Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
...

sábado, 9 de febrero de 2019

Abedul (desde las tierras calientes)


Al despertar lo encontramos entre nosotros.
Sin explicaciones ni presentaciones, como si fuera uno más de nosotros cuando, claramente, no lo era.
Nos indicó con gestos y mímicas de trabajos cuanto debíamos hacer para purificar nuestras tierras, nuestros cuerpos, nuestras mentes y reparar el daño de milenios de depravación, como él mismo decía estar haciendo.
Como no se trataba del primero en llegar a nosotros con un mensaje similar, no creímos en ninguno de aquellos gestos. Su lengua, cortada de raíz, y la irregular cicatriz que rodeaba su cuello, eran señales inequívocas de que se trataba de uno de los tantos falsos profetas que rondaban la región.
Lo más extraño de todo era que había llegado desde las tierras calientes, donde estábamos seguros que no quedaba nada más que devastación y muerte. La tradición decía que allí había comenzado el final de lo que fuera antes, y que nosotros, allí, en aquel poblado, éramos los que más cerca nos encontrábamos. Eso explicaba que tantos fabuladores llegaran ofreciéndonos sus prodigios y quimeras, cada una de ellas más falsas que la anterior.
Nos burlamos de su piel resquebrajada, de sus ojos cansados que parecían haber visto infinitos amaneceres, de sus manos curtidas por cada uno de los trabajaos conocidos, de su cuerpo enflaquecido y de su morral remendado tantas veces que imposible saber cuál era su color o su forma primitiva. Y, cuando nos cansamos de reírnos, lo echamos de nuestras tierras a pedradas, como corresponde, según la tradición claro.
Huyó, otra vez, hacia las tierras calientes. Sin dudas por el mismo camino por el cual había llegado y, tan pronto como lo vimos perderse en aquella tierra yerma y hostil, nos olvidamos de él.
Continuamos con nuestras vidas sin preocuparnos, como lo habíamos hecho en los años previos, aprovechando el poco tiempo que teníamos dado lo rápido que envejecíamos viviendo allí, tan cerca de aquel lugar que solamente significaba decadencia y final para los pueblos anteriores a nosotros.
Notamos los primeros cambios varios años después. En algunas tardes, cuando el resplandor del sol no golpeaba de manera directa podían adivinarse manchas color verde entre la tierra que sabíamos árida y abandonada. Por otro lado, los pocos nacimientos que se producían en el poblado comenzaron a multiplicarse y, la mayor de las sorpresas, aquellas criaturas nacían tal y como se esperaba que lo hicieran, sin complicaciones para ellas ni para sus madres. Los partos se volvían, poco a poco, normales; pudimos dejar de celebrarlos como un triunfo sobre la muerte cuando alguno de los dos sobrevivía, para celebrarlos como el triunfo de la nueva vida.
Durante la primavera anterior una suave brisa, inesperada en casi todos los sentidos, inundó el poblado con aromas desconocidos, con el trino de aves que ignorábamos y el rumor del agua ausente hasta ese momento. Resultaba más extraño el que la brisa llegara en la dirección de las tierras calientes y que, sin embargo, no resultara similar a nada de que solía llegarnos desde allí.
Intrigados, como no podía ser de otro modo, pero aún así presos de un temor reverencial, unos pocos de nosotros nos internamos en la tierra baldía escondidos bajo capas de ropa que, por generaciones, se confió en que nos protegerían de lo que continuaba produciendo muerte en aquel lugar.
Caminamos durante días porque, si bien éramos el poblado más cercano, no era cierto que nos encontráramos tan cerca de las tierras realmente calientes; de haber sido así no hubiéramos sobrevivido ni tan siquiera un día. El menor indicio de nada diferentes a la desolación y al abandono, como ya sabíamos, facilitaba nuestro camino. Aun así, continuamos pues necesitábamos saber qué era lo que estaba sucediendo para huir si era necesario, o para continuar, de ser posible.
Encontramos un sendero luego de las primeras estribaciones formadas por la escoria de lo que fuera que allí hubiera sucedido. Árboles desconocidos, esbeltos algunos, desgarbados otros, de un verde pálido que oscurecía a medida que avanzábamos, nos dieron la bienvenida. Suponíamos que su follaje eran las manchas que se veían en el poblado, pero nadie quería mencionarlo por temor a que las palabras pudieran destruir lo que nuestros ojos nos mostraban y nuestro entendimiento era incapaz de aceptar.
            Nos internamos en aquel inesperado e inexplorado bosquecillo sin saber si debíamos temer la presencia de animales silvestres, cuando no salvajes, o de algo más grande que las aves que nos recibían con sus cantos y sus vuelos de rama en rama. Aves que, sin darnos cuenta nos guiaron hasta la tierra yerma del otro lado de los árboles. En medio de tanta aridez y desolación, en algunos pequeños lugares la tierra se encontraba removida, trabajada, preparada, en pequeños hoyos.
            Junto a uno de ellos, con un trozo de hierro herrumbrado que no representaba ayuda alguna contra la dura y aplastada tierra, volvimos a verlo.
            Enflaquecido al punto de que cada uno de sus huesos se marcaba sobre su piel más resquebrajada que la última vez que le viéramos. Podría haber sido cualquier otro pero la irregular cicatriz de su cuello no nos permitía equivocarnos. Era él que, despreciado por nosotros, continúo adelante sin importarle la soledad y el desánimo. Simplemente continúo. Sus manos, curtidas por otros miles de trabajos realizados, eran la señal más clara de ello.
            —¿Qué es eso? —preguntó uno de nosotros señalando hacia los árboles.
            Su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo, ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieran desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg. 
            —Abedul —fue todo lo que dijo y su respuesta se convirtió en sinónimo de esperanza, anhelo e ilusión, renacimiento y regeneración, de resurgir desde la devastación, de volver a comenzar aunque no hubiera con qué hacerlo, de deseo de posibilidad, y tantos otros sinónimos que se expandieron desde Chernobil hasta Fukushima, desde Atucha hasta la bahía de Jervis, desde Three Mile Island hasta Koeberg y más allá.
            Aquel atardecer supimos que, las tierras calientes finalmente comenzarían a enfriarse.


--
Inicio del Espacio Publicitario:

El relato breve Desprotección fue publicado en la Revista Digital Íkaro de Costa Rica. Pueden leerlo aquí

Fin del Espacio Publicitario

12 comentarios:

José A. García dijo...

Antes de que sea verdaderamente tarde, alguien tiene que indicar el camino a seguir...

Saludos,

J.

lunaroja dijo...

Es un relato desgarrador, de rabiosa actualidad, y con ese sentimiento de impotencia, de incapacidad de poder revertir la situación.
Hermoso leerte!
Saludos!

Cayetano Gea dijo...

Un relato muy apropiado en estos tiempos de cambio climático.
Un saludo.

Fanny Sinrima dijo...

El camino a seguir está en el bosque de abedules.
Salud, J.A.

R. Ariel dijo...

Un relato con un ritmo y un contexto exquisitos, puestos a disposición de mostrar las consecuencias de la devastación y la promisoria predisposición al resurgimiento. Me gustó mucho, José, la voz de tu narrador.

Guillermo Castillo dijo...

Solemos despreciar al indigente, al pobre de vestiduras tanto como a sus saberes.

Saludos.

gla. dijo...

Es como una advertencia
Aún sigo pensando que si los humanos nos extinguimos...el planeta tiene esperanza de salvarse
Abrazos

Doctor Krapp dijo...

Hermoso texto con connotaciones casi mitológicas y decididamente futuristas.
Saludos

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

Hay un refrán que dice:
que más sabe el diablo por viejo que por diablo y a veces no nos molestamos en oír consejos.
un beso

DULCINEA DEL ATLANTICO dijo...

Jose, un texto demoledor, solo de pensar que pueda pasar lo que nos cuentas en algún momento a la humanidad es terrible. Un respeto a la naturaleza es lo que debemos infundir a las generaciones futuras.
Un abrazo
Puri

Frodo dijo...

Que en un principio le hayan corrido a pedradas me suena...

Escuchar abedul me recuerda instantáneamente este madrigal de Les Luthiers

https://www.youtube.com/watch?v=_x-EXyyr5Gg

Sí, no tiene nada que ver. Hoy me levanté así
abrazo!

José A. García dijo...

Luna: Gracias por tus palabras, también me gusta leerte.

Cayetano: Cambio climático ayudado y negado por la mano del hombre, no lo olvidemos.

Fanny: En algún momento debemos darnos cuenta de ello.

R. Ariel: Gracias Ariel por tu visita y comentario.

Guillermo: Solemos despreciar (y punto). Siempre nos percatamos tarde de todo.

Gla: Claramente, sin la humanidad el planeta continuará viviendo más tranquilo.

Doctor Krapp: Gracias, espero que la parte futurista sea dentro de mucho tiempo.

Magne: Creo que la mayoría de las veces nadie quier oír consejos de nadie, ese es el problema.

Dulcinea: Me parece que no es algo que nos puede pasar, sino que ya no está pasando, aunque muchas personas continúen negándose a entender esa posibilidad.

Frodo: Gracias Frodo, no conocía ese madrigal de Les Luthiers, tienen tanto material que me resulta difícil saber qué vi y qué no…

Gracias por las visitos de tod@s y sus comentarios que, como sostengo siempre, son lo más interesante de este blog.

Nos leemos,

J.