Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 16 de diciembre de 2017

Sueños Breves # 21

Me encontraba frente a un depósito enorme, como uno de esos tinglados donde guardan los trenes en la noche; largo, alto y con mucho espacio. La puerta estaba cerrada, con un candado viejo y oxidado pero que, aún así, parecía en uso frecuente.
            Alguien me había hecho llegar la llave por correo, por lo que pude entrar sin problemas y ver los anaqueles cubiertos de cajas, bolsas que ocultaban algo en su interior e infinidad de objetos que me resultaban familiares.
            Sumamente familiares.
            Caminé lentamente por uno de los pasillos y vi cómo se apilaban sin un orden lógico aparente, libros y revistas que recordaba haber leído, tenido en mis manos y luego perdido (vendido, o cambiado o regalado, lo que fuera). Ropa usada, desgastada, en algunos casos llena de agujeros y manchas. Hojas escritas, borradas y vueltas a escribir; comienzos de cuentos sin continuar, poesías desechadas, recuerdos que prefería olvidar.
            Continué caminando porque una curiosidad rayana en lo morboso me impulsaba a ver qué había más allá. Encontré las casas en las que viví, no sólo las fotografías que en ellas me tomara, sino las casas mismas reconstruidas al detalle, estaban allí dentro. Discos, películas en VHS, dvd falsificados, tarros de pintura y desodorantes vacíos. Lápices de colores a medio gastar, temperas y óleos secos.
            La enumeración no tendría fin, porque todo lo que alguna vez consideré mío, de mi propiedad, mis pertenencias más pequeñas, así como las más grandes, se encontraban allí dentro, en ese depósito. Algo me decía que no era nadie más que yo mismo quien las había colocado en ese caos aparente (y nada normal), donde comenzaban a cubrirse con una fina pátina de recuerdo mal disimulado, como cuando se mira al pasado con los ojos empañados por las lágrimas.
            Me detuve antes de llegar al final del depósito, donde una luz cenital alumbraba lo que parecían ser refrigeradores. Pensé que quizá hubiera comida, o algo para beber en ellos. Cuando por fin pude distinguir lo que era fui incapaz de continuar.
            Había personas allí, dentro de aquellos aparatos, en animación suspendida. A pesar de haber reconocido a algunas de ellas, cuya ausencia generaba más dolor que cualquier otra cosa, me detuve.
     Fui incapaz de continuar avanzando. Di media vuelta y huí, lo más rápido que fui capaz de hacerlo, intentando no tropezar con ningún otro recuerdo.

2 comentarios:

José A. García dijo...

Toda la escena, el ambiente, el lugar, los ruidos, sumamente siniestro.

Por suerte no llegué a ver quiénes eran todas esas personas. Pero sigo pensando en ello.

Saludos y Suerte,

J.

Frodo dijo...

Una verdadera pesadilla
Abrazo