Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 16 de julio de 2017

Allí arriba aún se encontraba el sol

Como sucede con cada cosa de verdadera importancia, la información con la que se contaba era escasa. Demasiado escasa, dirían algunos, como si se tratara de algo organizado para que nada se supiera, para que los fanáticos de las conspiraciones pusieran en funcionamiento sus mejores recursos en la elaboración de las teorías más ingeniosas sobre lo que sucedía con el aire.
            Lo que sucedía, para ser más exactos, con la atmósfera. Porque aquello que comenzó como un simple fenómeno matutino, una neblina que no parecía querer disiparse, se transformó, poco a poco, con el correr de las horas, como les gustaba repetir a los periodistas carentes de imaginación, en otra cosa. Esa niebla, ese humo, como también se especuló que podría ser, parecía brotar de los mismos objetos. De casas y otras construcciones, de automóviles y unidades de remoción de restos patológicos de la vía pública, de árboles y plantas en macetas colgantes de balcones, de la población económicamente activa y jubilados. De todos parecía emanar esa suerte de vapor, un hálito inexplicable que se acumulaba formando pequeñas nubes en las esquinas de las ciudades.
            Al principio, en medio del desconcierto general de, por ejemplo, encontrarse en uno de los últimos parques públicos leyendo en voz alta La conquista del pan y ver que de las páginas, las letras, los signos de puntuación, emanaban aquel mismo vapor, le siguió una suerte de euforia. Algo que, rápidamente, dio paso al miedo, al terror y los desmanes en contra de la casta política que demostraba, una vez más, su despreocupación hacía todo lo que no fuera redituable en las próximas elecciones. Como aquello que sucedía carecía aún de explicación, de nada les servía ya que carecían de cualquier posible respuesta.
Se especuló sobre un posible caso de fiebre terrestre, en el sentido de que el planeta mismo estuviera levantando temperatura. Pero eso no explicaba, por completo, cómo era posible que nosotros, que no formábamos parte de la Tierra, también nos estuviéramos evaporando. Otros científicos intentaron respuestas disímiles a partir de los pocos datos que disponían, pero sus teorías no dejaban de ser meras especulaciones. También desde los hospitales parapsiquiátricos se habló de una situación de corte milenarista (que no milenial), pero nadie atendió a lo que allí se decía. Incluso en algunas radios entrevistaron a escritores de ciencia ficción con el fin de darle un toque más realista a lo que sucedía. Como no podía ser de otro modo, todo fue en vano.
            Semanas más tarde continuábamos sin tener respuestas sobre lo que ocurría, salvo por el detalle de que sentía la piel cada vez más seca y tirante, viendo como comenzaba a descamarse en la zona de las uñas y en las articulaciones, la vida parecía comenzar a adaptarse a la nueva situación. Al menos la mayoría de nosotros lo hacíamos y ya ni nos preocupábamos por lo que sucedía.
            Esas nubes, que comenzaran en las esquinas, se unieron entre sí formando una gran nube que ocultó mi ciudad, así como las ciudades cercanas. El vapor se elevó formando una nube inmensa, inconmensurable, difícil de describir con palabras de menos sílabas, ocupando el espacio entero.
            Sabiendo que sería, como mínimo, un espectáculo interesante, subí a lo más alto de un cerro cercano al pueblo y miré, desde allí, una gran extensión de nada que se extendía en la dirección en la que decidiera mirar; y, a lo lejos, en las alturas, intentando sostener de algún modo su preeminencia en un cielo, el sol, empequeñecido entre tanta nube, continuaba brillando.

11 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Es más inquietante el fenomeno tan extraño o la adaptación a todo eso?
Bien planteado como algo inquietante.
Saludos, colega demiurgo.

Maria Rosa dijo...


No te habías dado cuenta... estabas en Buenos Aires.


hola José, he regresado después de varias semanas, sin Internet y hasta sin blog,lo había perdido, debió ser la niebla que me cubrió también a mi.

mariarosa

Juana la Loca dijo...

Yo el día que haya un cataclismo, quiero morir la primera, no me siento con fuerzas para seguir luchando y más en un mundo donde todo sería tan difícil
un beso

Dyhego dijo...

Al final el miedo lo tenemos al alcance de la mano.

RECOMENZAR dijo...

me gusta tu texto de hoy
me siento plena al leerte

Amapola Azzul dijo...

A veces da gusto ver brillsr el sol entra tanta nube o niebla.

Besos.

cíula dijo...

Toda una atmósfera, real y ficticia. Linda imagen.

Saludos

Frodo dijo...

A diferencia de otros relatos tuyos, este me deja algo de esperanza.
Claro, nuestro presente es una bazofia, pero la esperanza necesita tan poco para crecer... tan poco...

Abrazo!

José A. García dijo...

Gracias a tod@s por sus visitas y comentarios.

Frodo: es cierto, no voy a volver a cometer ese error.

Nos leemos,

J.

Pekejimenez dijo...

La nada de Bastian Baltasar? :v

José A. García dijo...

Pekejimenez:

No lo había pensado.

Podría ser. ¿Y después de la nada qué?

Saludos,

J.