Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

miércoles, 12 de octubre de 2011

El Bosque

Por acá tampoco, pensó Hansel, el camino termina en medio de la nada.
Días atrás se dejaron llevar al bosque, con una venda en los ojos cada uno, por el padrastro de ambos. Un leñador mañero sin hacha ni facha. Creyeron las palabras edulcoradas de la madre y se dejaron llevar.
Al medio día se cansaron de esperar y se quitaron las vendas para descubrir que se encontraban en una parte del bosque que no les era familiar. Tenían poca ropa, nada de abrigo y estaban atados el uno al otro, Hansel y su hermana, por una soga que unía sus tobillos.
Ya empieza a llorar otra vez, pensó Hansel.
—No llores más, Grettel, ya te dije que no sirve de nada.
—¡Tengo frío! Miedo, y hambre.
—Y yo no, claro —dijo Hansel sintiendo el peso de las almendras en su bolsillo. Le quedaban pocas, no pensaba compartirlas con la llorona que no ayudaba en nada.
Buscaba una roca filosa para cortar la soga, un camino conocido para huir del bosque, la madriguera de algún animal para comer su sangre, cruda y maloliente. Algo.
Y las lágrimas insoportables de Grettel no paraban.
Por suerte, a lo lejos, le pareció divisar un techo entre los árboles, dentro de un pequeño claro. Un techo viejo y negro.
Hacia allí encaminó sus pasos, y empujó a su insoportable hermana. Ansiaba encontrar a alguien que le diera de comer, que cortara la soga, que aceptara a Grettel como regalo. No importaba el orden, sólo quería deshacerse de ella lo más rápido posible.
No soportaría por mucho más sus lágrimas.
El bosque estaba silencioso en ese rincón, y un olor viejo, el resabio de un olor, se sentía en el aire. Un recuerdo que Hansel no terminaba de recuperar; un recuerdo al que sólo pudo darle sentido cuando vio la casa consumida por el fuego, la puerta partida por la mitad por la filosa hoja de algún hacha, las ventanas quebradas y el reguero de lozas rotas en la entrada.
—La casa de la bruja —dijo en voz baja.
La bruja que, años atrás, cuando él recién aprendía a caminar, la inquisición supo juzgar por hechicería, devoradora de fetos y prestamista con usura. Recordaba que su padre, antes de morir de un hachazo por la espalda de un desconocido, le contó cómo, un grupo de aldeanos encarnizados por el discurso del sacerdote de la comarca, atacó la casa. Inmolaron a la bruja y saquearon la exigua granja de la mujer.
La casa que contemplaban con los ojos cargados de lágrimas, la casa de la bruja que quizá hubiera podido ayudarlos a salir del amargo bosque, estaba vacía.

6 comentarios:

José A. García dijo...

Siempre, siempre, siempre, hay que pensar las cosas antes de actuar...

Saludos

J.

David C. dijo...

Interesante la historia de Hansell y Grethel. Faltaron nuevos dulces.

Juan Carlos Eberhardt dijo...

que olor a azúcar quemada !!!!
un abrazo!!!!

Esilleviana dijo...

además de que nunca se sabe quien nos puede ser útiles y provechosos en el futuro... de ahí que no debemos negar las opciones y opiniones de los demás, quizá en el futuro nos puedan servir.

:)

un abrazo

José A. García dijo...

Gracias a los tres por sus visitas y comentarios.

J.

Vradi dijo...

jajaja

no quedó ni la bruja, y bueno, heredaron la casa, o no?