Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 18 de junio de 2017

Sin palabras

La vi regresar desde el baño del restaurante hacia la mesa que ocupáramos ese mediodía. En su rostro se adivinaba una mezcla de emociones difíciles de identificar, algo por demás complejo para mi poca práctica con eso de la empatía; más aún teniendo en cuenta la forma precipitada en la que partiera hacia el baño instantes antes.
            Pensé en todo lo que podría haberle afectado el diálogo inmediatamente precedente, en lo que podría haber sucedido en el camino hacia el baño, la posibilidad de alguna falta de respeto por otro cliente, o por algún empleado. Pensé que podría haber recepcionado algún mensaje intempestivo en sus implantes de comunicación inmediata. Pensé en otras treinta y dos posibilidades en los pocos segundos que demoró en llegar a la mesa y quedarse allí, de pie, como esperando alguna cosa. Su funda de piel azul resaltaba los rasgos de su rostro, sus pómulo, sus pestañas, como lo notara antes.
Con la mirada perdida en algún sitio más allá de la mesa, de mí, de nosotros, del universo, permaneció esperando quién sabe qué.
Dudé en interrumpir su ensimismamiento pero como los minutos nunca dudan en continuar sucediéndose, como lo han hecho, no me quedó más opción que hacerlo.
—¿Te encuentras bien? —pregunté.
Como escapando de un ensueño, de una realidad que se encontraba en cualquier otra dimensión, en otro plano de la existencia, pero no allí mismo, volvió su mirada hacia mí. Tuve la fugaz sensación de que era incapaz de reconocerme aún cuando era a mí y no a cualquier otra persona a quien se había acercado.
—Si… —respondió luego de parpadear varias veces.
—¿Sucedió algo…?
—No sabría cómo explicarlo… —respondió.
—¿Qué tal si lo haces con palabras?
—Algunas cosas —dijo como si le costara encontrar las palabras adecuadas —, no pueden ser descriptas fácilmente.
Guardé silencio, dándole el espacio que parecía necesitar, para que terminara de encontrar la forma adecuada para expresarse.
—Más que nada algunas cosas que se ven en los baños públicos…
Comprendí que su expresión de desagrado, de repulsión y asco, antes que alguna otra cosa, nada tenía nada que ver conmigo. Me relajé, pero sólo en parte, porque sabía que todo puede cambiar rápidamente en lo que se refiere al humor. Algo que, después de todo, no es una ciencia exacta.
—La gente es demasiado desconsiderada —dije, creyendo que mis palabras resultarían reconfortantes.
—Algunas personas no deberían de ser consideradas gente —respondió.
Sonreí reconociendo parte de mis palabras en su respuesta. Después de todo, eso de la empatía no resultaba tan difícil. Quizá, con un poco más de práctica nadie notaría el escaso tiempo trascurrido desde mi huida de los campos de incubación.

20 comentarios:

Maria Rosa dijo...

¡¡Mamá mía!!

¿Quién era el ser extraño en esa mesa de restaurante?

Venía bien y me gustaba el dialogo, pero al hablar de los campos de incubación, me desarmaste.Extraño e interesante relato, sólo que lo leí dos veces y todavía me lo sigo replanteando.

mariarosa

José A. García dijo...

María Rosa:
Gracias por la visita.
Mejor dejar planteado algunos misterios para los lectores... Las teorías que surjan pueden ser más que interesantes.

Nos leemos,

J.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Hay varios misterios en ese relato. Como la identidad del narrador personaje.
También lo es la relación con esa mujer. ¿Es una mujer que conquistó, luego de su huida del lugar de origen? ¿O será la mujer que hizo que escapará, con algún motivo no revelado?
Interesantes misterios, colega demiurgo.
Saludos.

Dyhego dijo...

José:
me gusta mucho este relato porque alguna vez nos ha pasado algo parecido. Estar con alguien, ver que su semblante cambia y pensamos que hemos sido nosotros los culpables por haber hecho algo mal...
Salu2.

RECOMENZAR dijo...

Jose Garcia
Tú dices que eres escritor ....sonrio

Jamas entiendo tus respuesta le faltan magia a tus palabras para sentirte feliz y libre
un abrazo de alegria

Amapola Azzul dijo...

No se empatiza con todo el mundo.

Besos.

Factores emocionales intervienen.

nilda dijo...

yo soy de empatizar, es mi superpoder. Si fuera la señora, hubiera relacionado el huevo roto,lleno de mucosidad que estaba en el retrete (?) y el protagonista del cuento
Sin embargo,hubiera desestimado mi descubrimiento, y me hubiera sentado junto al íncubo.Porque la racionalidad o la empatía no desarman la boludez.

BEATRIZ dijo...

Pensé en alguien con síndrome de Asperger, pero al final eso de la incubación no cuadra. Igual, y va para una invasión extraterrestre?

Saludos.

Mirella S. dijo...

Cuántos enigmas: mujer de piel azul con implantes, pero no los habituales, un hombre incubado que huye y no sabe nada de empatía... espero que transcurra en un futuro no demasiado cercano.
Saludos.

RECOMENZAR dijo...

Jose
un abrazo inmenso para vos

Ángela dijo...

Pes a mi con el tema ese de los campos de incubación me ha venido a la cabeza esa gran novela -y película- de Los ladrones de cuerpos de Jack Finney. En fin, supongo que lo que habrá visto la chica-vaina habrá sido a dos "animales" copulando como posesos. No sé si le he pillado el punto del todo, pero en mi cabeza me he montado mi propia historia y me gusta igual. Vuelvo pronto. Saludos.

Guillermo Castillo dijo...

Un texto donde lo inesperado no se deja entrever sino cuando se ha llegado al sorprendente final.
Saludo colombiano va.

Guillermo Castillo dijo...

Un incubado final lleno de sorpresa. Texto bien logrado.
Saludo colombiano va a todos tus lectores.

www.venitecuento.blogspot.com

Guillermo Castillo dijo...

Un incubado y sorprendente final.
Saludo desde Guadalajara de Buga, Colombia.

www.venitecuento.blogspot.com

AdolfO ReltiH dijo...

UNA ESCENA PARA UNA CINTA DE WOODY ALLEN.
ABRAZOS

Juana la Loca dijo...

Primero, intentar comprender a una mujer siendo hombre, es una misión casi imposible
Segundo, yo que regento un local de hostelería, te puedo decir que la gente es sumamente desconsiderada cuando no se trata del baño de su casa

Frodo dijo...

A lo largo del relato fui empatizando con uno y otro personaje, pensando en alguna inscripción obscena en las paredes del baño, o en la mirada del mozo o de algún tercero en otra mesa... y el final es brillante, ¡salta de mundo! ¡cambia de paradigma! Descoloca para bien.

Abrazo grande J!

José A. García dijo...

Gracias por las visitas, comentarios e interpretaciones sobre tan pequeño cuento.
Siempre resultan más interesante que lo que presento.

Nos leemos,

J.

Pd. No me gustan las películas de Allen.

la MaLquEridA dijo...

La mujer le teme a cualquier contagio, 'tonces se guarda en su funda azul para estar a salvo sin imaginar que el tipo que es un virus nuevo va por ella.


Saluditos

LA ZARZAMORA dijo...

Dos paseantes de universos paralelos que acaban hasta por empatizar gracias al mal estado de los aseos de un restaurante, puede que ni sea un fenómeno extraño...

Un abrazo, José.