Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

jueves, 10 de septiembre de 2015

Las aventuras intergalácticas de los sobres de ketchup caducos

Capítulo 20 – Sobre lo que no puede conocerse


—El cosmos es infinito —dijo, de improviso, como siempre lo hacía, el ketchup vencido en algún antiguo mes de abril.
            Esperó a que su compañero de deriva dijera algo al respecto pero, cuando el silencio se extendió más tiempo del acostumbrado, continuó.
            —La vida, en cambio, es finita —dijo—, tiene un límite. Somos finitos en un infinito incomparable. Mínimos, minúsculos.
            —¿Dónde quieres llegar con tantas palabras? —intervino, finalmente, el ketchup de algún octubre hace tiempo olvidado.
            —Creo que, por más que nos esforcemos durante nuestras extremadamente interesantes vidas, en acumular conocimiento, habrá cosas que nunca llegaremos a conocer.
            —Me temo que así es —respondió el ketchup de octubre—. Resulta hasta obvio que así sea. De otro modo, todo conocimiento sería imposible.
            —¿Por qué lo dices? —preguntó el ketchup de abril.
            —Si fuéramos infinitos como el mismo universo, tendríamos el tiempo suficiente para saberlo todo. Y, sabiéndolo todo, no habrá lugar para la duda para los cuestionamientos, para el desarrollo de las ideas.
            —No comprendo, lo intento, lo sabes, pero soy incapaz de descifrar tus palabras.
            —Si tuviéramos el mismo tiempo de vida que el universo, conoceríamos todo, al detalle, porque nada nos limitaría. Y, el saberlo todo, no significa, aunque haya momentos en que así se lo crea, el ser inteligentes, o el saber qué hacer con ese saber.
            —Claro —dijo el sobre de aderezo caducado en abril.
            —Entonces, lo sabríamos todo sin cuestionamientos, acostumbrados a aceptar lo que está dado.
            —Seríamos crédulos —dijo el sobre de abril.
            —Quizá sí, quizá no; la cuestión es que necesitamos ignorar algo, por mínimo que sea, para continuar haciéndonos preguntas, para continuar conociendo.
            —La ignorancia es la fuente de la sabiduría. ¿Eso quieres decir?
            El silencio, una vez más, fue la respuesta a la última pregunta del sobre de aderezo del mes de abril, que continuaba flotando en el infinito vacío del cosmos.

3 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Creo que los sobres, o las colonias de microorganismos adentro de lo sobres, están un poco perdidos en cuanto a razonar.
Si supieran todo podrían cuestionar a quienes no están en esa situación.
Y no serían credulos, porque reconocerían sin duda, a lo falso y a lo errone.
Saludos, colegas demiurgo.

PD: Claro que tal vez no se pueda razonar del todo bien, estando perdido en el espacio, conviviendo siempre con los mismos seres.

Ame dijo...

Analizo...
No sale de mi cabeza la imagen del sobrecito flotando

Un beso, José

Fanny Sinrima dijo...

Hola, José Antonio.
¿Capítulo 20?...Pues me suscita interés por leer los anteriores, con lo que corroboro lo que se dice en este capítulo.Se busca, se anhela, lo que se ignora, de manera que es una prudente dosis de ignorancia el motor de búsqueda. Pero hay cosas que no podemos alcanzar: sabemos que nosotros también tenemos fecha de caducidad, pero está oculta, sin posibilidad de leerla.

Original relato en su forma y filosófico en el tema.

Saludos.