Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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sábado, 12 de diciembre de 2015

La pesadez del letargo

Como sucede con las verdaderas tragedias, al principio, no creímos en nada de cuanto se nos contaba. Acostumbrados a las constantes mentiras y exageraciones de los medios de comunicación, a su fascinación por inventar realidades ajenas a las que vivimos el resto de los mortales, no dimos crédito a sus palabras.
            Por otro lado, lo que proponían poco distaba de los clásicos cuentos de la primera época de la Ci-Fi. Una supuesta enfermedad, con el rimbombante nombre de Insomnio Negativo, se propagaba por el territorio nacional (al menos así lo fue al principio). Una enfermedad que, democrática en su accionar, no se fijaba en clase social ni en capacidad de consumo a la hora de atacar. Cada uno de nosotros podía ser víctima de ella.
            Supusimos que era un nuevo intento por imponer el miedo y la histeria colectiva y que dicha enfermedad, que superaba con creces cualquier alteración normal del sueño, era apenas una broma de mal gusto de las típicas que rondan por la red. Idea que duró muy poco tiempo, ha decir verdad. Suponíamos, también, como tercera o cuarta opción, que era un intento desesperado por terminar de imponer la necesidad de algún nuevo producto que para nada servía, como lo hicieron antaño con los celulares, las computadoras personales un poco antes, la televisión antes que ello y, aún antes, las radios a galena.
            Cuando el gobierno comenzó a intervenir abiertamente en la situación, suprimiendo la información al respecto, y siendo el Ministerio de Salud, avalado por la OMS, el único organismo que emitía un parte informativo cada cuarenta y ocho horas sobre el estado general de los afectados, comenzaron a aflorar las dudas. Al ver un tercer rostro desconocido para el público ocupó el cargo de Ministro, intuimos que la situación se encontraba más allá de cualquier posibilidad de control. En eso, pero sólo en eso, no nos equivocábamos.
            Ni médico ni científico alguno era capaz de determinar de qué forma afectaba al cuerpo el Insomnio Negativo, ni cómo se propagaba, si era contagioso, si la leche estaba contaminada como en casos anteriores o si todo era culpa del calentamiento global. Lo que ocurría, simplemente, era que luego de un día normal de trabajo o de ocio polivalente, te dormías para ya no despertar.
Luego de lo cual nada parecía ser capaz de arrancar del mundo onírico a los durmientes, ni el despertador, ni el agua, ni el fuego, ni el dolor. Los instintos básicos de supervivencia se anulaban de tal forma que aún cuando la persona afectada continuaba respirando, parecía más muerto que cualquier otra cosa. Incluso se han registrados casos de disparos de armas de fuego junto a los oídos de los durmientes sin efecto alguno.
            El cuerpo comienza a consumirse si no recibe atención médica. La persona afectada enflaquece al consumirse los depósitos grasos del cuerpo, la piel se deseca por la deshidratación. Finalmente, y luego de un proceso que los médicos definen como extremadamente doloroso pero inconciente, el enfermo muere sin siquiera volver a despertar. Al poco tiempo de declararse la epidemia, los hospitales no daban a vasto para atender a la población, la misma que se alegrara al suponer que con ésta enfermedad se vería liberada de mendigos y personas sin hogar que, según la gente bien,  tanto afean las veredas de la ciudad. Pero, cuando banqueros, empresarios, modelos de lencería y actores de cine comenzaron a caer por igual, ya nadie se sintió a salvo.
            La única solución es mantenerse despierto el mayor tiempo posible; al menos para solucionar los temas relacionados con el inevitable deceso. Pero nadie aguanta más de cinco o seis días sin cerrar definitivamente los ojos. Después de todo, somos simples hombres (y mujeres), cuyo cuerpo necesita un descanso para recuperarse del mal uso al que lo hemos acostumbrado luego de años en los que preocupación alguna nos obligara a pensar en él.
            Hace un día, un día y medio quizá, note que el café carecía de efecto sobre mi ser. Mis ojos se cierran por el peso de los párpados cansados, la sensación de tener arena debajo de ellos me obliga a cerrarlos cada vez más seguido. La frecuencia de mis parpadeos disminuye permaneciendo con los ojos cerrados más de lo que debería. Mi coordinación motora es un desastre, lo noto en las formas que toman las últimas palabras porque no me atrevo a encender la computadora.
     Me dormiré, como lo han hecho muchos antes que yo, porque necesitamos dormir. Pero, más que nada y deseando tener alguna seguridad, ansiamos despertar nuevamente.


6 comentarios:

José A. García dijo...

Hace más de una semana que pienso en publicar ésto pero lo venía posponiendo. En fin, que disfruten la lectura.

Saludos

J.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿También las modelos de lencería? Eso sí que es una tragedia.
Y tal vez sea algo inventado para vender un producto, con la complicación de que el producto no logra contrarrestarlo y que eso se descubrió demasiado tarde.

Interesante relato, colega demiurgo.

thor dijo...

Te gusten o no, los cambios llegaran. Lo afirmo 112 veces, y aunque la K y el bigote se molesten.

Nada se puede quedar de forma perpetua, aunque lo único que debería ser perpetuo es el chocolate

censurasigloXXI dijo...

Tenía yo que leerlo antes de dormir... cuando me piquen los ojos no sé si los cerraré :)

Realmente lo he disfrutado, un relato pulcro, imaginativo y ligero, como siempre. Gracias.

Un abrazo y tu cafelito.

serafin p g dijo...

parece una conspiración de los fabricantes de ataudes asociados con los fabricantes de colchones, eso sí, se les fue un poco la mano.
Lindo texto!
salute

Boris Estebitan dijo...

Al final solo somos simples humanos, gran post.