Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 12 de mayo de 2019

Tierras Lejanas


—Partiré rumbo a desconocidas tierras lejanas —dijo con su estentórea voz—. Sé que no creen en mis palabras, pero así será. Se arrepentirán luego de no haberme escuchado.
            Y fueron aquellas, en verdad, las últimas palabras que escuchamos de él. Es cierto que estábamos bastante agotados de sus discursos imbuidos en el espíritu de los grandes descubrimientos, aquellos aventureros al estilo de Indiana Jones, Cecil Rhodes, Lawrence de Arabia, o John Carter. Después de un tiempo ni siquiera atendíamos a lo que decía, lo dejábamos parlotear en la medida en que no resultara demasiado molesto; cosa que sucedía cada vez más seguido.
            Es posible que nuestra actitud le empujara a tomar su decisión; más que nada cuando comenzamos a burlarnos de él ya no en secreto, o a sus espaldas, sino abiertamente
—Descubriré nuevos saltos de agua que llevarán mi nombre —decía.
—En el baño, seguramente —respondía alguno de nosotros antes de que riéramos a carcajadas.
—Sin lugar a dudas, cuando parta, nuevas tierras caerán bajo el dominio de nuestra civilización —decía soñadoramente en el atardecer.
—Debajo de mi cama hay tierra de sobra para todos —respondía otro de nosotros.
Y nuevamente comenzaban las risas.
La más mínima palabra suya recibía como respuesta risas y más risas. Ninguno de nosotros se detenía a pensar que existiera la real posibilidad de que cumpliera con su amenaza de partir hacia tierras lejanas. Ni siquiera sabíamos que tuviera la voluntad de alejarse de las tierras que nos pertenecían desde hacía tantas generaciones. Ignorábamos su determinación y su ambición por lograr su cometido. Esto a pesar de que conocía muy bien el hecho de que todo el planeta se encontrara surcado de norte a sur, de este a oeste, de arriba abajo, de izquierda a derecha y, también, en diagonal, siguiendo las setenta y dos posibles direcciones del viento, por satélites de todos los países. Incluso aún funcionaban algunos cuyos países habían dejado de existir.
Tras su partida nos sorprendimos al percatamos de que pasaban los días y no regresaba. Habíamos intuido que apenas se alejaría algunos kilómetros antes de regresar; pero no era así. Semanas después, aunque nadie contaba los días, comenzaron a llegar postales de lugares cada vez más extraños y que apenas éramos capaces de ubicar en un mapa: Barcelona, Macedonia, Kuala Lumpur, Singapur, Trapalanda Macondo, Santa María, El Dorado, Atlántida (Uruguay), Sebastopol, Chernobil, y otros nombres que ni siquiera reconocíamos en qué idioma estaban escritos.
La última postal que llegó a nuestras manos traía unas coordenadas anotadas en tinta que comenzaba a borrarse y una gran mancha de sangre.
Partimos en su búsqueda inmediatamente, a pesar de que la postal hubiera sido dejada en el correo meses atrás. Podría estar herido y necesitaba nuestra ayuda, enfermo y necesitaba nuestras medicinas, perdido y necesitaba nuestra guía, o muerto, y necesitaba regresar a nuestras tierras. Cualquiera de esas opciones, apenas nos atrevíamos a pensar en otras, resultaba terrible. Pero era uno de los nuestros y, a pesar de que nos burláramos de él incansablemente, no podíamos abandonarlo.
Vendimos nuestras posesiones, cada una de ellas, luego de averiguar de qué manera llegar hasta el lugar indicado. Alguien ajeno a nuestras tierras aceptó comprarlas pagando un precio rebajado por nuestro apuro. No preguntamos quién era, no era importante, tan sólo el hecho de que pagara en monedas de otros países nos resultó extraño, pero no lo suficiente como para desconfiar.
Partimos todos hacia aquellas tierras lejanas que imaginábamos inhóspitas y terribles. Temíamos que nuestra limitada imaginación no fuera suficiente para describir la selva virgen e impenetrable que encontraríamos a nuestra llegada, luego de semanas de viaje. Realizamos diversos trayectos en diferentes transportes, cada uno de peor calidad que el anterior, tal es así que mejor olvidar y evitar su descripción.
Ciertamente nos quedamos sin palabras apenas llegar al sitio indicado por aquellas coordenadas mal anotadas en lápiz en el reverso de una postal manchada.
Sobre una roca, disimulado entre unas pocas hojas, una sonriente calavera nos esperaba mirándonos con sus ausentes ojos en una mueca que mezclaba la burla y el desprecio no necesariamente en iguales proporciones. Unos metros más allá, una carpa de lona militar rajada, quemada por el sol y la lluvia acida, junto con otros pocos pertrechos que intentaban ser un campamento.
Algunos comenzamos a llorar desconsoladamente sin fingir en lo más mínimo. Los gestos de dolor, de desolación, como cada vez que moría uno de los nuestros, nos invadieron. Los cánticos rituales pensados para estos momentos comenzaron lentamente, como una nota gutural que crece volviéndose cada vez más innegable.
El suelo vibraba junto con nuestro zapateo, a medida que las notas crecían e inundaban la selva a nuestro alrededor. Algunos pocos pájaros huyeron de los árboles cercanos. Cualquier otro ruido que pudiera haber era opacado por nuestras voces. Fue en ese vibrar de voces, cuerpos en movimientos y tierra que no dejaba de temblar, que la calavera, que aún nadie se había atrevido a tocar, rodó ente la maleza y el barro removido por nuestros pies descalzos.
Quien la tomó entre sus manos, para volver a colocarla en el sitial en el centro de nuestro círculo de despedida, se quedó mirándola con cierta sorpresa. La giró varias veces sobre sí misma como si quisiera asegurarse de que lo que su tacto le decía era cierto.
Levantó la mirada, azorado, hacia nosotros y dijo:
—Plástico.
Tiempo después, luego de que se nos prohibiera abandonar aquella selva inhóspita y regresar a unas tierras que ya no nos pertenecían, dudo de que en verdad escuchara lo que todos allí escucháramos en ese preciso instante. Sin embargo, la mayoría esta de acuerdo, y continúa sosteniendo que, en esos momentos, una risa estentórea y cargada de odio, desprecio y placer, inundó cada rincón de aquella selva.
No se trataba, claramente, de cualquier risa.


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Inicio de Espacio Publicitario:

En el Número 37 de la Revista digital El Narratorio, pueden leer el relato La tan ansiada hospitalidad.
Mientras que:
En el Número 38 de la Revista digital El Narratorio, pueden leer el relato Escalera al cielo.
Ambos relatos de publicaron en su momento en este mismo blog.

Fin del Espacio Publicitario.

8 comentarios:

José A. García dijo...

El Conde de Montecristo siempre presente.
Siempre.

Saludos,

J.

Cayetano dijo...

Quien ríe el último, ríe mejor.
Un saludo.

Ginebra dijo...

El plástico ha inundado nuestro planeta. Nos asfixiamos en mares de plástico y hasta esa isla remota llegó éste en forma de calavera.
Muy inquietante relato.
Saludos
p.d. Por nada del mundo buscaría a alguien que ha querido desaparecer...

Manuela Fernández dijo...

La venganza no es buena consejera, al fin y al cabo fueron a ayudarle cuando realmente creyeron que le hacía falta. Por otro lado, dar todo por alguien del que te has burlado... Es un buen texto donde se refleja cómo el comportamiento humano (de unos y otros personajes) es absurdo.
SAludos.

lunaroja dijo...

Tus relatos tienen ese ingrediente que los hace irresistibles: son inquietantes,lanzan flechas en forma de dudas,de frases que quedan en el aire.
Precioso y reivindicativo!
Un saludo>!

Guillermo Castillo dijo...

Lenguaje, creatividad y recepción ingredientes con los que son posibles tus relatos.
Un gusto estar por aquí.

Frodo dijo...

Muy bueno J., cargado de ironía, con una vuelta de tuerca sorprendente y sin contar literalmente todo.
Califica entre tus grandes escritos.

Me hizo recordar la canción 5 estrellas de Leo Masliah ¿la conocés?
Acá en la versión de Attaque, que me gusta más

https://www.youtube.com/watch?v=opUcn_cMv5I

Abrazo!

José A. García dijo...

Cayetano: Es muy posible.

Ginebra: Hemos de ser la única especie en todo el universo que se contenta con destruir su propio mundo y solo piensa en obtener ganancias de ello. Y si, tampoco buscaría a quien quiere desaparecer, ni me dejaría encontrar en ese caso.

Manuela Fernández: Fueron a ayudarle o tal vez lo necesitaban para seguir burlándose de él, nunca lo sabremos.

Luna Roja: Gracias. No siempre me lo propongo de ese modo y, tampoco, no siempre me sale bien.

Guillermo Castillo: Gracias por tus palabras.

Frodo: ¿Cómo haces para relacionar todo siempre con alguna canción? Ni aunque me lo propusiera de ese modo lo lograría. Te envidio esa habilidad. Y no, no lo conocía. Gracias por el dato.

Gracias por sus visitas y comentarios.

Nos leemos,

J.