Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 20 de mayo de 2012

Lucas y su tiempo

Lucas tenía un problema. Dos en realidad. Uno de ellos era que llevaba ese nombre por un libro de Cortázar, escritor y libro del que nunca escuchó hablar, que nunca siquiera descubrió en la biblioteca de su casa, donde dormían dos copias del mismo texto, una de su padre y otra de su madre.
   Pero eso sería, digamos, casi anecdótico. El verdadero problema de Lucas era su habilidad para que el tiempo se le escurriera entre los dedos. Por ejemplo, solía levantarse tres horas antes de entrar a trabajar para poder asearse, peinar su extensa cabellera y desayunar. Sin embargo, algunos días te lo podías cruzar corriendo por la calle para alcanzar el colectivo con el pelo revuelto y sin peinar, o húmedo como recién salido de la ducha. Y, claro, siempre desayunaba en la oficina a la que, irremediablemente, llegaba tarde. Tenía la suerte de que no lo despedían porque el dueño de la empresa era un tío suyo y, porque a pesar de entregar las planillas siempre tarde, lo que hacía nunca tenía errores, tachaduras ni remiendos.
   Carecía de explicación lógica, como la vez que un amigo le consiguió una salida con una rubia platinada del gimnasio y llegó media hora tarde al bar en el que habían quedado, y que distaba apenas unas cuadras de su departamento, asegurando haber salido dos horas antes para llegar a tiempo. La rubia, por supuesto, no lo esperó.
   Cuando nos reuníamos a festejar el fin de año, el día de trabajador o el cumpleaños de alguno del grupo, dejar que Lucas se encargara de la comida era obligarnos a llamar al delivery a medianoche, porque él apenas si sabía cómo comenzar.
   Inexplicable, si, tanto como el hecho de que ningún reloj le servía; los usaba un día y dejaban de funcionar. Se compraba un cuaderno nuevo para la facultad y en menos de una semana las flamantes hojas blancas se ponían amarillentas. Te invitaba a tomar o a comer algo en su casa, y tenías suerte si encontrabas algún comestible que no hubiera vencido meses atrás.
   Sus días parecían un parpadeo, porque te los contaba en tres frases, a veces en dos; con una sucesión de llegadas tarde, retrasos, trenes cancelados o colectivos que cambiaban de recorrido porque la calle, o la avenida, estaba cerrada por reformas. Mantener una conversación con Lucas era una odisea que sabías cómo comenzaba, con una pregunta o un comentario tuyo; la lotería era saber cuándo respondería. Y no porque fuera lento para pensar, sino porque, según decía, no se daba cuenta de que el tiempo pasaba tan rápido.
   Para él no existía el sueño, se acostaba y apenas cerraba los ojos ya escuchaba el despertador atronando en la mesa de noche; el día más largo de su vida fue cuando se quedó esperando a que cambiara el semáforo de la esquina, para ir a comprar un paquete de galletitas de salvado al chino de la otra cuadra.
   El tedio de las tardes interminables de otoño; las noches en vela estudiando; las doce horas de ‘El anillo de los Nibelungos’ de Wagner; las cinco de ‘Los diez mandamientos’ de Charlton Heston; la aburridísima ceremonia de apertura del mundial de Francia ‘98. Nada de esto existía para Lucas. Porque en pleno invierno te preguntaba qué pasó con el otoño, qué materia cursaba tres cuatrimestres antes, si el anillo del título existía o no, o si el actor de la película no era el mismo que el de la película esa de los monos.
   Si, Lucas era raro. Imposible definirlo de otro modo, no porque tuviera canas desde los quince años, sino porque sabía cuál sería el epitafio para su lápida. Una frase que se le ocurrió una tarde, según me contó, y que la anotó en un papel que colgó con un imán en la puerta de la heladera. Ahí fue donde la vi la última vez que lo visité, me reí, si, pero no puedo negar lo acertado de su idea. El papel decía: ¡Ahora sí tengo tiempo!

13 comentarios:

Geraldine, dijo...

me encanto....muy cortázar también...me imagino que estas pensando en hacer una publicacion con tus relatos no?....es el relato que mas me gustó....si, esa apertura del mundial 98 fue tediosa jajajaja...

Torcuato dijo...

Tiempo, que fantasía.
Un abrazo, J.

dejatellevar dijo...

Me encantoo!!
Como diría fito paez en una canción.. "el tiempo maldita daga, lamiéndonos los pies"

Martha Barnes dijo...

Me gustó mucho este cuento.Martha

Martha Barnes dijo...

Mi mensaje no entró!!Decía que me gustó mucho el cuento.Saludos Martha

Alejo Z. dijo...

"cronopiando". De humor y lectura pícara José.
Un abrazo

Pablix Pebablds dijo...

Muy bueno!!!

A veces nos pasa el tiempo así de rápido y uno se pregunta donde lo pusimos... Nostalgia! Jaja

Saludos!
Parado en el Abismo

Pazchi dijo...

Excelente! lo compartiré con varios que se merecen ese epitafio =)

Un gusto como siempre!

Vradi dijo...

Cuando te querés acordar tenés como 30 años en el cuerpo y unos quince o dieciséis mentales.

Rayuela dijo...

tipo raro el tal lucas...pero qué buena frase!


abrazo*

serafin p g dijo...

algunos somos bastante Lucas, y la gran mayoría no llegamos ni a tener programada una cita con la rubia y menos llegar a pensar un epitafio.

gran relato José!

Sera.

José A. García dijo...

Gracias a tod@s por sus comentarios y perdón por carecer de tiempo para responder a cada uno en sus respectivas casas digitales. A veces el trabajo pesa más que el placer.

Saludos

J.

Lluvia azul dijo...

Ja! Yo tengo un amigo que tiene problemas severos con el tiempo. Llega dos horas después o más.En fin, que lo tuyo me ha gustado, tienes una facilidad en el lenguaje y la estructura -tiempo que ha raspado los ripios- porque sòlo con madurez se escribe.