domingo, 1 de febrero de 2015

Fingir nunca fue tan fácil

Caso 1:
Caminando por la calle vemos que un niño, que tenía en sus temblorosas manos un helado demasiado grande, tropieza y el dulce se cae al suelo. Sentimos ganas de sonreír. Pero no lo hacemos, al contrario, demostramos pena ante tal situación.

Caso 2:
Viajando en el subterráneo vemos que una señora mayor de noventa años es ignorada mientras viaja de píe, nadie le ofrece el asiento por portación de canas o porque es lo que se debe de hacer en situaciones similares. Queremos apalear a algún adolescente desconsiderado de los que queman sus neuronas escuchando reguetón. Pero no lo hacemos, al contrario, demostramos pena ante tal situación.

Caso 3:
Una mujer embarazada espera un taxi en una esquina semioscura, cuando el taxi por fin arriba, un yuppie vestido de traje hablando a los gritos por su celular último modelo y de la mejor marca, se abalanza sobre el vehículo sin mirar a los lados. Cierra la puerta y el taxi se aleja. La mujer mira perpleja cuanto le ocurre, sentimos que la única repuesta ante tal situación es una revolución social que cambie el orden de las cosas y los principios establecidos de la comunidad. Pero no nos revolucionamos, continuamos caminando muy educadamente demostrando pena ante tal situación.


Las máscaras de piedad, en la que nadie cree pero a la que todos recurren, están entre nosotros. Mientras no sea uno mismo el interpelado directamente por una situación semejante, podemos dejarlo pasar todo, incluso la muerte. 
            Sobretodo la muerte ajena, claro. Porque, fingir nunca fue tan fácil, y con éstas máscaras, más fácil aún.

9 comentarios:

José A. García dijo...

Por mi parte ya encargué varias para repartir entre mis asiduos lectores...

Suerte

J.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Detalle curioso es persona viene de personae, en latín las máscaras de los actores.

Entiendo la contrariedad del que le pasa ese percance con un helado.
En el segundo caso, también se suele fingir que no se ve la situación.

Pienso que alguien sincero todo el tiempo sería intolerable. Sobre todo, cuando nadie le pregunta nada.

José A. García dijo...

'Los peligros de la sinceridad', es un buen título para una novela existencialista del estilo de Milan Kurdera...

Si alguien la quiere escribir con que me mencione en los agradecimientos me doy por satisfecho.

J.

Lucas Fulgi dijo...

Hay gente que no puede sacarse la máscara simplemente porque no tiene nada detrás.
Otros sí, piensan en revoluciones que no hacen.

José A. García dijo...

Peores aún deben de ser, sin dudas, los que debajo de su máscara tienen otra exactamente igual...

Suerte

J.

mariarosa dijo...

Esos momentos en que tenemos ganas de cambiar el mundo existen, los he vivido y sólo recuerdo una vez, no hace mucho, en una señora vendía ajos en la calle, me acerqué a comprar al momento que otra hacía lo mismo. Preguntó precio, le pareció caro y la increpó a la pobre mujer de muy mal modo; me salió el batman de adentro y le dije; ¡No le hable así!
Mi reacción fue normal, sin embargo me asombro de haberlo logrado, la mayoría de las veces me quedo en silencio por temor a un papelón.
Sigo con mi máscara puesta.

Saludos..

serafin p g dijo...

¿y qué si no hay máscara?, qué si esa es postura que tildamos de intercambiable no es tal y es parte constitutiva de nuestro ser, el verdadero, el único.

reverencia!

Sera

thor_maltes dijo...

Por eso que mencionas y por no contrinuir al machismo paternalista opresor, no le doy mi puesto a las mujeres fuertes e independientes.
Mi máscara de simpatía por su lucha por la supremacía de género es más que suficiente

María Font dijo...

Ahhh... sí, sí. A naturalizar lo desmesuradamente triste. Nada de pavadas.