Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 5 de mayo de 2019

Una particular forma de turismo


En cada viaje que realizo y que, por cierto, no son demasiados, repito algo que podría considerar como parte de mi rutina. Aun cuando no pueda cumplir con todos los pasos, siempre espero haber logrado parte de ellos al regresar.
            Para empezar, siempre planifico lo que debo hacer de tal forma de que, de no haberlo podido hacerlo antes, el último día del viaje la única actividad pendiente sea visitar los lugares que no aparecen en las guías turísticas. Edificios abandonados y en peligro de derrumbe; monumentos que nadie recuerda pero continúan sobre sus pedestales; parques descuidados; obras de infraestructura inacabadas; calles que no conducen a ningún sitio en particular y que solo unas pocas personas conocen y, lo que nunca puede faltar, el cementerio.
            Sé que sonará raro, y la verdad es que tiendo a no compartir este deambular por ciudades desconocidas porque, en oportunidades anteriores, me ha causado más de un problema (los cuales no siempre han sido solucionados de la mejor manera).
            Un edificio abandonado y en peligro de derrumbe es una historia a punto de acabarse. A partir de sus cimientos cuenta los prometedores inicios de lo que pretendía ser; los avatares que debió atravesar su construcción se ven como claras huellas en sus paredes más o menos acabadas, más o menos descascaradas con sus pintura de mala calidad. La existencia o no de un techo, una ventana rota, una puerta desvencijada, dice mucho más de la cuidad a la que pertenece de lo que sus propios ciudadanos estarían dispuestos a reconocer.
            Los monumentos que nadie recuerda hablan de un pasado no oculto, sino lo más cercano al olvido que nadie logrará estar nunca. Algún militar de baja estofa sobre su caballo, señalando hacia un horizonte siempre esquivo; algún pensador que lleva más tiempo muerto de lo que logró vivir, y cuyas obras nadie ha revisado en el último siglo; alguna figura que remite a la antigüedad clásica en un intento por mostrarse cercano a dicha sensibilidad; algo similar a una obra de arte (abstracta, cubista, moderna, o cualquier pseudo-escuela similar), que no solamente su propio creador no supo entender, sino que la sociedad a la que se la ofrendó prefirió ocultar sin más. Las ideas que recorren, o recorrieron, la ciudad, se adivinan en ellos.
            ¿Qué decir de los parques descuidados? La naturaleza demuestra que a pesar de los denodados intentos de la humanidad por lograr lo contrario, será ella quien heredará la Tierra. El futuro anida en aquellos parques que nadie visita por no encontrarlos aptos para la contemplación de delicados ojos humanos.
            De un pasado cargado de ideales caducos hablan las obras de infraestructura inacabadas que surgen del suelo como huesos de antiguas criaturas mitológicas, hijas de algún sueño discursivo y la idea de un futuro mejor que acabó por nunca llegar. Señalan lo que pudo haber sido pero fracasó en el intento, lo que podría haber significado una nueva vida de no haber nacido muerto. Son el oprobio que nadie quiere ver, la oveja negra que toda familia oculta son esmero, el recuerdo vergonzoso al que nunca quisiéramos regresar. La ciudad ansía deshacerse de ellas tanto como de los edificios abandonados al borde del derrumbe, pero siempre surge alguna traba burocrática que lo impide; siempre hay algo más urgente de lo que ocuparse primero.
            Aprender a distinguir entre los pasajes al estilo parisino, replicados en ciudades que han intentado copiar un estilo que no les pertenece, de aquellas calles que no conducen a ningún lugar, lleva un cierto tiempo. Pero, una vez que somos capaces de hacerlo, se abre ante nosotros un mundo de posibilidades. Paredes que acaban en un muro sin revocar; escaleras que surgen a un lado de una acera; giros y calles circulares como ruinas con finales imprevistos; plazoletas ocultas a espaldas de antiguas mansiones; árboles que han visto el desarrollo de la humanidad y que sobreviven en una escasa parcela de tierra entre el concreto de las calles; declaraciones de amor a viva voz en carteles que apenas serán leídos en calles sin tránsito; tiendas ocultas en un recodo que apenas llaman la atención y que en su interior se ocultan tesoros para unos pocos; pasadizos secretos para acortar camino entre un punto y otro; el misterio de las venas de la ciudad completamente abiertas para quien se atreva a internarse en ella. De allí la fascinación por las calles oscuramente arboladas o radiantes de sol, tal como llama a mi interés el último de los lugares de la lista.
            Tal vez porque son el final de cualquier camino, nunca dejo de visitar los cementerios antes de mi partida. Los que a toda costa quieren salvarse del olvido y los que anhelan el vacío del no recuerdo, se acumulan unos sobre otros en aquellos pequeños espacios que el crecimiento de las ciudades aprisiona.
            La verdad que cualquier ciudad pretende ocultar se encuentra abiertamente expuesta a quien visite su cementerio. Esto se debe, principalmente, a que los muertos no pueden mantener las mentiras de los vivos. De allí que se acumulen monumentos faltos de criterio artísticos junto con las fotografías de baja calidad adosadas en el falso granito, o mármol de mala calidad, de quienes no pueden pagarse un monumento de cuerpo entero o un mero busto. Junto a todo esto, las simples cruces de madera de quienes apenas sí tienen con qué cubrir la tierra removida.
            En estas visitas, no me mueve la simple y mera morbosidad; ni me encuentro en búsqueda de inspiración para futuros escritos, aunque la misma puede presentarse de manera inesperada. Y, por sobre todas las cosas, nunca he sentido la necesidad de tomar fotografía alguna; lo que perdura en mi memoria es cuanto registro necesito.

16 comentarios:

José A. García dijo...

Es posible conocer gente muy interesante de este modo también.

Saludos,

J.

Frodo dijo...

Querido J. lo confirmo, lo suyo es diabólico.
Le recomiendo Epecuén, para Vd. no va a tener desperdicio

Abrazo!

AlmaBaires dijo...

Me gusta tu forma de hacer turismo, y en algunos puntos hasta coincidimos. Yo no me meto en edificios abandonados o por derrumbarse, aparte del miedo, me producen mucha angustia... pero sí paseo mucho caminando, recorriendo sus calles, sin guía ni nada... y voy a los cementerios, creo sea un sitio que dice mucho de la ciudad o pueblo al que pertenece, de su gente, de los que aún quedan.

Un beso.

Cayetano dijo...

Cuando visitas una ciudad, a veces no coincide con la que conocen otros, sobre todo los que la habitan a diario. Disfrutas de su parte turística, una ciudad distinta de la sufrida por sus ocupantes.
Saludos.

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

No entiendo ese concepto de vivir la vida tan esquematizada,
siempre he sido muy anárquica, y tampoco espero que nadie me entienda, pero prefiero ver y dejar que la vida me sorprenda

BEATRIZ dijo...

Bueno, pues sí estimulan la imaginación narrativa, y puedes enfrentar los posibles percances, malos olores, reptiles, criaturas que se mudaron a vivir allí, qué sé yo, ya está.
Saludos.

unjubilado dijo...

Dices "Un edificio abandonado y en peligro de derrumbe es una historia a punto de acabarse.".
Discrepo, cuando se derrumbe será una historia continuación de los túneles que se iniciaron en tiempos pasados para... Habrá que buscar información y encontrar el motivo de esos túneles y los restos óseos encontrados en ese lugar, por supuesto las obras que deberían de culminar en una gran edificio, ya se han cancelado hasta que se encuentre la autoría de esas instalaciones subterráneas.
Un saludo.

Amapola Azzul dijo...

Memoria emotiva, casi como fotografías.

Éso de los parques descuidados tienen tanto que contar.

Besos.

Manuela Fernández dijo...

Hay muchas formas de viajar: la que te llevan a lugares turísticos donde todo es mentira y contrahecho, la histórica que incluso también hay cosas que son plagios y la de verdad que conoces a pie de calle sus gentes sus casas, todo en su estado natural.
A mí también me gusta ir a pie, eso sí: yo hago muuuuuuchas fotos :) :) :)

Doctor Krapp dijo...

Después de la crisis del 2008 y si vivieras en España podrías apreciar todo lo que dan de sí edificios, barrios y ciudades dejados a medio construir. Un paraíso para los amantes de estos intentos baldíos y fracasados pero la salvación para otros que nos libramos del urbanismo salvaje y sin contemplaciones.

Guillermo Castillo dijo...

Estimado viajero, solo tus palabras y tus pasos nos saben llevar por las palabras que escribes y cuyo fondo son aquellas cosas que ves y que no ven los demás.
Con eso basta.

mariarosa dijo...

Una original manera de vacacionar. Lo de la tierra removida resulta impresionante.

mariarosa

serafin p g dijo...

Los lugares se resignifican, dependiendo de quien sea el visitante de turno.
En estas recorridas, la curiosidad suele dar buenas recompensas.

RECOMENZAR dijo...

me gustas cuando callas lo que escondes adentro

taty dijo...

Gracias por la oda a la naturaleza que será la dueña de todo. Visité una vez un edificio, ruinas de una batalla poco mencionada, y disfruté enormemente que de tanta muerte surgieran frondosos helechos por cada recoveco: cementerio y jardín botánico, dos pájaros de un solo tiro.

Saludos.

Hola, me llamo Julio David dijo...

Señor, lo entiendo. De chico que me gustó caminar sin rumbo fijo, usando de brújula solo el interés por descubrir calles cada vez más extrañas y ajenas a mí. Me gustaba perderme y descubrir en qué otros paisajes vive otra gente a la que nunca voy a conocer pero que siento cercana solamente porque me mimetizo con ellas de manera fugaz, acorde mis pasos se acercan y se alejan. Hasta el día de hoy me gusta caminar y cuando voy de viaje soy de esos que sale a recorrer el lugar sin importar si hay atractivos turisticos o no. Soy un eterno turista, aunque esté en mis propio barrios.
Te dejo un abrazo.