Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

martes, 17 de septiembre de 2013

El recelo permanece

Diríamos que la traición se olía en el aire sino fuera porque ésta no tiene otro olor que el del sudor frío y cargado de nerviosismo de cualquier hombre. Aún así, algo estaba pronto a suceder.
La tensión crecía en el aire, el recelo en los corazones y el odio en su sangre. Al saber que uno de ellos, uno de los presentes, traicionaría al maestro de la forma más vil y temeraria que apenas sí podían imaginar.
Les era imposible continuar meditando, pensar en otra cosa que no fuera vigilarse los unos a los otros para estar preparados a detener cualquier intento de ataque, cualquier sorpresa.
Una sombra pesada, oscura, inmensa, nublaba su comprensión tanto que ninguno se detuvo a pensar en las palabras del maestro que decía, en esos momentos, meditando sobre el tablón de lapacho, junto al incienso y el guano, junto al cerdo y al tábano:
—La muerte —dijo el maestro antes de recostarse y cerrar los ojos—, es una perra despiadada a la que no le gusta ser derrotada en su propio juego.
Los aprendices contuvieron la respiración como ante cada sentencia con ánimo de definitiva del viejo filósofo, esperando el final de su razonamiento sin igual.
—Por eso se presenta de formas inesperadas —volvió a hablar el maestro sin moverse y, con un susurro que ni él mismo habría sido capaz de escuchar, agregó—, como la ilusión de un sueño reparador…
Hacía horas que el maestro no respiraba; mas los discípulos, sus hijos adoptivos más cercanos, apenas si habían dejado de recelarse y vigilarse, como si se les fuera la vida en ello.
Una vida más, claro.

2 comentarios:

José A. García dijo...

Nada.
Silencio.
Ni una palabra.
De nadie.
Ni siquiera de mí mismo.

Saludos

J.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Si entendí bien, la muerte no pudo callarlo, para evitar que hablara, y no bien, de ella.