Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

lunes, 20 de junio de 2016

Año Dieciséis, Semana Cuarenta y Ocho

La multiplicidad de proyectos a la que me impulsa el hecho de sostener demasiados pensamientos al unísono, como comentara la semana pasada en la entrada anterior, lleva a que en verdad ninguno de esos proyectos se desarrolle de la forma esperada. Claro que no se puede sostener el impulso de pretender escribir tres novelas diferentes al mismo tiempo, pensar en una idea patrón a partir de la cual recopilar los cuentos escritos en los últimos años (y en consecuencias revisarlos para que se ajusten a dicha idea), queriendo mismo tiempo continuar participando en los concursos literarios de los que llego a tener noticias. Algo de todo ello quedará sin hacerse, mucho más será lo que quedará hecho por la mitad y muy poco finalmente se concretará.
            Ese ha sido mi mundo en los últimos años.
            La cuestión es saber encauzar las energías de la manera adecuada para que nada se desaproveche, nada pase a segundo plano porque lo que importa en el momento es lo que se está haciendo y no lo que se tiene que hacer después. Evitar la distracción, evitar el despilfarro de atención, evitar el querer estar en más de un lugar al mismo tiempo. Suena como algo sencillo, concentrarse en una única cosa a la vez; lo difícil es ponerlo en práctica.
            La semana anterior terminé un trabajo de investigación en historia que tenía pendiente desde el año anterior, tan sólo llegué un año tarde, pero bueno, son cuestiones de calendario, no de proceso de construcción del conocimiento (es lo que me digo para justificar el por qué de mi demora). ¿Cómo lo hice? Me obligué a trabajar una cierta cantidad de días y horas hasta terminarlo, y a no hacer, leer ni ver otra cosa que no fueran los materiales necesarios para ello. Atienda, por favor, al verbo elegido, obligué.
Luego de ello acabé derrotado en la cama tras haberlo entregado. Pero lo hice, lo terminé. ¿Podría volver a intentar algo similar con los otros proyectos literarios? Entendiendo que historia y literatura no son, nunca fueron ni serán, lo mismo, es de suponer que el método de trabajo aún cuando luzca similar, no es idéntico. También tengo que tener en cuenta que antes no me planteaba este tipo de interrogantes, sino que las cosas fluían de otro modo. ¿Hay que escribir algo? Bueno, se escribe y ya.
            Pero en este año, el dieciséis desde que comencé a escribir metódicamente, solamente logré darme cuenta de que ignoro muchas más cosas de las que pretendía conocer sobre ese arte tan curioso que es escribir. Puede ser algo bueno el reconocer las propias limitaciones, porque conociéndolas es posible atacarlas hasta vencerlas, tan sólo que hay que estar predispuesto a ello.
            Me refiero a reconocer los problemas y errores, esa es la parte difícil, admitir que no somos perfectos; la segunda parte de la oración es, en definitiva, la acción más sencilla.
            Construimos nuestras propias trabas y después nos negamos a reconocerlas como tales; como una construcción que debe desmontarse para continuar adelante; como un paradigma científico que fue útil en un momento, pero que ha de ocupar su lugar en el museo o en el olvido, pero nunca en medio de la vida. ¿Será que encontré mi límite? ¿Será que a partir del año diecisiete que se acerca semana a semana lo único que podré hacer es concentrarme en un único proyecto a la vez?
            Tal vez vaya siendo el momento de dejar de cuestionarse tantas cosas y en verdad comenzar a hacer algo. Diez páginas es cuanto logré escribir este año, tengo una novela empezada y abandonada, dos ideas que no sé si van a ser novelas, guiones de historietas o fracasos, y una docena de cuentos a los que debería concluir o dejar que pasen a mejor vida (es decir, borrar el archivo). Hay mucho para hacer, necesito una brújula para guiarme en el fárrago de palabras que he construido, un laberinto en el que su único habitante (que no es otro que yo mismo, por si no queda del todo claro) no pretende huir.
            ¿Se estará muy cómodo allí dentro?


La imagen no tiene nada que ver con nada, es un Liquidador de la zona de Chernobyl, que se encargaban de recuperar aquellas cosas útiles de la zona de desastre y de desechar todo lo que la radiación hubiera dejado inservible. Supuestamente la fotografía es de 1986, si podemos creerle a la red, claro. El nombre del trabajo es lo que más me llamó la atención.

10 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Puedo entender que es eso de tener varios proyectos al mismo tiempo, que se quitan tiempo mutuamente, con el riesgo de no concretar ninguno. En mí caso, alguno es no elegido por mí, algo que prefiero no mencionar.
Y entiendo lo de sospechar lo de llegar al máximo nivel de algo. Pero prefiero desestimar este pensamiento.
No noto fallas de estilo en las entradas que escribís, están bien escritas.
Los laberintos están bien mientras se conozca el patrón matemático que ayude a salir. O se cuente con una Ariadna.
Saludos.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Escribir, probablemente, no sea otra cosas que intentar hacerlo.

Maria Rosa dijo...


Se me ocurre después de leer tus peripecias para lograr escribir, que podrías ser un liquidador de tu propio archivo, es decir, ir buscando cuanto hay de interesante en el, que te puede servir para insertar en tu novela y mientras vas liquidando, vas trabajando con tu novela.

Tal vez es una locura, pero, es cuestión de pensarlo.

mariarosa

BEATRIZ dijo...

Algunas decisiones se hacen con descuido quizá, porque nos han enseñado los caprichos que hay prioridades. A muchos les interesan los concursos, las becas, los mecenas y el reconocimiento. En base a eso dirigen sus proyectos. Otros en cambio, nos convencemos de que no necesitamos todas esas cosas para escribir, nos basta con la magia del momento, y a todo eso culpamos cuando la falta de lectores se hace evidente. Lo bueno sería encontrar el equilibrio, uno personal, claro. Hablando de límites, tengo algo por allí al respecto que se cocina lentamente.

Saludos.

Frodo dijo...

Como te comenté en la entrada anterior,tal vez sea el momento de dejarse llevar por las sensaciones (un poco) y ver si es una buena brújula. Luego sí encauzar la maraña de ideas mediante la razón.
Me gustó tanto la imagen como el nombre. Tan así que me puse a buscar más imágenes de liquidadores. Impresionantes

Gracias por desasnar
Abrazo!

Martha Barnes dijo...

ENFOCAR VARIAS COSAS A LA VEZ, PUEDE SER PROBLEMÁTICO PARA TU SISTEMA NERVIOSO Y CREO QUE ES DIFÍCIL LLEGAR A BUEN PUERTO ,AUNQUE POR TU CAPACIDAD LO LOGRES, MARTHA

taty dijo...

¿Cómodo el laberinto interno? ¡Jamás! Por eso es que nos inventamos las distracciones, el Facebook y todo aquello...

Abrazos.

Señor Potoca dijo...

Una vez una señora me dijo: no abras mas cajones de tu alacena interior. Deja de abrir cajones y empezá a cerrar los que dejaste abiertos. Le hice caso y no veas lo bien que me hizo. Suena a autoayuda pedorra, pero de verdad, pensalo.

José A. García dijo...

Gracias por las visitas y comentarios, como siempre, resultan ser mucho más interesantes que la mayoría de lo que escribo en estas entradas.

Nos leemos,

J.

Dyhego dijo...

A veces es bueno tener muchas ocupaciones distintas porque nunca se sabe si nos puede venir bien un punto de vista diferente. Supongo que es cuestión de disciplina y de capacidad. Yo me bloqueo si tengo muchas cosas que hacer.