Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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viernes, 21 de diciembre de 2012

Miedosos

Construimos la muralla exterior cuando llegaron los primeros rumores. Aunque incrédulos en un principio, al ver las manchas en los rostros de los mercaderes, temimos por nuestro porvenir.
Ese mismo día los expulsamos, junto con cada hombre ajeno a la ciudad y, por las dudas, también a los niños y los ancianos. Nos apoderamos de sus riquezas, y sus mujeres, porque el plan ya estaba marcado en nuestros corazones.
Luchamos con las mejores máquinas de guerra contra diminutas aldeas que nada sabían de nosotros, ganándoles sus tierras y sus cosechas; para construir una muralla exterior.
Una generación de esclavos, trabajando de sol a sol, nos llevó erigirla. Cuando estuvo terminada nos sentimos, apenas, un poco mejor. Sobretodo luego de asesinar a los constructores, arrojar sus cadáveres del otro lado del muro y violar salvajemente a sus mujeres e hijas antes de, también, deshacernos de ellas.
Oh, sí. Nos sentimos poderosos mirando la gran mole de roca y mortero que nos protegía.
Es cierto que la ilusión duró poco y, antes de que se cumplieran veinte soles, comenzamos a construir la muralla intermedia, para separarnos de los vástagos sobrevivientes de las esclavas. Esos hombres de rostros violentos que no eran ni de un color ni del otro, con sus cabellos ensortijados y sus narices chatas. Tan diferentes, pero tan parecidos, a nosotros.
No nos ayudaron a construirla, ni siquiera bajo amenaza. Nos dejaron solos, tal vez porque sabían que, de ese modo, demoraríamos mucho más tiempo en terminarla.
Pero nosotros los engañamos, también. Porque al mismo tiempo, y en el más extremo de los secretos, comenzamos a construir la muralla interior; para separar la ciudad de los rudos hijos de los constructores que se sentían esclavos de las tareas impuestas. Eran tan peligrosos como esos otros hombres de los que queríamos aislarnos. Por eso nos aislamos nosotros de todos, de ellos, de nosotros y de todos los demás, sin que nos importara nada.
Teníamos agua y riquezas, alimentos y diversiones. Podíamos continuar eternamente siendo como siempre hemos sido, sin escuchar, nunca, reclamo alguno.
Sobretodo porque los instrumentos de nuestros músicos suenan lo bastante alto, durante el día y la noche, como para acallar cualquier sonido proveniente desde el otro lado de las murallas.

Imagen de la Frontera entre el Estado de Palestina e israel...

8 comentarios:

José A. García dijo...

La imagen no la elegí al azar.

Les aviso por las dudas.

Todo lo demás es ficción. La imagen no.

Saludos

J.

Der Greine dijo...

Mi estimado... luego de años de ausencia me place leerlo... un abrazo a la distancia :)

Martha Barnes dijo...

¡Seres humanos!!!¿Humanos?????Un beso Martha

Noelia Antonietta dijo...

Muchas veces la cara del otro es un espejo. Por eso lo atacamos. En fin, buen texto, gusto pasarme por acá.

Te deseo feliz fin de año.

Un abrazo grande

censurasigloXXI dijo...

Como ocurre con las separaciones, a veces es necesario no mirarse un tiempo, tomar distancia del "enemigo" y esperar que el tiempo haga lo suyo. Más muros han sido derribados ya, todo llegará...

Un saludo

RECOMENZAR dijo...

me complace leerte

PalabrotA dijo...

Muy buen texto, desde el inicio hasta el final no se te escapa el lector. Me sale la frase de Sartre: "Al querer la libertad descubrimos que ella depende enteramente de la libertad de los demás."
Saludos.

Marcela Calderón dijo...

Los muros siempre han sido paradigma de la intolerancia y soberbia del Hombre, pero mientras haya quienes los denuncian y denostan, aún en forma de bella historia ficticia, la vida de los muros y murallas, se acorta con cada palabra.