menos el puestero mallorquín que vino a visitar la casa por invitación expresa de su padre, que habla poco y mira de soslayo, parecía haberse bañado, o al menos lavado el cuerpo. No olía a sudor, a tierra, a trabajo, a hombre descuidado preocupado únicamente por el sustento inmediato; las pocas y mustias flores que trajo apretujadas en una mano eran un detalle a tener en cuenta. Su futuro esposo no era uno de los nuestros, no era andaluz, pero resultaba más serio que cualquier otro de los hombres del pueblo o de los cosecheros. Cuando todo se acordó, se lo hicieron saber.
            Así fue que, mi tía la mayor, acabó casada, uno o dos meses después de cumplir los 18 años, con un puestero mallorquín que la conociera un par de semanas antes. El puesto que regenteaba estaba cerca del campo de la familia, por lo que no se iría demasiado lejos, y su futuro esposo había prometido ayudar con algo referente a los negocios que, por supuesto, una mujer no tenía por qué saber. La cuestión era ubicarla y ese hombre, que no era joven pero tampoco era del todo viejo, era la más aceptable entre las pocas opciones disponibles.
            Hubo fiesta, como las formas mandan; hubo un cura alcoholizado, como dios manda; hubo lágrimas entre las mujeres, como se esperaba; hubo charlas de trabajo y negocios entre los hombres, como debía ser y, al atardecer, el tilbury se alejó arrastrado por un tordillo viejo y cansado. La familia comenzaba a fragmentarse como, en algún momento, todas las familias lo hacen.
            Quizá hayan sido felices viviendo juntos, quizá no. La cuestión era traer hijos al mundo, sobrevivir a la convivencia y que la gente no murmurara. Es decir, ser un miembro respetable del pueblo. Para ello quizá sea necesario fingir que se es feliz, pero ¿importa no conocer a ese hombre desnudo que se acercó a ella la primera noche a media luz y continuó haciéndolo casi todos los días? El amor llegará con el tiempo, la intimidad y la convivencia; y, si no llega, tampoco es tan importante. Todo el mundo lo sabe. Así se lo había explicado su madre más veces de la que podía recordar.
            En los primeros años de la década de 1960 tuvieron a sus tres hijos, los primeros de la nueva generación, la de los nacidos en Argentina. Nadie dice que no hayan continuado buscando un cuarto o un quinto niño; pero fueron tres los que llegaron. Varones todos, parcos de palabras, miradas esquivas e ideas claras, como señalaron en el colegio más de un vez; como demostraron formando parte de los primeros egresados de la flamante escuela secundaria del pueblo. Sin saberlo, quizá, comenzaban a resaltar demasiado en un momento en el que hacerlo era por demás peligroso.
            Durante la última dictadura militar alguien, quizá por la envidia que despertaba la prosperidad del puesto, por alguna disputa pueblerina, alguna mirada fuera de lugar real o inventada, o vaya uno a saber por qué, los marcó. De allí que los tres tuvieran que marcharse, en medio de la noche, como una verdadera huida, hacia las tierras ancestrales. El generalísimo por fin se había muerto, España resurgía, mientras Argentina no dejaba de hundirse más y más.
            La suspicacias de otros miembros de la familia, de quienes hablaré más adelante, supuso que viajaban para quedarse con lo que quedara en Andalucía de los vienes familiares; como si realmente hubiera quedado algo, como si el franquismo no lo hubiera destruido todo para dárselo después a alguien más. Como si al momento de salvar la vida se pensara, al mismo tiempo, en obtener algún beneficio.
            Mi tía la mayor, como buena madre, esperó estoicamente el regreso de sus hijos, el final de la dictadura o la muerte, lo que sucediera primero. Apenas llegada la década de 1990, cuando la dictadura se confundía con el recuerdo de una pesadilla, cuando nadie que supiera lo que sucedía en el país regresaría al mismo, la muerte triunfó tuvo su victoria sobre ella. Su muerte es el primer y el último recuerdo que guardo sobre ella, todo lo anterior, de una forma u otra, me lo fueron contando años después.


Aclaración: La mujer de esta foto no es mi tía
 la mayor, de quien, como no podía ser 
de otro modo, no poseo imagen alguna.

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Inicio de Espacio Publicitario:
En el número# 44 de El Narratorio, publicado el 18 de octubre, puede encontrar (y leer), el relato Invitación.

Fin de Espacio Publicitario.

14 comentarios:

José A. García dijo...

¿Cómo llenamos los espacios vacíos entre un recuerdo y el otro?
¿Qué hacemos con esos momentos en los que no sabemos qué es lo que ocurre?
¿Cuándo es necesaria una elipsis para entender que la vida se termina sin que pueda hacerse nada al respecto?
¿Por qué conservamos recuerdos que, suponemos, no servirán nunca para nada?

Al menos me sirvieron para comenzar a escribir.

Saludos,

J.

Frodo dijo...

No leí esta entrada porque yo también me voy a dormir. Sólo le anuncio antes que me ha hecho mucha gracia su comentario sobre el farol del municipio... me parecía que Vd no podía ver a Júpiter en una noche nublada con garúa.

J. usted es absolutamente diabólico

Abrazo

PD: luego paso por acá para seguir el árbol genealógico

RECOMENZAR dijo...

Te felicito por tu texto una obra maestra del arte

Cayetano dijo...

Los recuerdos siempre son buenos y necesarios. Nos ayudan a entender mejor nuestra forma de ser, nos reconcilian con lo que fuimos o vivimos, nos sirven de experiencia para no cometer los errores que cometimos, aunque sean tan tremendos como los que relatas y que algunos vivimos en la España franquista de los años 60. Todavía me acuerdo de la enseñanza nacionalcatólica en las escuelas franquistas, del maltrato de los menores, de la falta de libertades, etc.
Veo que hacer una especie de catarsis o terapia personal a partir de tus recuerdos. Es una buena cosa. A mí una psicóloga a la que acudí una vez por un problemilla que no viene al caso, nada importante, me puso como tarea escribir mi biografía. Luego la fuimos leyendo y comentando. Libera mucho.
Un saludo.

José A. García dijo...

Frodo: Espero que vuelvas y cumplas, si no no vale.

Recomenzar: Gracias.

Cayetano: Hacer un poco de historia es, también, comenzar a olvidar. Aunque muchos no quieran verlo así o no lo comprendan.

Nos leemos,

J.

AlmaBaires dijo...

Leerte, aunque sea a estas horas donde el insomnio gana la batalla al deber dormir para madrugar... me remueve. No digo "recordar", porque no se recuerda lo que no se ha vivido... pero sí toca puntos de la memoria, de esa que uno va "creando" de tantas y tantas veces que ha sentido la propia historia.

Me gusta cuando te leo.

Amapola Azzul dijo...

Dicen que la muerte nos agarra más a la vida , no lo sé.

Tienes muchos recuerdos.

Un beso.

Manuela Fernández dijo...

Leyendo las vidas de las personas me llama la atención cómo caben en tres, cuatro, diez líneas, y sin embargo cuántos días conllevan, cuantos sentimientos, sorpresas, acontecimientos... La importancia de todo eso que nos ocurre, es tan relativo...
Excelente tu texto, como siempre.

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

Mi madre que viene de un pueblo del interior es más o menos como tú lo has escrito, pero yo tengo demasiada fuerza y jamás sería sumisa.... así menos dieta de la cama 😄😄

RECOMENZAR dijo...

No sabes lo que daría
por conocerte personalmente
y darnos...
Un abrazo

Doctor Krapp dijo...

Hace 7 horas que el Generalisimo ha salido de Cuelgamuros, aunque dejando allí 33.000 cuerpos la mayoría de datos desconocidos, pero nadie pagará por tantos delitos los grandes y los pequeños, en grandes ciudades y en pequeños pueblos.
Me resulta extraño comprobar como la vida de los exiliados y inmigrantes no varió tanto con la salida hacia allí. Por cierto, es conveniente resaltar que el mayor apoyo que tuvo el franquismo en los años mas duros fue del general Perón y de su mujer, Eva. Que les dió vida cuando podría morir por inanición.
Las cosas son así y no de otra manera.
Saludos

Eva S. Stone dijo...

Eran otros tiempos, pero a las mujeres nos queda aún mucho por reivindicar.
Por otro lado, las familias numerosas son tan divertidas... Yo me crié en una.

Un beso lector.

José A. García dijo...

Alma: Cara recuerdo se crea a sí mismo, por lo que en realidad, la historia siempre vuelve a contarse.

Amapola: De ser así nadie moriría. ¿O lo continuaríamos haciendo?

Manuela: Una vida se explica en una línea, como las de la mano que mucha gente se empeña en decir que puede ser leía, y mucha otra se empeña en creerle.

Marie: Era otra generación, quiero creer, otra forma de educar y dejarse educar. Hoy algo semejante sería imposible por impracticable.

Recomenzar: Un abrazo. Gracias por la visita.

Dr. Krapp: Ni después de muerto se deja de molestar el generalísimo. Es cierto, varió muy poco, solo algunos detalles para ellos, quienes más cambios vivieron fueron los que vinieron detrás.

Eva S. Stone: No puedo decir lo mismo, sobre las familias. En cuanto a las reivindicaciones, es cierto, queda mucho camino por andar.

Gracias por sus visitas y comentarios, lo más interesante de Proyecto Azúcar, sin dudas.

Saludos,

J.

la MaLquEridA dijo...

Sigo pensando que está historia es de lo mejor que has escrito.
Para no tener recuerdos, recuerdas mucho.

Un abrazo