Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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sábado, 25 de febrero de 2012

Desazón

Presionó la tecla número uno. En la pantalla apareció un seis. Presionó, entonces, la tecla número seis. En la pantalla se iluminó una ele.
   No había caso, la máquina se estropeó otra vez, pensó lamentándose por la pérdida de tiempo. Sin saber si debía sonreír o no ante semejante retraso. Pero, el informe a la Dirección sí debía pasarlo, sin perder tiempo, para que no le descontaran del sueldo. Como si fuera su culpa que la máquina no funcionara adecuadamente y, semana por medio, sucediera lo mismo.
   Claro que si la empresa se decidía a cambiar la obsoleta máquina de calcular, tendrían que modificar todo el mueble sobre el que se apoyaba, quitar el escritorio, tal vez romper la pared para sacarla. La excusa perfecta para dividir la oficina en pequeños cubículos idénticos, higiénicos e impersonales llenos de desconocidos.
   Ante todo debía evitar eso. Años de esfuerzos vacíos le llevó ganarse la oficina, horas extras, corridas a contrarreloj, gastritis y suelas besadas. Si existía algo a lo que no podía renunciar era a esa oficina.
   Suspiró sin saber qué hacer, dándole vueltas a un asunto sin más que una única solución.
   Reinició la máquina y esperó a que los sistemas volvieran a ser operativos.
   Escuchó los pin, pan, pun, cla, cla, cla, fixxxxxllluuuu, que emitía la máquina como un mantra para calmar sus nervios.
   Seis minutos, cuarenta y cinco segundos, después, presionó la tecla número uno, en la pantalla apareció un nueve.
   Suspiró otra vez reclinándose en la incómoda silla; miró hacia un costado, la ventana estanca, esa que no podía abrirse, no era más que un ojo ciego mirando el cielo gris. Quince pisos. Los accionistas de la empresa sabían muy bien por qué esa ventana no debía abrirse nunca.
   Presionó la tecla nueve, vio apareció una letra ‘A’ mayúscula.
   Iba a ser un día muy, muy, largo.

11 comentarios:

José A. García dijo...

Después de tanto arte como el de la entrada anterior, un poco de literatura clásica y aburrida...

Saludos

J.

Tere dijo...

Ningún aburrida, a mi me entretuvo 3' y me deja pensando que la gran mayoría de nosotros tenemos laburos que nos tienen mas que hartos, por suerte en ese punto justo y limite las ventanas del los edificios altos son estanca.
Un beso pibe.

Tere.

Martha Barnes dijo...

¡Pobre tipo!!! En todo sentido...

Geraldine, dijo...

mas de uno debe sentirse así en su trabajo....mas que entretenidos tus relatos, tienen temas originales...beso!

Sole dijo...

jaja, la mía simplemente se ponía la pantalla en negro, con el cursor agigantado. Pero yo también me repetía que iba a ser un largo, largo día.

La abuela frescotona dijo...

la monotonía laboral del oficinista es triste reflejo del mundo de hoy, el hombre y su máquina llegan juntos al final de la vida útil...
saludos

¿Lesbiana? dijo...

Es triste que las preocupaciones de una persona dependan de los intereses de sus empleadores...

eMiLiA dijo...

Aahh esos son los encantos de la vida laboral.

Abrazo.

María dijo...

Vacío, estrés, desgana, desencanto...

Un beso.

Anónimo dijo...

Bueno, Josè! Al menos es literatura (algo que me gustaría lograr hacer siempre).
Justamente mi máquina calculadora actualmente está por ser reemplazada por similares síntomas (y espero llegue cuanto antes ya que mañana tengo que arrancar el día apoderándome de una ajena).

(¿Conformista?) Manco Cretino

El Titán dijo...

me encantó, lo voy a publicar en Breves no tan Breves...