Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

miércoles, 24 de junio de 2015

Melodías

Era, su voz, como una suave e hipnótica melodía de piano. Algo que comenzaba muy bajo, casi en el umbral de lo auditivo, para ir haciéndose más y más presente, si querías escuchar, por supuesto. Pero sólo eso. Tenue, muy leve, tanto que si alguien hablaba a lo lejos, un teléfono sonaba en una habitación vacía, o las nubes chocaban entre sí antes de una tormenta de verano, se perdía. Suave, hipnótica, una voz, como un piano.
            Comenzaba y ya no queríamos dejar de oírla, por el resto de nuestra vida y todo lo que pudiera venir después. Su ausencia era el inicio de la desesperación. Un vacío que señalaba su falta de tal forma que nada, ni nadie, era capaz de cerrarlo, ni siquiera el azar. Un vacío tan grande como la vida y la muerte antes y después de ella; o quizás un poco más grande, si es que tal medida de escala sirve de algo, cosa que, en verdad, lo dudo.
            Existió un pueblo, hace mucho tiempo, tanto que es falso calendario que nos domina en la actualidad, ni siquiera había sido creado aún, que creía que esa voz, esa melodía, ese piano, era el origen del universo. Decían que de allí surgía cada ínfima o gigantesca mota del universo. Ellos nunca conocieron el piano, pero así lo creían. Yo nunca los conocí a ellos salvo por referencias perdidas al pie de ciertas páginas en textos tan aburridos como los míos. Pero creo que tenían razón.
            El origen es una melodía. Nosotros podemos alterarla mínimamente porque continúa cuando nosotros ya hemos recorrido nuestro paso por su partitura. Continúa. Siempre. Por siempre.
            Quizá sea, al igual que el inicio, el final de la existencia. Y, si lo es, porque quienes en ella creen evitan hablar de un posible final, no quiero estar allí cuando  se detenga. No quiero estar presente cuando su voz sea un eco cada vez más lejano que va muriéndose como mueren todos los sonidos que se apagan en oídos cada día más sordos. No lo quiero, no.

7 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

¿Que pasaría si un músico improvisando, por azar descubriera la melodía que desencadena o el fin o la escala que dio origen a un principio?

la MaLquEridA dijo...

Como si estuvieras solo. Tú el único habitante del planeta. El sonido de las notas a lo lejos. Caminas buscando su origen sin encontrarlo. Tú en solitario a dos manos.


Saludos

Martha Barnes dijo...

!Sos un poeta!!!!Martha

Vivian dijo...

Hola José.
Yo tampoco quiero estar ahí.
Me ha gustado la idea de ese pueblo, todo lo que no se ha creado puede resultar maravilloso porque podemos imaginarlo a nuestro antojo. Y podemos imaginar lo que sintieron ante esa melodía de piano. No importa que no lo hayas conocido, o quién sabe si en otra vida pasaste por allí. Si es que existe otra vida, todo es tan dudoso (como mi comentario jaja)
Me gusta el título del blog.
Un abrazo

Ame dijo...

Me hiciste recordar a mi padre
Un beso

Humberto Dib dijo...

Este texto tiene magia, José, me gustó.
También me gusta cómo usas las subordinadas.
Un placer.
Y un abrazo.
HD

Xindansvinto dijo...

Todo es música. Hasta el mismísimo silencio.