Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 19 de marzo de 2017

Diluvio

Resultó una mala inversión; mejor pensarlo de ese modo para evitar acabar dándose la cabeza contra las paredes del negocio. En esa época recién comenzaba en el rubro, aún conocía poco el mundillo de los proveedores, los remitos, las consignaciones y todo lo demás. Es por eso que la idea de comprar un cargamento de sombrillas, a precio firme, es decir, sin posibilidad de devolución, le resultaba sumamente tentadora. Difícil resistirse a un trato en el que todo sonaba a ganancia directa y pura para su bolsillo, a pesar del desembolso inicial.
    El pueblo se encontraba cada vez más cerca del desierto. Pero no era el pueblo quien se movía, no; el desierto no dejaba de crecer. Podía notarse día a día. Morían los árboles luego de largas y silenciosas agonías, el césped se secaba pasando del verde al amarillo y luego al gris más parecido al polvo que a la vida. Ni siquiera las más malas de entre las malas hierbas subsistían.
   La lluvia era mucho menos que un recuerdo, si es que en algún momento supo ser algo. El pluviómetro de la farmacia acumulaba tanto polvo en su interior que, de llegar una tormenta inesperada tal solo serviría para juntar un poco más de barro.
   Ante semejante realidad, tan cercana, tan palpable, la de las sombrillas sonaba como una idea demasiado buena. ¿Cómo negarse a un negocio seguro?
   El éxito habría sido total si lo que le enviaran los proveedores se parecieran en algo a las verdaderas sombrillas en lugar de ser, apenas, paraguas mal etiquetados, adrede, de seguro. El negocio hubiera triunfado y con las inesperadas ganancias hubiera podido huir mientras el desierto continuaba avanzando. El error, junto con la imposibilidad de devolver los productos, se clavó en su corazón señalando el peor de sus fracasos. 
   Los años pasaban y los paraguas dormían el condenado sueño del olvido en la buhardilla del negocio. Sin exagerar demasiado, podía sentir sobre su cabeza como el polvillo del desierto se acumulaba incansablemente sobre los paraguas mal apilados en los estantes; podía sentir la madera del entrepiso quejarse por el peso excesivo al cual se la exponía. 
   Las burlas de la gente del pueblo, que lo miraban sin hablarle, sin decirle más que lo necesario para obtener lo buscado en el almacén y partir raudamente sin contener la risa de pensar en tantos paraguas inútiles, le dolían un poco menos que el saberse estafado.
   Necesitaba una forma de desprenderse de tanta inservible mercadería, de tanto espacio mal aprovechado, de tanta frustración.
   Al dar, finalmente con la respuesta, le pareció tan sencilla que se sintió un tanto sorprendido del que no se le ocurriera antes: regalaría los paraguas. Iría a pérdida, lo sabía, pero sería una suerte de publicidad encubierta de su negocio ya que la pobre competencia que quedaba en el pueblo (el otro almacén y la gasolinera junto a la ruta que no figuraba en los mapas carreteros de la región) no se encontraba en condiciones de responder de igual manera. 
   Y como cualquier comerciante sabe, la gente siempre regresa allí donde se le regala algo, lo que fuera, por mínimo e inútil que resulte el obsequio.
   A la mañana siguiente armó una pequeña mesa con dos tablones viejos y deslucidos junto a la puerta del local, desempolvó lo mejor que pudo los primeros paraguas que cayeron a sus pies al abrir la puerta de la buhardilla y los regaló a los incautos que pasaron junto al local. No se preocupó por dar explicaciones e hizo su mejor esfuerzo para no reírse de las caras de sorpresa con que recibían el inesperado presente.
   El primer día regaló diez paraguas.
   Al segundo día hizo lo mismo con veinte.
   Al tercer día tuvo que bajar todos los paraguas de la buhardilla porque la gente del pueblo se los sacaba de las manos, se llevaban de a dos o de a tres cada vez.
   Podría haberse detenido a pensar el por qué de semejante actitud; pero intuía que, al menor cambio, se acabaría la buena racha, y no se atrevía a preguntar qué era lo que pasaba. Era sabido que en el pueblo nunca llovería y la tela era tan fina que de nada servía ante semejante sol aun siendo de las mejores telas impermeables del mercado. La gente sonreía, y le agradecía el gesto; luego nadie regresaba.
   Cuando se agotaron los paraguas, el almacén quedó tan vacío como lo estuviera antes, las provisiones y otras mercaderías con las que intentaba ganar algo de dinero se arruinaban en los estantes. Su esfuerzo había sido en vano. Cierto que ahora la gente le sonría en la calle, pero eso ni le daba de comer ni pagaba las deudas que se acumulaban día tras día.
   Una vez más, semejante realidad no le permitía ver más que una única y extrema solución cuando pensaba en su futuro. Era sólo que, incluso el futuro, se había convertido en un cúmulo de polvo de desierto y nada más; su vida había terminado el día en que aceptó aquel mísero trato comercial.
   Lo encontraron colgando de una vieja soga en medio del negocio. Las puertas cerradas, el calor y el aroma entre dulzón y amargo que invadió el aire, alertaron a los vecinos más cercanos de que algo andaba mal en el interior del almacén. No sabían qué podría ser, pero era fácil imaginarlo; aquella no sería la primera, ni la última vez, que sentirían tan peculiar aroma.
   Esa misma noche, mientras un viento extraño, desconocido, árido y reseco, comenzaba a levantarse, lo enterraron en la parcela destinada para los pobres del cementerio del pueblo. Dinero alguno se encontró en el almacén para solventar los gastos del entierro; facturas impagas, deudas por saldar y notas de crédito vencidas fue cuanto descubrieron.
   El día siguiente comenzó, inesperadamente, a llover como nunca antes había llovido en la región. Lluvia que continuó y trajo la humedad necesaria y el reverdecer de la vida hasta convertir al pueblo en un nuevo vergel. Ni siquiera los especialistas en el cambio climático, en el comportamiento de las nubes, ni los charlatanes de siempre que pretendían poder explicarlo todo comprendían semejante cambio.
   Fue una suerte, para quienes aún quedaban en el pueblo, contar, en aquel momento de necesidad, con un nuevo y oportuno paraguas.

20 comentarios:

José A. García dijo...

Algunos llegamos siempre demasiado temprano, o demasiado tarde, a cualquier cosa que nos propongamos en la vida.

Siempre.

Saludos,

J.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Seguro que los paraguas no sirven como sombrillas?
Sospecho que sí, sería una ironía extra en tu relato.
Saludos, colega demiurgo

jfbmurcia dijo...

Los negocios tienen su cara y su cruz, sus éxitos y fracasos, sus triunfadores y sus vencidos. Un saludo.

unjubilado dijo...

Me ha gustado el relato, efectivamente hay personas; en España los llamamos gafes, que nada les sale bien, y este precisamente es una caso de esos.
Saludos

RECOMENZAR dijo...

nO ENTIENDO TU COMENTARIO EN MI BLOG SI PUEDES ACLARARLO TE LO AGRADECERIA YA QUE TUS PALABRAS NO ME DICEN NADA GRACIAS

Frodo dijo...

Me quedé con ganas de ver esos paraguas bajo un aguacero en el entierro. Pero tal vez fuese un lugar común.
Buen relato José!
Abrazo

LA ZARZAMORA dijo...

Ironías del destino.
Y eso pasa, mucho.
Un relato muy bien hilado.
Abrazo, J.A.

Amapola Azzul dijo...

Lindo relato.
Besos.

Marina-Emer dijo...

Es verdad... ayer fue tu Santo. Felicidades José..
Saludos

gla. dijo...

Me parece a mi que esta historia nos deja mucho para pensar...en realidad nunca sabemos lo que vendrá pero en la vida no se puede especular
Particularmente a mi me gustan los paraguas...me una sensación de protección...mi padre tenía dieciocho paraguas...no se para qué pero los tenía...yo solo tengo uno y me encanta
Abrazos

RECOMENZAR dijo...

No veo mi comentario :)
sonrio ya que yo
no tengo moderación
Un blog es la opinión del que te lee.
Lo bueno y lo malo Por supuesto siempre con clase y sin ofender
Mi opinion
Me ha gustado tu entrada
gracias por responderme en recomenzar

Geraldine, dijo...

nunca hay que desesperarse del todo...quizás cuando fue al cielo pidió que lloviera de una condenada vez.

Maria Rosa dijo...


Tremendo desgraciado era ese tipo, es de los que si salen a vender tenedores; llueve sopa.



mariarosa

Juana la Loca dijo...

siempre hay que saber sacar un lado positivo a las cosas.
tu relato me recordó a mi misma, que puse otro local hace unos años y me estrellé contra un muro de cemento, perdí toda la inversión.... a veces hay que entender que es mejor retirarse y perder, que continuar en un fracaso
besos.

Dyhego dijo...

Un tipo con muy mala suerte,la verdad.

Celia Segui dijo...

Hay quien acaba así, desafortunadamente, los malos negocios pueden traer un sufrimiento difícil de llevar.
Sorprendente final.
Un abrazo.

Mara dijo...


Bonito relato. Yo también como Frodo me imaginé el entierro con las sombrillas-paraguas de colores alegrando la la vida en el más allá al quien la tuvo tan triste a este lado. Me ha gustado pasar por tu casa. Saludos.

ReltiH dijo...

EN LOS NEGOCIOS, ESOS CARISELLASOS A VECES SON IMPREDECIBLES. EXCELENTE RELATO.
ABRAZOS

Soñaba pianos blancos dijo...

¡Amo la lluvia! Y los paraguas. Acabo de descubrir tu blog, y está hermoso así que me quedo a seguirte. Nos leemos♥

José A. García dijo...

Gracias a tod@s por sus comentarios. Este cuento participó de varios concursos en España y Argentina y tuvo la suerte de no quedar en ninguno.

Nos leemos,

J.