Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 6 de julio de 2014

Mesías

Decir que llegó cuando no se lo esperaba es, en parte, una mentira. Porque sabíamos, intuíamos y de seguro algunos anhelaban, su presencia. Sólo que, por supuesto, evitaban declararlo. Pero, muchas veces, las cosas obvias ni falta hace decirlas.
            Llegó, eso era lo importante, disipando nuestros miedos, los miedos que proyectábamos sobre él, para evitar darnos cuenta dónde se encontraba el problema. Fue, estonces, una especie de seguro que lo hiciera, que llegara en ese preciso instante y no antes, ni después, sino justamente cuando lo hizo.
            Además de que, sin perder ni un solo minuto, comenzó con su labor. Lentamente, como si ajustara diminutas piezas de un mecanismo que sólo él comprendía (y que de seguro así fuera). Meticulosamente hizo su trabajo sin que ninguno de nosotros, tan absortos como estábamos por su llegada, interfiriera con sus movimientos.
            Sabíamos, por otra parte, que no hacía falta, él no necesitaba ayudas ni cosa parecida. Tan sólo que lo dejáramos trabajar.
            Día a día, por no decir minuto a minuto, porque sería exageradamente cierto, las cosas comenzaron a cambiar.
            Sonreíamos por las mañanas, y nos dábamos los buenos días, buenas tares, buenas noches. Saludándonos con el debido respeto y no por simple obligación, como sucedía antes. Todos lo notábamos.
            Las comidas volvieron a tener sabor, recuperando la delicia de las texturas, los colores y sus aromas.
            Las caricias recorrieron nuestros cuerpos una vez más, ayudando al fluir de nuestra sangre y otros fluidos.
            El tiempo pasaba y él trabajaba frenéticamente en su obra, en su construcción, en el centro de nuestro espacio, con sus más finas herramientas, en silencio y sin pausa, sin que se lo viera sudar ni una solitaria gota. Nada. Era perfecto. Era dios.
            Hasta que llegó el día en que concluyó su labor y, cumpliendo con su promesa de antaño, todo, absolutamente todo, cambió.
            No volveríamos a verlo nunca más, ni él a nosotros, ese era el trato y, el usurpador de realidades cumpliría, como siempre lo ha hecho, con su palabra.

5 comentarios:

Maria Rosa dijo...

Muy buena narración. Ese Mesías maravilloso ha llegado cambiando hasta el sabor de las comidas, pero creo que el cambio lo han obrado los que creían en él. El cambio esta en la fe que se le tiene, él sólo abre el camino.


Un saludo.

Esilleviana dijo...

Mesi es bueno, pero no sé si Argentina ganará el mundial jaja
Es usted bonaerense?

un abrazo

Brian Janchez dijo...

que grande, Jose, el sallinger argentino. que maestro, que pluma para el relato.
brian.

censurasigloXXI dijo...

Huele a labor de apostolado sectario... mejor la boquita cerrada, Verónica; sal por la trastienda o habla del tiempo....

José A. García dijo...

Gracias a los cuatro por sus comentarios.

Saludos y Suerte

J.