Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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domingo, 17 de septiembre de 2017

Explorador de cristal

Debería sentirse un privilegiado ya que sus ojos veían maravillas que nadie más que él conocería ni serían, tampoco, capaces de comprender, ni disfrutar. Pero, como sucede en todos los casos, aun cuando poseía cuanto deseaba, no era feliz. Ni se acercaba su situación a un sentimiento similar.
            Quien solamente conociera su presente no comprendería el porqué de tanta tristeza, de tanta desazón, de tanta falta de serotonina cuando no se encontraba inmerso en la más absoluta apatía rodeado por pantallas múltiples y las conexiones neuronales a los satélites de exploración que él mismo había financiado. Apoltronado en un sillón ergonométrico, dos lágrimas perpetuas parecían empañar la visión de sus ojos cansados y aturdidos por tantos paisajes, por tantos colores, por tantas bestias que los drones de reconocimiento le mostraban en cualquier ángulo que pudiera imaginar.
            Cualquier ignorante de su vida lo consideraría un desconsiderado con la suerte. Un quisquilloso que siempre pretende más de lo que recibe.
            Nadie conocía su secreto, nadie sabía de sus atropelladas lecturas de Salgari, Stevenson, Verne, Rider Haggard, Rice Burroughs, Holmberg, Oesterheld, Howard, Borges o Tolkien. Nadie conocía su fascinación por ser pirata, aventurero, descubrir de continentes perdidos, de civilizaciones olvidas, de viajar a otro planeta, de atravesar los límites de la realidad o encontrar un político honesto, la Atlántida, Lemuria, Mu, la Tierra Media, el Dorado o el sentido común de la humanidad, lo que fuera. Pero nada de eso le era posible. Nada, en lo absoluto.
Ni siquiera podía levantarse del cómodo sillón, no porque se hubiera adaptado tanto a su fisonomía que cualquier otra cosa le resultaría incómoda, sino porque, como habrán adivinado a partir del título del texto, sus huesos eran de cristal.
            Claro que no literalmente, nadie tiene huesos de cristal; ni siquiera en los campos de incubación han llegado a tanto en sus experimentos génicos.
            El dolor más grande causado por su condición fue descubrir la existencia de la misma. Ese día, para el que se había preparado durante años, acopiando los conocimientos requeridos para perderse en la jungla, para sobrevivir sin GPS, para saber que el wifi no nace de los árboles como lo indica el sentido común, con su mochila cargada de vituallas, ropa interior de recambio y sueños, salió de su cubículo habitacional silbando la clásica melodía del himno del campeonato mundial de fútbol de Italia ’90, todo cambió.
            Fue incapaz de llegar muy lejos desde su portal. A los pocos pasos, al comenzar a descender el primero de los 53 tramos de escaleras, trastabilló y cayó, de frente, a lo largo de la totalidad de la escalinata. Al llegar, finalmente, al último escalón, apenas sí podía respirar y la suerte había querido de ninguna de sus costillas rotas le perforara los pulmones; el resto de sus huesos estaban, cuando menos, triturados.
            Cinco años le llevó la recuperación ósea, otros tres para que su cuerpo recuperara la postura erguida y aún dos años más para caminar de manera más o menos aceptable y que sus piernas y brazos tuvieran la fuerza suficiente para cargar la mochila, previo cambio de los alimentos enlatados vencidos, sobre su espalda.
            En esa segunda oportunidad no fue la escalera quien limitó su aventura, ya que había logrado, un año antes, cuando su recuperación se encontraba completa en su casi totalidad, que colocaran un ascensor en el centro del módulo habitacional. Por lo que logró salir a la calle, casi que por primera vez, para encontrarse con que, en medio de tránsito, los semáforos tan sólo le otorgaban treinta segundos de tiempo para cruzar las anchas avenidas y que cada uno debía protegerse de los automóviles autónomos, ya que carecían de empatía para reconocer que ese bulto que se agitaba delante de ellos era, probablemente, un ser humano.
            Por suerte, porque de alguna forma hay que decirlo, en esta oportunidad, la recuperación a semejante accidente, tan sólo le llevó seis años.
            Años en los que, desde su postración en la cama, y accediendo a las imágenes satelitales descartadas por las agencias de seguridad internacionales, las empresa de explotación petrolera y las constructora de carreteras, a las que podía acceder en la red, encontró, en medio de los pocos kilómetros de jungla semi-virgen que aún perduraban, los restos de tres civilizaciones perdidas, cuatro bases militares secretas  de potencias extranjeras (cobrando la recompensa en efectivo por tal información), y fue el primero en captar las señales de radio que llegaban desde algún lugar cercana a la estrella Betelgeuse, que se encuentran aún sin confirmar y son mantenidas en secreto por la Alianza Transoceánica Espacial (ATE).
            Con ese dinero adquirió la primeras pantallas de inmersión del mercado, con las que cubrió la totalidad de las paredes (y el techo, claro) de su cubículo habitacional. Y continuó, luego de recibir las noticias de los médicos que le recomendaran no exponerse a nuevos intentos por conocer el mundo exterior, inviertiendo en tecnología que le permitía llevar sus sentidos allí donde no podía ir físicamente.
            Podríamos decir que le fue bien, claro, juntó mucho dinero, invirtió en tecnología en desarrollo, financió experimentos en los campos de incubación buscando una cura para su mal; se convirtió en algo así como un millonario filántropo como los que existían a principios del siglo XXI y hacían creer a la sociedad que les importaban en qué se invertía su dinero. Se mudó a un cubículo más grande, donde podía colocar más pantallas, y conectar su cerebro con el mundo las 168 horas semanales.
            Tenía todo a su alcance, cualquier rincón del mundo y del sistema solar, cuando la ATE se dio cuenta de sus capacidades de observación y atención múltiple. Su sueño de explorarlo y conocerlo todo, se cumplía. Pero había algo que no se adecuaba a las expectativas de quien había logrado tantos descubrimientos.
            Quizá sea que le hubiera resultado una experiencia mucho más enriquecedora toparse con los restos del último Oso Panda en persona y no a través de una cámara de megadefinición; o descubrir que esas rocas de la garganta de Olduvai no eran meras formaciones líticas sino que habían sido intervenidas por manos que bien podrían ser de algún antecesor al ser humano. Tal vez no sería reconocido en todo el mundo, él o alguno de sus múltiples emprendimientos, si pudiera salir a ese mismo mundo que cree conocerlo, y recorrerlo con sus propios medios; tal vez no tendría todo el dinero virtual que se acumula en sus cuentas bancarias intermundiales. Tal vez no hubiera logrado nada de nada, no sería nadie más que él, sin dinero y viviendo en un cubículo mínimo como el resto de nosotros.
Pero, sin lugar a dudas, sería feliz consigo mismo.
Al menos eso es lo que prefiere creer; yo, por mi parte, ni siquiera me preocupo por algo que no puede cambiarse.

8 comentarios:

José A. García dijo...

Además, dudo que fobia alguna fuera capaz de detenerlo.

Saludos,

J.

Frodo dijo...

Creo que ya que el sujeto de enunciación cree que "el futuro del mundo" no se puede cambiar, al menos vos deberías cambiar el día de publicación semanal.
El domingo a la noche llega, y leer esto es sumarle un par de atmósferas, tragarse la píldora de la aceptación, el final de una fiesta, un insomnio sin sentido.

Buen relato, abrazo!

Nino Ortea dijo...

Hola, José:
De nuevo sólo puedo felicitarte por tu relato, por la manera tan pausada como intensa en la que nos haces sentarnos al lado de tu personaje.
La lectura de “Explorador de cristal” ha hecho que este quisquilloso se sienta contento con cómo es, y que no desee ser otro, aunque ese otro sea un heterónimo literario que a su vez fantasea con ser el álter ego de un escritor. No sé cuánto tiempo durará esta aceptación plena de mi yo, pero gracias por haberla invocado con tu relato.
Un abrazo, José.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Pero leer a Salgari te hace ser muchas otras cosas...

Maria Rosa dijo...


Pobre muchacho, teniendo todo no tenía nada. Y eso que no había leído alguno de mis cuentos, porque con eso dejaría a Salgari, a Stevenson y cuanto autor existiese, con mis historias, que son curativas,

y jamás se le rompería un hueso, tal vez el cerebro, pero eso es otro cantar.

Muy bueno.

mariarosa

serafin p g dijo...

Al leer huesos de cristal automáticamente se me figuro la cara de Samuel en la de tu personaje.
Como siempre, un lindo relato que se mete de lleno con la existencia e invita a revisarla.
saludos!
Sera

Maria Rosa dijo...


Era un pobre rico. Tal vez, si a todo eso le hubiera agregado compañía humana, podría ser un poco feliz.

mariarosa

RECOMENZAR dijo...

un texto lleno de ganas
te felicito un abrazo