Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 15 de septiembre de 2018

Araucaria (La mentira es un placer)


Gracias a uno de esos libros que solía leer cuando tenía tiempo para ello, para leer, para los libros, para una vida menos acelerada, conocía la leyenda mapuche de que debajo de la sombra de una araucaria no se puede mentir. Nunca se había detenido a pensar si dicha imposibilidad se debía a la sombra en sí misma, o al temor del castigo inmediato que pesaba sobre quien se atreviera a profanar tan sagrado árbol y mintiera de todos modos. Eso, en última instancia, no resultaba tan importante.
            La cuestión era el ponerse a prueba, a sí mismo y al mundo entero.
            Demostrar de esa manera que ese fatal diagnóstico de pseudología fantástica no era tal y que todo lo que le ocurría era verdad, no una invención de su mente. ¿Qué le importaba a él si no le creían que había visto esas naves espaciales? ¿Qué culpa tenía si nadie creía que en verdad lo habían llevado a recorrer el cosmos para demostrar que cuanto describiera Olaf Stapledon en sus historias era cierto? ¿Nadie creía que conocía Laputa, o un ropero que podía llevarlo a otro lugar pero confiaban en un aparatito que cabía en la palma de una mano para comunicarse con todo el mundo en cualquier momento? ¿Quiénes eran los mentirosos?
Los problemas los tenían los otros, no él, siempre había sido así. Sabía que tergiversar la realidad era algo que no podía hacerse, no porque se necesitara muy buena memoria para sostener el engaño, sino porque la realidad siempre lograba colarse en ese mundo de fantasía para señalar su impostura.
            Por eso no mentía, siempre decía la verdad, incluso cuando debía inventarla para cubrir las lagunas en sus historias. Eso sí que no era mentir, eso era otra cosa.
            Lo demostraría con ese viaje al sur, a la tierra del frío y la desolación, donde crece la araucana, donde quedaría por fin fuera de toda duda de que cuanto decía eran verdades absolutas. Incluso sabiendo que había gastado sus últimos ahorros en el pasaje a esa tierra en la que luego de la última erupción nadie había vuelto a habitarla. Se decía que horrendas criaturas habían salido de entre el magma fundido y la tierra arrasada a reclamar la potestad sobre aquellos agrestes parajes, por eso el hombre no había regresado a esas tierras. Pero allí era el último lugar en el mundo en donde crecían, estoicas y ajenas a todos los problemas humanos, las araucarias.
            Caminó a lo largo de kilómetros de rutas vacías, de caminos olvidados y sendas perdidas en medio de la montaña, donde el gps nunca funciona y solamente nuestra voluntad, una brújula perfectamente calibrada y el conocimiento del futuro nos brinda la posibilidad de evitar accidentes. Podía ver a lo lejos las sombras de los gigantes disfrazados de molinos de viento empequeñecidos ante la enormidad de los Andes; el humo de infinidad de fogatas se elevaba hacia las nubes dándole la bienvenida, prometiéndole un feliz ascenso entre las catedrales de roca en las que pocos hombres se atrevían.
A pesar del esfuerzo, a pesar del cansancio y la falta de agua que comenzaba a hacerse sentir, lo impulsaba la felicidad de saber que en poco tiempo más contradeciría a todos aquellos que lo señalaban como alguien ajeno a la realidad.
            El ascenso, ciertamente, no fue fácil, no sólo por la ausencia de caminos, que peor lo había tenido al escalar la Montaña Solitaria, sino porque llevaba mucho tiempo sin intentar un esfuerzo semejante. Su cuerpo ya no era el de antes, cuando era joven y elástico, al comienzo mismo de la humanidad, cuando todo era nuevo y estaba por descubrirse. Antes de que la maldad cayera sobre la tierra y se perdiera, en medio de aquella batalla tan secreta como terrible, la inmortalidad. Sí, lo recordaba todo sin siquiera pensar en ello, sabía que así había sido. Por eso se sentía viejo y cansado sin apenas tener treinta años según los documentos oficiales.
            Dos semanas después, sin comida y bebiendo agua de dudosa procedencia de entre las nuevas rocas volcánicas, encontró, perdido entre los picos andinos, un pequeño reducto en donde la erupción no había causado estragos y una pequeña colonia de araucarias araucanas, el árbol buscado, en el lugar indicado, en el mejor momento posible parecía esperar por su llegada. Con un último y extremo esfuerzo, se acercó a la sombra de la más cercana de aquellos imponentes árboles y, escondido debajo de ella, no pudo evitar el quedarse dormido; a tanto llegaba su cansancio que pospuso la razón de su presencia en aquel lugar unos momentos más.
            Al despertar, la mañana siguiente, apenas repuesto, se levantó para acariciar la rugosidad del tronco de la araucaria que lo recibiera la tarde anterior.
—Sabía que lo lograría —dijo en voz alta—, nunca dudé de mis palabras.

Nadie pudo determinar cuál había sido la razón que lo llevara a recorrer tan lejanos parajes cuando meses más localizaron su cuerpo, a menos de tres kilómetros del pueblo más cercano, al cual se llegaba rodeando el cerro donde crecían las araucarias. Una gruesa rama del más alto de estos árboles había caído sobre su cabeza, aplastándole el cráneo, tal vez matándolo al instante y, quizá, sin demasiado sufrimiento.



10 comentarios:

José A. García dijo...

¿Cómo saber si obtuvo lo que buscaba?

Saludos,

J.

Frodo dijo...

¡Qué desenlace! Yo no lo esperaba para nada, me tomó desprevenido como el personaje de tu relato. Aunque te estoy diciendo esto y no estoy debajo de una araucaria, la veo en el horizonte, allá por Aldo Bonzi hay una... tal vez es un cedro y es mi ojo el que falla, y tal vez por eso no importará si miento o no.

Abrazo!

Lua Seomun dijo...

Hola José, primera vez que paso por tu blog.

Me ha atrapado tu historia, me ha gustado muchísimo.

La sensación que me ha dado (que no se si lo habré interpretado bien), es que él quizás si dudó en algún momento de que lo lograría y por eso el fatal desenlace.

Me quedo por aquí y te sigo.
Besos.

Maria Rosa dijo...


Por qué hacer el camino más largo, hubiera ido en avión a Bariloche y con llegar a Puerto Pañuelo se hubiera encontrado las más bellas Araucarias. Claro que el cuento no hubiera tenido gracia, mientras que por el lado mas difícil salió un muy buen cuento.

mariarosa

maría del rosario Alessandrini dijo...

Lo que buscaba lo encontró, eso seguro. Como una leyenda abanicas esta interesante historia, gracias.
Abrazo

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

Obviamente nunca encontrará la respuesta si ante ese árbol (desconocía su existencia) de puede mentir o no...
a veces las mentiras son hasta necesarias
un beso

Gabriela dijo...

Debajo de una araucaria (pehuen en realidad) no tendría caso mentir.
seguro logro y todo lo demás también si de premio abrió semejante puerta!

Me encantó!

Mujer Virtual dijo...

Alguien me dijo alguna vez, "no miento porque luego tengo que recordar tanta mentira y se vuelve un caos"

¿Cómo saber?

Un saludo

serafin p g dijo...

Que suerte la suya, que cosecho palos en lugar de piñones!

salute José!

Sera

José A. García dijo...

Gracias por los comentarios, como siempre, lo más importante de Proyecto Azúcar.

Saludos y Suerte,

J.