Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

jueves, 14 de mayo de 2015

La casa vacía

La noticia llegó tarde. Por ésta única vez, la máxima de que las noticias malas viajan rápido, no se cumplió. La distancia era tanta que apenas comenzábamos a notar su ausencia cuando la novedad nos golpeó como el impacto de un Chevrolet Impala contra un Fiat 600. Y nosotros nos encontrábamos en el incómodo asiento trasero del Fiat.
            Si en algún momento hubiéramos podido hacer algo, ya era demasiado tarde; y como no nos gustaba llorar sobre la leche derramada, fuimos al entierro de la abuela a cumplir con nuestra cuota de familiaridad de ese año. Hacía tanto tiempo que no la visitábamos que creímos haber perdido el camino más de una vez durante el trayecto por las rutas comarcales.
            Pero no fue así; llegamos a tiempo para ser los únicos parientes presentes, los dos o tres vecinos que quedaban con vida, y el cura con cara de mal humor por estar obligado a vestir de negro bajo el sol del mediodía en pleno verano. Pero, ¿quién lo obligaba? Nadie, si me lo preguntan a mí.
            Si algo dijo, no lo escuché; sólo recuerdo el rechinar del metal cuando descendió el ataúd y los golpes a hueco cuando las primeras paladas de tierra chocaban contra la madera. Todo lo que siguió a ese momento, lo anulé en mi recuerdo. Siempre en potencial, si es que hicimos algo entre el cementerio y su casa, no lo recuerdo; tan sólo recuerdo el estar ahí mirando las cosas de una vida, las habitaciones impersonales y los restos olvidadas de la casa.
            Los demás discutían qué hacer con ella, con la casa, o alguna cosa similar; mientras tanto deambulé por las habitaciones abandonadas buscando algún rastro de ella, de la abuela; algo que señalara su presencia, que me dijera que allí había vivido alguien, que no era una casa vacía como tantas otras que había en el pueblo.
            Como en un relato de aventuras y descubrimiento, sabrán que al final de cuentas di con esa muestra de personalidad, con ese espacio del alma que perduraba en su hogar. La última habitación de la casa, el último rincón que alguien revisaría, allí y en ningún otro lugar, se encontraba ella; allí, en su maldito cuarto propio desperdiciando el resto de la casa, de la vida, la encontré.
            Su cuarto de costura, con dos máquinas de coser singer de más de cien años cada una; las paredes cubiertas de estantes con infinidad de carretes de hilos del color que se quisiera imaginar, cintas, botones, cierres, lentejuelas, alfileres y agujas. Una radio vieja crepitando estática porque nadie se había molestado en apagarla (y dudo, realmente, que alguien supiera de su existencia) y unos lentes manchados de óxido, con los cristales cubiertos por las huellas de sus dedos, olvidados sobre la mesa.
            Eso, y nada más que eso, era cuanto quedaba.
            En silencio, guardé los anteojos en mi bolsillo envueltos en un trozo de tela y bajé por las mismas escaleras que ella recorriera tantas veces en el pasado. Aún continuaban; nadie me preguntó nada, tengo ocho años, se supone que no entiendo de esas cosas. Prefiero, en cambio, regresar al auto para que nadie me vea apretando los anteojos viejos y oxidados que llevo en mis manos.

9 comentarios:

José A. García dijo...

Aclaración innecesaria: No, no me pasó a mí, es tan solo una historia.

Y, también, la imagen no es mía.

Saludos

J.

Daniela De Angelis dijo...

Abarcar con la mirada del niño esa inmensidad que es el mundo; extrañamiento que pasa por el asombro y el silencio desde un enunciador demiúrgico que, al mismo tiempo, habilita la posibilidad de pensar que el lenguaje y la palabra vienen a completar un vacío. De eso se trata esta suerte de crónica: construir un lugar otro para poder hablar y que la voz tenga un eco, un fin, otros universos posibles.
Gracias por la fictio, José.
Mis saludos!

Ripley dijo...

Me recuerda a mis viajes de niñez al pueblo a ver a los abuelos ,incluso el del momento del entierro . Un saludo José

taty dijo...

El niño se ha guardado las huellas de la abuela en el bolsillo, o su visión del mundo.

Abrazos.

gla. dijo...

Me gustado tu ficción...casi parecía real...el relato en si y además el alma...el cuarto de costura dónde la abuela se había pasado la vida...y qué podemos hacer con la abuela...dónde la guardamos...es la pregunta de esta generación
Abrazos

RECOMENZAR dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Fanny Sinrima dijo...

He leído con interés y emoción este relato: una emotiva descripción del ambiente y de las emociones que suscita en el niño el cuarto de la abuela donde se concentran las huellas de toda una vida.Enternecedor me resulta el final: esas gafas que guarda a escondidas,como un tesoro, como amuleto para el recuerdo.
Los niños ven cosas que los adultos no perciben y es un error creer que "no se enteran" de las tragedias familiares.

Saludos.

Sgt. Pepper dijo...

Creo que aún afronto las pérdidas como los niños de ocho años. Es más llevadero así.

Un saludo.

Maria Rosa dijo...


Una historia está tan bien contada que se siente real. Hay muchas abuelas así, envejeciendo solas, pero creo que me gustaría envejecer sola, en mi casa, con mis cachivaches, antes de ir a parar a un geriátrico.

Me gustó.

mariarosa