Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

jueves, 22 de mayo de 2008

Recién llegado

Entró en la ciudad cubierto de harapos, disimulando su cuerpo, el color de su cabello y sus ojos, tal como se lo recomendaran. Acompañado únicamente de un guía a quien no conocía, que apenas sabía su idioma y hablaba, vagamente, el griego. Pero todo estaba planeado, pensado y convenido hasta el último detalle.
La lealtad del guía resultó más barata de lo pensado, por un poco de oro y algunas gemas, el hombre accedió a conducirlo por las callejuelas y edificios de Constantinopla haciéndose pasar por un importante mercader que traía tributos para el Emperador…
Caminó por la ciudad de Constantino pisando los caminos de piedras, levantando la vista buscando el final de los altos edificios que imponían respeto por su magnificencia, escuchando las lenguas y dialectos de los hombres con lo que se cruzaban, contemplando la exótica belleza de mujeres de ojos de color y cabello oscuro, todo tan diferente a su tierra natal…
La situación le obligó a tomar decisiones que de otro modo no habría contemplado y, buscando riquezas y aventura, abandonó su fría Jutlandia rumbo a la esplendorosa corte de la que sólo se conocían rumores traídos por los mercaderes.
Las pesadas puertas del palacio se abrieron. Siguiendo unos pasos más atrás al guía, penetró en la construcción. Lo vio hablar con muchas personas, cada una de ellas vestida de forma más lujosa y enjoyada que la anterior, acercándose paso a paso a la sala de audiencias del Emperador.
Cuando le llegó el turno de hablar, el guía hizo la presentación antes practicada y, ante una señal imperceptible para todos los demás, él se puso de pié dejando caer los trozos de telas y cueros que lo cubrían, descubriendo su torso, su fiera espada colgando junto a su pierna, y la recia mirada dirigida hacia el trono…
La emperatriz Zoé volvió la mirada hacia los recién llegados al oír las ropas caer, contempló el joven, atlético, fibroso, musculoso cuerpo del hombre que miraba de igual a igual al viejo Miguel Calaphates, con su edad y sus olvidos.
Zoé miró a su esposo, contempló la decrépita figura del Emperador y se preguntó a si misma en silencio: ¿Es esto a lo único que puede aspirar una emperatriz?, y mirando al desconocido: ¿O puedo tener cuanto desee?
Algo extraño crecía en su interior, un sentir que le recordaba su pasado, sentir que le recordaba que aún era una joven mujer…
Harald acababa de llegar a Constantinopla, buscaba aventuras y fama. Obtendría, en cambio, mucho más… el mundo conocería su nombre… los ojos de Zoé así se lo prometían.

2 comentarios:

Morrigan dijo...

Ser emperatriz es horrible. Siempre intachable, siempre pulcra y un ejemplo. No hay como ser la defensora de la emperatiz... eso es lo máximo. Si pudiese elegir tiempo, espacio y trabajo, ten por seguro que elegiría ese.

Dragon de Azucar dijo...

Un viejo y conocidísimo refrán dice: 'Sobre gustos...'