Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 10 de febrero de 2018

Fresno (Ser como Odín)


Me senté en el viejo tocón del patio trasero de la casa de los abuelos… de la abuela. Es la costumbre, aunque desde hace años que vive ella sola, apenas comienzo a acostumbrarme a que él ya no se encuentra entre nosotros. Sigue siendo la casa de ellos.
Este tocón, en el que ahora me encuentro, supo ser un fresno.
            —El árbol favorito de Odín —repetía el abuelo cuando nos encontrábamos cerca de él—, y el mío también, renacuajo. ¿Sabes por qué?
            —No abuelo… ¿Por qué? —preguntaba siendo el niño de mi recuerdo que ni siquiera sabía lo que era un renacuajo o quién era el Señor Odín ni por qué mi abuelo tenía su árbol en el jardín de la casa.
            —Porque un día seré como Odín —respondía sin dar explicaciones.
            Varias veces a lo largo de los veranos de mi infancia escuché la misma respuesta. El terreno de casa era extenso, y había otros árboles en él, pero al abuelo sólo parecía interesarle ese árbol, ese fresno, y ningún otro.
            —Algún día seré como Odín —repetía el abuelo.
            Antes de que todo sucediera, tuvo lugar mi adolescencia y, por supuesto, el desprecio, el horror, hacia todo lo viejo, hacia todo lo vetusto, lo familiar e innecesario. También crecí, estudié, intenté hacer algo con el arte, pero el arte no estuvo de acuerdo, trabajé e hice muchas otras cosas antes de finalmente regresar a la casa de los abuelos en un momento que nada tenía en común con los días de la infancia (aunque al crecer nunca nada tiene algo en común con lo que fuera en la infancia, me quedó en claro en esos días).
            El abuelo acababa de morir, la abuela lloraba cuando creía que nadie atendía a lo que hacía, que nadie estaba allí para verla, pero nos dábamos cuenta. Nos mirábamos sin saber qué hacer, cómo reaccionar, qué decirle a esa mujer que, a partir de ese momento, estaría sola por el resto de su vida (y si uso ese verbo es porque sé que, en parte, es lo que iba a suceder).
            Me escabullí de la situación hacia el exterior, hacia el jardín detrás de la casa, quería respirar algo más que lamentos y palabras carentes de lugar. Rodeé la casa mirando el descuidado césped que comenzaba a perder su color, su vitalidad; cuando por fin llegué del otro lado lo vi.
            Habían talado el fresno.
            Yacía en el suelo en señal de su reciente caída en desgracia. El hacha se encontraba aún calvaba en medio del tocón mientras las ramas de aplastaban contra la tierra. Me acerqué con un sentimiento imposible de descifrar, algo más que miedo, algo diferente, extraño, que hacía su presentación en ese momento tan particular de nuestras vidas, al menos de la mía.
            Años después, cuando alguien me habló de los sacrificios que debía realizar el dios de los pueblos nórdicos Odín para obtener la sabiduría, el conocimiento, el poder y la gloria para sí mismo, volví a sentir algo similar, aunque con mucha menos intensidad. Una sensación de vacío en la boca del estómago que no me abandonó en todo el día.
            Comprendí, entonces y no al ver el fresno caído, qué era lo que hacía esa soga amarrada de una de las ramas más altas, por qué parecía que hubiera sido cortada con premura y sin cuidado antes de arrojarla al extremo opuesto del patio.
No había sangre, solo desesperación en aquel gesto.
            Sabes abuelo, pienso ahora, aquí, sentado luego de ver llorar una vez más a la abuela, nunca serás como Odín; jamás hubieras podido.
Así como este tocón jamás volverá a ser un fresno ya nunca más.

11 comentarios:

José A. García dijo...

Sí que era grande el patio de la casa...

Saludos,

J.

Geraldine, dijo...

Que alegria que pasaste por mi blog! pense que te habias olvidado de mi pequeño hogar virtual...ando sensible...jajaja
Querer ser como un dios tiene su peligro...los viejos suelen obsesionarse con algun tema...

Frodo dijo...

Patios eran los de antes y abuelos eran los de antes, no estos que ahora andan con camisetas de fútbol haciéndose los pibes cancheros por la calle.

Abrazo!

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

cuando tomamos una decisión tan drástica, jamás vuelve nada a ser lo mismo.. que digo yo, que más que un patio, era una finca...
besos.

TORO SALVAJE dijo...

Yo también despreciaba lo viejo, lo antiguo...
Qué ciego estaba.

Saludos conmovidos.

Maria Rosa dijo...


Cuanto sentimiento en tu escrito. Me emocionaste.

mariarosa

serafin p g dijo...

Está muy bueno el relato y el clima que transmite, me sacó una risa la frase "...intenté hacer algo con el arte, pero el arte no estuvo de acuerdo".
Nos leemos. Saludos
Sera

Joaquín Galán dijo...

Un relato muy bien escrito,con la proporción justa de intriga y de ternura pero también con la justa porción de dureza ante los hechos humanos sin sentido.

Saludos

RECOMENZAR dijo...

Soy abuela. Los veo los beso
No los crío
Tienen un madre maravillosa
y un padre increíble
Mi vida es mía
saludos muchacho...
Te traje azúcar dorada como siempre
para
endulzar tus momentos

José A. García dijo...

Gracias por los comentarios. Como siempre, son lo más interesante que puede encontrarse en el blog.

Impulsan a seguir haciéndolo.

Saludos y Suerte,

J.

la MaLquEridA dijo...

Eñ renacuajo supo convencer al arte de que escribir sabe hacerlo muy bien.


Un abrazo