Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 30 de julio de 2017

Jaime, el mataautores

La casualidad le llevó a creer que cuanto le sucedía era real. Al menos se acercaba lo suficiente a la realidad como para que el propio Jaime pensara de ese modo. Claro que, el principio, como sucede con todas las historias, fue bastante confuso ya que a decir verdad, no era un lector asiduo de autores contemporáneos. Siempre había preferido a los clásicos, en ediciones más o menos económicas, más o menos llamativas, más o menos de colección. Lecturas que le generaban un placer que creía imposible de encontrar en autores más cercanos, por eso mismo los esquivaba, como si se trataran de enfermos a los que mejor ni acercarse.
            Como no podía ser de otro modo, este tipo de ideas provenía más que nada de su propia ignorancia en cuanto a teoría literaria, movimientos de vanguardia, operaciones publicitarias, menciones en las redes antisociales y asistencia a reuniones culturales. Lo sabía, o al menos lo intuía, pero en poco le preocupaba.
            La situación cambió, ya que de otro modo no tendríamos una historia para contar, el día en que, como al pasar, le fue recomendada la lectura de los cuentos de Augusto Monterroso. Eran finales del año 2002 y solo dos meses después pudo hacerse con un libro del hondureño.
Promediaba su lectura cuando lo sacudió la noticia de la muerte del autor.
            Regresó, luego, a la lectura de sus conocidos clásicos hasta una portada extraña, poco llamativa pero que por algo le atraía, llamó su atención en una de las librerías que siempre visitaba. Era julio del 2004 cuando la primera novela del uruguayo Mario Levrero cayó en sus manos.
La noticia de su fallecimiento llegó poco, muy poco después.
            Eso ya no parecía ser una casualidad. Más que nada cuando para su cumpleaños, en julio de 2007, le regalaron uno de los últimos libros de Roberto Fontanarrosa, que comenzó a leer esa misma noche.
            La misma noche en que Fontanarrosa nos dijo adiós.
          Al día siguiente el miedo, la confusión, la sorpresa, la incomprensión, inundaron a Jaime en sucesivas oleadas. Una vez puede ser azar, dos veces una casualidad, pero tres ya no. La tercera vez era algo mucho peor, algo que debería explicarse de algún modo. No podía responsabilizar a la edad de los autores, o a sus respectivas enfermedades, allí había algo más. Algo peligroso, algo que era necesario explicar de manera urgente. Principalmente luego de que comenzara a deleitarse con El Evangelio según Jesucristo días antes de la muerte de Saramago y la leyenda de “Jaime el mataautores”, como comenzaron a llamarle amigos y conocidos, circulara sin que nada pudiera hacer para evitarlo.
            La noticia viajó rápido, y si bien nadie podía acusarlo por la muerte de Roa Bastos, de quien nunca nada había leído, o de Cortázar, ni mucho menos de Borges o Bioy, otras muertes inexplicables y, claro, dolorosas, dentro del ambiente literario comenzaron a serle adjudicadas. Los rumores no dejaban de circular en un mundillo tan pequeño y, al mismo tiempo, tan lleno de egos, rencillas, disputas y facciones.
Tanto es así que comenzaron a llegar a su casa, sin que el propio Jaime supiera cómo era posible que tanta gente tuviera su dirección postal, cartas con pedidos y ofrecimientos para que leyera la obra de tal o cual autor (de renombre o sin él, edito o inédito, hombre o mujer, nacional o internacional), a cambio de lo que él quisiera pedir por sus servicios. Supo así que los efectos de su lectura sólo parecían producirse cuando la escritura no le estaba dirigida de manera directa y personal; una carta a su nombre no implicaba la muerte del remitente, como sí lo hacía en el caso de los libros u otros escritos sin un destinatario específico.
            Se le ofrecía dinero, viajes a paraísos vacacionales, mujeres, cargos políticos, casas y otros tipos de propiedades, más dinero y muchas más mujeres. El ofrecimiento parecía ser mayor cuanto más grande era el odio de quien le escribía hacia quien era señalado como posible lectura para Jaime. Su habilidad lo había vuelto sumamente deseable para toda una calaña de personas que creen que solamente ante la muerte de su oponente podrán sentirse satisfechos.
            A la muerte de Ernesto Sábato, en abril del 2011, llegaron a su casa tantos regalos de agradecimientos que ocupó toda una habitación de su casa con ellos sin siquiera pretender abrir uno solo. Él no era responsable de lo que sucedía, no podía serlo. No quería serlo. Quería que lo dejaran solo, que le permitieran seguir con sus lecturas, su trabajo, su vida.
            Pero nadie parecía entender sus declaraciones en la prensa, la radio, la televisión y en las redes antisociales. Todo era un error, y si no lo dejaban tranquilo porque se los pedía de manera amable, tendría que ser él mismo quien pusiera coto a tanta locura. La falta de respuesta a sus ruegos y diferentes pedidos le llevó a decidirse.
            Comenzó a rastrear a la gente que le escribía, en las redes, en los medios, en otros lugares y cuando los encontraba, luego de pedirle que dejaran de molestarlo sin obtener la respuesta buscada, comenzaba a leer todo aquello que esa persona hubiera escrito, fuera donde fuera.
            Como moscas rodeadas por una nube de insecticida, quienes solicitaban sus servicios comenzaron a caer uno tras otro. Fueron necesarios cien, mil, o más ejemplos, sin contar el tiempo desperdiciado en la lectura de tantas futilidades; pero, finalmente, luego de meses Jaime recuperó la paz que supiera tener antes del escándalo producido ante el conocimiento de sus supuestas habilidades.
            Y, si bien la justicia lo intentó, nunca pudieron demostrar que él fuera responsable de tantas muertes. En la mayoría de los casos, ni siquiera se encontraba en el mismo país (o hemisferio) que la víctima.
            Cuando todo pasó, cuando la noticia ya no lo fue tanto y alguna otra cosa la ocultó con su ingente novedad, pudo regresar a sus libros, a su literatura, donde tenía la seguridad de que los autores que leía ya estaban muertos y, por lo tanto, no podrían morir una vez más.

13 comentarios:

José A. García dijo...

Se de unos cuantos que hubieran dado mucho trabajo al pobre Jaime...

Saludos y buenas lecturas.

J.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Brillante. Al leerlos, mata a los autores que lee, salvo que estén muertos.
Yo estoy a salvo, excepto que tenga en sus manos algunos de los dos fanzines en que hay una historieta hecha por mí.
Me recuerda al cuento Ahora, cero de JG Ballar. Salvo que en este, el protagonista mata sólo con escribirlo, incluyendo la causa de muerte.
Tal vez los autores estén protegidos de morir, si le dedican los libros.

Muy buen relato.
Saludos.

Frodo dijo...

Muy bueno!!!! Me encantó la idea y cómo la plasmaste.
Conozco una especie de Jaime, que no te mata, pero que si te nombra te manda al hospital, o a tu cama con reposo de 72 hs mínimamente.
Vos le diste una vuelta de tuerca a todos los yetas que andan dando vuelta.

Estás más ácido que de costumbre (lo noto en los comentarios), y creo que eso te sienta bien. Menos tajante con el bajón, aunque como te dije hace poco, en tus últimos relatos estás abriendo la puerta a la esperanza...

Abrazo!

José A. García dijo...

Gracias Demiurgo. Cierto, si lo escrito se lo dirigen a él, como una carta personal, no les pasaría nada.

Frodo: El tipo mató a un montón de gente para que lo dejen tranquilo. ¿Eso es esperanzador? Además de que perdí la llave de la puerta para trancarla bien, me parece que tu idea es un poco más retorcida que la mía.

Saludos,

J.

Ningun Records dijo...

Redes antisociales, buena definicion.

Amapola Azzul dijo...

Leer a autores ya fallecidos tiene sus ventajas.

Nesos.

Amapola Azzul dijo...

Besos.

jfbmurcia dijo...

Que ese tipo no se asome por mi blog...Tengo una hijita pequeña a la que criar. Saludos.

Maria Rosa dijo...


¡¡Muy bueno José!!

¡¡¡Ni se te ocurra mandarle la dirección de mi blog!!!

Me gusta como escribes, pero con esta entrada te pasaste, es buenísima.

mariarosa

Nino Ortea dijo...

Hola, José:
Mi más sincera enhorabuena por tu relato: está lleno de ingenio y lo cuentas con una narrativa muy fluida.
Por suerte para mí, los librillos que llevo escritos los firma un tal Nino Ortea; ya se los he enviado a Jaime confiando en que si él tiene a bien ojearlos, yo me vea libre, por casualidad, de ese venynloquecido heterónimo que me ha relegado a autor anónimo.
Un abrazo, José. Y, de nuevo, te felicito por tu relato.

Juana la Loca dijo...

yo me salvo de ser matada, ni autora soy ni creo que lo sea nunca, y cada vez menos me lee nadie...
besos de calor

RECOMENZAR dijo...

hola....larga es la noche y el calor afuera derrite la luna que me esta mirando tus palabras llegan

José A. García dijo...

Gracias, como siempre, por sus lecturas y comentarios. Lejos, lo más importante de Proyecto Azúcar.

Saludos!

J.