Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

lunes, 13 de agosto de 2012

Trenes


Miedo.
   Eso era.
   Imposible explicarlo de otro modo.
   Tengo cinco, tal vez cuatro años, es de noche y cruzamos por la estación de trenes del pueblo. Todo es silencio, un silencio inusual en medio de la noche.
   Ningún movimiento sobre la playa de maniobras, ningún hierro chocando contra otros, chirridos ni sirenas. Nada. Sólo silencio.
   Y, de fondo, la oscuridad más terrible.
  —Algo pasa… —susurra mi madre mirando, con los ojos entornados y la espalda inclinada hacia adelante.
   Intento mirar, pero no veo nada.
   Sólo un viejo farol, el mismo de siempre, el que todavía hoy está allí, iluminando parte del andén. Tengo las piernas frías, es otoño y hace frío para los pantalones cortos, pero a la tarde hizo mucho calor.
   Alguien corre sobre el andén, creo que hablan a los gritos señalando algo.
  —Si, algo pasa, pero… ¿Qué? —dice mi madre.
   Aprieto su mano para recordarle que aún estoy allí, junto a ella, un metro más abajo.
  —Los trenes… —balbucea sin darle sentido a la frase—… los trenes nunca se atrasan —dice mirándome—. Nunca. Ni siquiera por error… No es posible.
   Tiemblo, el escalofrío recorre mi espalda, porque también creo que los trenes, como parte del universo conocido, tienen una función predeterminada en la que no pueden fallar, ni por error.
   Porque si ellos fallan, ¿qué sucede con el resto del universo? ¿Con nosotros? ¿Con mi madre y conmigo? ¿Dónde terminará todo?
   Tengo miedo de que los trenes comiencen a fallar y que el mundo a mí alrededor se desvanezca en la bruma, como en las mañanas de invierno en que la niebla se traga las casas de los vecinos. No, no puede ser eso… Por favor. Pienso en silencio.
   Cuando una vibración extraña pero familiar llega desde la lejanía. Una luz enorme y amarilla, que recuerda a un sol en miniatura y empalidece al pequeño farol, aparece en medio de las vías.
  —Ahí viene el tren —digo señalando hacia el armatoste de metal.
   Mi madre asiente moviendo la cabeza.
   El universo se ha salvado una vez más, pienso, y vuelvo a respirar tranquilo.

6 comentarios:

Sole dijo...

Me pareció buenísimo el crescendo.Acá en Tucumán los trenes retrasan y el que se inauguró nunca anduvo, ¿será una señal?
Un abrazo.

Sole dijo...

jajaja ya quisiera ser un yate, pobrecito. Es de fierito.

Xindansvinto dijo...

El tiempo que transcurre en una estación de trenes es un equipaje personal. Cuando crecemos somos capaces de contabilizarlo en minutos o monedas. Pero el transcurso del tiempo es sobre todo emocional.

Un saludo, y gracias por sus comentarios.

Adrianófanes dijo...

Me gustó el relato. Y me hizo pensar que a mucha gente le pasa lo mismo que a mí... Y yo... tan vergonzoso de exponerlo. Cosas que pasan. Todavía sigo teniendo miedo a los trenes... Y a los subtes.

BEATRIZ dijo...

Maravilloso relato, de verdad, me vi caminando con ustedes.

Saludos y un placer venir por tu casa.

María dijo...

Maravilloso relato del miedo que se puede tener a algo, en este caso, a los trenes, lo has manejado a la perfección, me ha encantado.

Te felicito.

Un beso.