Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 6 de mayo de 2018

Ceibo (Colores)


Cuando comenzaron los problemas, hace tanto tiempo que hablar de años se torna insuficiente, podría habérmelo tomado con gracia. Eso de no distinguir ciertos colores, confundir la gama de los verdes y los rojos por un tiempo, para comenzar a confundir la gama del amarillo y el azul a los pocos meses y que alteraba a los médicos incapaces de ver un poco más allá, resultaba un poco gracioso. Casi tanto como hablar de médicos que no podían reconocer el problema que veían en mis ojos; pero la ironía nunca se me dio del todo bien, muchas veces acaba convirtiéndose en un arma de doble filo.
            Decían que era simple daltonismo, que no era nada, que tenía poca importancia, que la edad, así como otros factores climáticos, sociales, económicos y genéticos, creaban síntomas similares. Sabía, lo intuía, o lo percibía en mis ojos, que aquello era diferente; iba más allá de confundir una luz roja por una verde, o de tener que especificarle al vendedor de la casa de ropa lo que quería sin dar cuenta de que cada uno de los suéteres que me mostraba resultaban ser iguales.
            El color desaparecía. Acromatopsia es el nombre, los síntomas son disímiles. Si tienes suerte naces con ese defecto y puedes acostumbrarte al mundo, al universo, a la vida y la muerte en blanco, negro y en maravillosos tonos de grises. Si no la tienes, los colores que supiste conocer, y todo lo a ellos asociado, ni siquiera puedes recuperarlo en los sueños. Pues claro, los recuerdos también son en tonos sepia; cualquier chiquillo sabe eso, el color sólo vive en el presente.
            Sin intenciones de escuchar las mismas expresiones de sorpresa y desconcierto en cada médico que visitaba para una nueva consulta sobre el estado de mis ojos; me retiré a la vieja casona que todavía conservaba en el delta del Paraná. Herencia de épocas pasadas, cuando algún familiar supo hacer alguna clase de negocio importante, compró terrenos, construyó casas en varios lugares para acabar muriéndose sin poder ver sus ideas terminadas. Herencia que, por otro lado, a pesar del tamaño de la construcción, la ubicación privilegiada cerca de los ríos transitables y una serie de cuestiones que el martillero de la inmobiliaria se encargaba de catalogar en cada visita, ante cada nuevo intento, la venta siempre fracasaba.
            El estado de la construcción tampoco ayudaba mucho; salvo por la cocina, una gran sala que funcionaba de estar, comedor, recibidor, depósito de muebles viejos, una de las habitaciones con vista al río y a la isla que se encontraba inmediatamente del otro lado, y el único baño, el resto de la casa se encontraba en diferentes estadios de abandono cercanos a la ruina. Eso explicaba, en parte, el que aún permaneciera en la familia.
            Allí, escondido, lo sé muy bien, nadie me molestaría con preguntas del tipo: ¿De qué color es el cielo hoy? ¿De que color está pintada esa pared? ¿Esta camisa te parece más roja que la anterior? Y la infinidad de invenciones similares a las que debía, necesariamente, responder con una sonrisa y festejar la inventiva.
            La lancha almacén pasaba dos veces por semana por el muelle de la casa y traía cuanto necesitaba. Las visitas no se acercaban tanto, preferían en continente y, para mí, eso estaba por demás bien. En las cercanías de la estación fluvial, donde terminaba, o comenzaba, el viaje por el Delta, había un banco con un cajero automático que me permitía ir y volver a la casa en, digamos, poco tiempo. Nada más me preocupaba. Había ido hasta aquel sitio con la intención de desaparecer, de no estar allí, de irme, de, en definitiva, de escapar de todo. Era una suerte, entonces, contar con conexión a la red en cualquier punto del planeta y continuar trabajando como si nada hubiera cambiado, siendo realmente incapaces de desconectarnos de ello (esta última frase debe ser entendida como el más puro sarcasmo, evidentemente).
            Despertaba cada mañana cuando el sol, inesperadamente, porque dudo que haya sido pensada de ese modo, entrando por el gran ventanal que ilumina y ventila la habitación. Una luz blanca, un poco más pálida en el invierno, un poco más clara en primavera, enceguecedora en verano, acariciándome la piel, señalando su presencia a través del calor y poco más.
            La mayoría de los días me obligo a levantarme para cerrar la gruesa cortina de paño que intencionalmente dejé abierta la noche anterior. Miro entonces los ceibos del otro lado del río, contemplo el paisaje que es siempre el mismo aun sin serlo; alguna lancha ocasional, turistas en verano, escolares en otoño, basura flotando abandonada la mayor parte del año… casi siempre igual.
            Sin embargo, aquello que motivó la anterior reminiscencia cambió la tonalidad de aquella vida encerrado en un mundo blanco, negro y gris.
Hoy, los ceibos habían florecido, es cierto, como cada primavera, pero, ésta vez, lo habían hecho con todo el esplendor del que eran capaces lograr, con todos y cada uno de los colores que la naturaleza le asignada. Colores que regresaban a mis ojos y se sentían como un fuerte, intenso y punzante dolor en el pecho, el brazo izquierdo acalambrándoseme, lágrimas empañando mis ojos y dificultades para respirar aún cuando nunca sufriera de asma.
            La alegría, sin dudas, me dejaba sin fuerzas. Tal vez me quede aquí sentado un rato más contemplando esos colores tan únicos, tan irrepetibles, tan últimos.


10 comentarios:

José A. García dijo...

Tanta alegría junta hace mal.

Nos leemos,

J.

Ningun Records dijo...

Le dio un infarto por la emocion de recuperar los colores, o bien esa recuperacion de los colores fue un efecto secundario del mismo infarto? Quien sabe..

MuCha-Recomenzar dijo...

Buen topico para hacer una pelicula

Frodo dijo...

Dejame así, sin colores.
Si me decís que el rojo del ceibo es fenomenal te creo y te diré falsamente "ah, ahora comprendo por qué es la flor nacional"

Te lo digo yo, que aunque pinto con todos los óleos que puedo comprar, a veces me dicen "ponele más rojo claro", y tengo que leer bien la etiqueta porque a lo veo de un marrón tan cierto que asusta.

Abrazo!

lunaroja dijo...

Muy impresionante el relato por el giro final, aún en ese momento podía ver los colores, podía sentir ese impacto doloroso en el pecho sin distinguir si era miedo,infarto o emoción por recuperar la escala cromática.
Me encantó esta narración José.
Un abrazo!

TORO SALVAJE dijo...

El relato muy bueno... pero ahora me duele el brazo izquierdo... grrrrrrr

Maria Rosa dijo...


¡¡José ve los colores...!!

Es una suerte que los puedas volver a ver, el rojo del ceibo es hermoso, me alegro que puedas volver a ver bien.

mariarosa

unjubilado dijo...

No conocía el ceibo, por lo que no sabía si era verde, amarillo, y azul, colores de alguna rara bandera, pero se hizo la luz y lo vi con flores de cinco pétalos, rojas y brillantes, ¡que susto me di! Y todo sin dolerme el brazo.
Saludos

Mi nombre es Mucha dijo...

¿Cómo sigues? supongo que manteniendo tus colores.Y hablando de colores.
¿Cual es el color de tu alma?

José A. García dijo...

Mucha: Escura, tal vez no llegando aún al negro, pero acercándose...

Saludos a tod@s, gracias por sus comentarios.

Nos leemos,

J.