Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

jueves, 26 de abril de 2012

De oro



El último barco, al llegar a la isla, trajo consigo algo más que semillas para la cosecha del año entrante, y su consabida carga de ratas malolientes.
En esos sacos de tela áspera, gris, más llenos de tierra que de otra cosa, viajaba la hambruna disfrazada de grano de mala calidad, enclenque o muerto, prisionero en su vaina.
Los campesinos pagaron su peso con el oro que no tenían, como cada año desde la sequía. Oro que para algunos se llamaba su última vaca lechera, tres gallinas, o un cerdo enflaquecido. El oro de los pobres, el que no reluce a toda hora ni bajo todas las luces, pero que vale tanto y es tan bien recibido como las escasas monedas que los más viejos de los campesinos, recordaban haber visto, alguna vez, cuando niños.
La hambruna cambia su disfraz con los meses, vistiéndose de plantas raquíticas que apenas se sostienen y que, la lluvia, no alimenta, destruye.
Se traslada, luego de algún tiempo, a los famélicos cuerpos de esas sombras que supieron ser campesinos, ojerosos, cansados, consumidos por el esfuerzo y el frío. Sin poder hacer más que recorrer cada día el mismo tramo de bosque buscando bayas y bellotas, algún fruto perdido, alguna raíz, que otro campesino igual de hambriento, no hubiera visto al pasar antes por el mismo exacto lugar.
Así como en el reino de los ciegos, el tuerto es rey; en el reino del hambre, el que posee la única gallina, el que supo esconderla de los recaudadores de alcabalas y derechos regios, el que supo guardar su secreto aún al párroco y a riesgo de ver su alma condenada al limbo eterno; el que supo quedarse con esa gallina en época de hambruna, y sabe cómo alimentarla, aunque esos animales se alimenten prácticamente solos, sabe, también, que los huevos que pueda de ella obtener valdrán, literalmente, su peso en oro.
Y hablamos de oro del auténtico.

7 comentarios:

Mista Vilteka dijo...

Eso es tan cierto. Al final, cuando el objeto representa un valor nominal, no importa el mugre que le cubre sino lo que expresa para la transacción. Incluso cuando el huevo aún como producto biológico, un peso en oro ya tiene, en la metáfora y la abstracción del intercambio. Por eso, finalmente, los primeros billetes decían, tantos mil pesos oro.

¡Muy interesante el texto!

Saludos pues.

F.

Vradi dijo...

Bienaventurados los que resguardan.

Alejo Z. dijo...

Tan real que se palpa: "el oro de los pobres, el que no reluce a toda hora ni bajo todas las luces". Una tremenda madurez literaria y artística queda manifiesta en este escrito José. Un vistazo a la realidad que deja al descubierto el velo que a veces suele cubrirla, no hay palabras innecesarias: define la crudeza de manera insoslayable pero al mismo tiempo dejás entrever lo maravilloso que puede resultar todo cuando se tiene la capacidad de transmitirlo tan hábilmente.
Un gran abrazo,

Alejo.

José A. García dijo...

Mista Vilteka: Muy acertadas tus palabras y gracias, otra vez por la visita.

Vradi: Así es, amigo mío.

Alejo: ¿Te parece para tanto? Bueno, gracias por tus palabras y por seguir leyéndome a pesar de todo.

Gracias a tod@s!

J.

María dijo...

Me ha gustado tu texto define la cruda realidad.

Un beso.

Rayuela dijo...

me recordaste a "pedro páramo"


abrazo*

efa dijo...

Concuerdo plenamente con la apreciación sobre Pedro Páramo. Su peso en oro o su peso en sal(ario)
me gusta esa cosa atemporal del relato.
Salud