Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
...
Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

sábado, 26 de abril de 2008

¿Qué hay dentro del Lavarropas?

(Un cuento viejo, del 2003 aproximadamente, un poco bizarro y con muchas fallas. Se los dejo igual para que lo vean y ustedes juzguen)

Comenzó así. El nene corrió desde la cocina al baño con las servilletas sucias que su madre le había pedido llevar al lavarropas, uno de esos automáticos con puerta frontal. El nene abrió la puerta, tiró las servilletas dentro, cerró la puerta y dio media vuelta para salir pero, se abrió otra vez la puerta y las servilletas cayeron al suelo.
El nene las juntó y las metió otra vez, pero le fueron devueltas. Lo mismo se repitió varias veces, hasta que el nene se cansó y llamó a su madre.
-¡Mamá, el lavarropas no quiere servilletas, tenés otra cosa para darle!
-¿Qué decís nene?
- Que el lavarropas no quiere servilletas sucias.
La madre dejó lo que estaba haciendo (cortándose las uñas), se levantó con todo el tiempo del mundo y fue a ver qué quería el nene. Lo encontró acuclillado delante de la puerta abierta del lavarropas.
-¿Qué pasa?
- Mirá.
El nene tiró una vez más las servilletas al interior del aparato, inmediatamente después volvieron al suelo.
-¿Cómo hiciste eso?
- Yo no lo hice – dijo el nene.
- A ver, dejáme a mí.
Empujó con la mano al nene, que cayó sentado el suelo. Tomó las servilletas y las arrojó hacia adentro, no pasó nada, no le fueron devueltas.
- Ves, ya está -dijo dándose media vuelta.
- Mamá – la llamó el nene.
La madre se volvió, las servilletas estaban en el suelo.
-¿Por qué las sacaste?
- Yo no las saqué.
- Nene, no empieces a molestar que todavía es temprano.
- Pero yo no las saqué, salieron solas, para mi que debe haber algo ahí adentro.
- No digas pavadas, qué pudo haberse metido en un lugar tan chico.
- El nene tiene razón – dijo una voz desde la puerta del baño.
Allí parado estaba la copia exacta de los detectives de historieta de los años veinte. Gabardina larga hasta los tobillos tan negra como los brillosos zapatos, cerrada hasta el último botón a pesar del calor, con un sombrero del mismo color que le quedaba tan grande que le tapaba las cejas.
-¿Quién es usted? – preguntó la madre.
- Permítame presentarme – extendió una tarjeta –, soy el Detective de lo Extravagante.
La tarjeta lo confirmaba.
- Supongo que De Lo es su nombre, verdad.
- Si.
- Por casualidad usted es uruguayo.
- No, panameño pero nací en Punta del Este.
- Ah.
- Eso explica mi nombre.
- Si, mucho. Y ya que está acá, ¿puede decirnos qué pasa?
- Puedo, pero tengo que ver el fenómeno una vez más.
Como si hubiera esperado esas palabras el nene tomó las servilletas, que seguían en el suelo, y las arrojó al lavarropas, medio pensamiento más tarde fueron devueltas.
- Ya veo – dijo De Lo – hagamos otra prueba.
Sacó de su gabardina un pañuelo de tela, que lo arrojó al mismo lugar al que iban las servilletas en todos sus viajes, este fue igualmente devuelto. Después sacó un paquete de pañuelos de papel y también los arrojó. Esta vez sólo el envoltorio fue devuelto.
- Ya veo – dijo llevándose la mano al mentón, un metro más abajo el nene lo imitaba.
-¿Sabe lo que pasa? – preguntó la madre.
- Si.
Silencio.
-¿Qué pasa?
- Tiene un duende en el lavarropas – dijo De Lo.
La madre ni pareció sorprenderse.
-¿Cómo hago para que se vaya? ¿Lo lleno de agua y lo prendo?
- No, que los duendes no saben nadar.
-¿Y cuál es el problema?
- Que matar un duende dentro de la casa trae mala suerte, distinto es si lo pisa con el auto, o si lo prende fuego por error, pero nunca adentro, o jamás vuelve a tener buena suerte para nada.
- Cambio el lavarropas entonces.
- No serviría de nada, el lugar que eligió para vivir el duende es en realidad el baño, no específicamente el aparato, suponiendo que lo cambiara el duende encontraría la forma de volver.
-¿Cómo?
- En una caja de jabón, o envuelto para regalo. ¡Quién sabe!
-¿Qué puedo hacer?
- Nada.
-¿Cómo nada?
- Tiene que esperar a que al duende deje de gustarle el lugar y decida irse por sí mismo, entonces el baño y todo lo que hay en su interior volverá a ser de ustedes. Y no antes.
Desde entonces el nene y la madre intentan acostumbrarse a vivir sabiendo que dentro del lavarropas duerme un duende, aunque las cosas se pondrían realmente difíciles si descubrieran el pingüino enano que vino dentro del freezer, o el pichón de dragón que se metió en el horno creyéndolo su propia madre.

2 comentarios:

pfunkie dijo...

No me gusto :/
bah, esperaba otra cosa :P
de onda, no te enojes, Mr. Dike ^^

Dragón de Azúcar dijo...

Y bueno... no se puede tener a todos contentos todo el tiempo.

Hago lo que puedo y creo que el intento vale (¿o no?)

J.