Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
...

domingo, 4 de marzo de 2018

Sicomoro (Por un bien mayor)

Al nacer, su padre plantó en su nombre un sicomoro en medio del patio trasero de la casa. El barrio aún no estaba loteado por completo, por lo que los terrenos baldíos eran más frecuentes que las casas y los vecinos, por suerte, no eran tantos. El árbol tendría espacio donde crecer sin ser molestado.
            Algo que hicieron por igual. El árbol, claro, siempre en un mismo lugar, llegando cada vez más alto, dando más sombra en verano, más ramas y hojas secas en otoño e invierno; para no hablar de los pequeños higos que, por falta de pericia resultaron no ser comestibles. El niño, por su parte, creció como se supone que debe de hacerlo una persona que se acerca a la media; con enojos y alegrías, amores frustrados y besos robados, con malas intenciones y mejores propuestas, con grandes fracasos y triunfos mínimos, detalles en una seguidilla de situaciones que parecían repetirse día tras días.
            Jamás cuestionó a su padre el por qué de ese árbol, aun cuando en cada uno de sus cumpleaños recordaba cómo lo había planteado con sus propias manos en homenaje para su único hijo, su mejor creación, su legado. Tampoco era tan difícil ocuparse del árbol, incluso olvidaba regarlo durante meses y en nada parecía verse afectado. No era como cualquier otra mascota que si olvidas alimentar por tanto tiempo acabaría indefectiblemente muerta.
            Tenía poco sentido aquel gesto. Sabía que, de cualquier forma, salvo que decidiera cortarlo, moriría antes que el sicomoro. Lo confirmó el día en que fue enviado de manera intempestiva por un gobierno que se veía necesitado de demostrar su fuerza a la vieja usanza, a la guerra.
            Partió hacia un sitio desconocido junto con otros miles de su misma edad, rumbo a un punto en el mapa que en nada importaba y que poco reportaría para quien acabara triunfando. Tan secreto resultaba todo que sabían que estaban luchando, pero nadie sabía muy bien dónde, no por qué. El para quién, más allá de la bandera de colores bordada en el uniforme que todos conocían pero casi ninguno sentía como propia, también era un misterio.
            Las informaciones eran pocas. Las verdades eran aún menos. Las únicas que abundaban eran las mentiras, como siempre., que llegaban como noticias edulcoradas de triunfos y avances indetenibles en territorio de un enemigo que nunca acababa de definirse. El final de la guerra siempre se encontraba cerca pero, de seguro, se parecían mucho al horizonte, retrocediendo en la medida que uno avanza hacia él.
            Meses después de la partida de su hijo, notaron, tanto el padre como la madre que, a pesar de encontrarse en plena primavera, las hojas del sicomoro comenzaban a secarse una tras otra. Ramas enteras se resquebrajaban y caían sobre el jardín. Tan sorprendente sequía avanzaba tan rápido que en apenas semanas, antes de cumplirse el medio año de la partida de su hijo hacia el frente, el árbol era apenas un recuerdo de sí mismo.
            El día en que vieron caer la última hoja que estoicamente se resistía en la última rama que aún conservaba algo de savia, algo de vida, algo de esperanza, recibieron la confirmación de que su hijo era uno más de los tantos caídos en combate. Pero no había muerto en vano, según rezaba el comunicado oficial, al contrario, lo había hecho por el mayor bien de la patria, el sostenimiento del nuestro sistema de gobierno, la salvaguardia de las tradiciones, la protección del territorio y la gloria de nuestro pueblo por el tiempo de los tiempos…



9 comentarios:

José A. García dijo...

Siempre hay una razón, aparente o real, para todo...

Saludos,

J.

jfbmurcia dijo...

Menuda retorica patriotera...Y de igual el país, o el ejercito, o la bandera. Siempre es el mismo cuento. El día que murió mi abuela Mercedes yo planté un Limonero. Soy un apasionado de los árboles. Saludos.

BEATRIZ dijo...

El àrbol de la patria tiene unas raìces muy hondas, pero habemos unos necios que nos lanzamos al suicidio de vivir en otro paìs. El caso es que como figura retòrica, la patria es omnipresente.

Saludos.

Mucha de la Torre dijo...

Hola te he vuelto a traer azúcar esta vez es orgánica oscura deliciosa....
Me ha gustado tu entrada....
es...
original......
¿Cómo anda mi Patria?
Yo más o menos hoy
chau

RECOMENZAR dijo...

Vos sos uno de los pocos argentinos que andan por mi blog
Me enteré de casualidad el otro dia....
Prometo entenderte cada dia
más....
Y ser mejor cada dia.....
:). Soy de Belgrano¿ y vos?

Maria Rosa dijo...


Al diablo con la patria, la vida de un hijo vale más que todo. Fuerte historia, ese árbol era la vida del joven y tu historia me recordó algunas parecidas, sin árbol, de lo chicos de Malvinas.

mariarosa

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

yo hace mucho que decidí que no me voy a morir por nada ni por nadie...
ni por patria ni por nada... triste saber de un hijo muerto....
besos.

Frodo dijo...

Y de repente me hiciste recordar de esta canción de los Cadillacs

https://www.youtube.com/watch?v=JvVGCYELHlY

Si, es un roble y el tuyo un sicomoro, pero fue como un flechazo! Tema para escuchar dentro de uno o dos meses cuando al otoño ya lo tengamos encima

Abrazo!

José A. García dijo...

Gracias por los comentarios, quiero aclarar que no estoy a favor de la retórica patriótica, la cual me parece por completo incoherente y falta de mucha lógica. Más que nada por la forma en que se fuerza el concepto latino original para hacerlo encajar a la fuerza en las necesidades del siglo XX y del XXI.
Entiendo sí, que aún hoy, mucha gente lo encuentra gratificante y útil. A ellos me resulta imposible llegar.

Gracias por la lectura y los comentarios.

Nos leemos,

J.