Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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domingo, 31 de marzo de 2019

Paulownias (El peso de la tradición)

—Somos seres de tradición —saludó el prelado.
            —Lo seremos por siempre —respondió el hombre sin dejar de trabajar la tierra.
            Lo había descubierto acercándose desde la distancia, a pesar de lo cual no dejó de remover la tierra con la vieja pala, mellada y oxidada, que encontrara en el cobertizo del pueblo. No le preocupaba nada más.
            —¿Cómo va tu día? —preguntó el prelado.
            —Igual que los anteriores.
            —¿Cuánto has avanzado hoy?
            —Te acercas a mis tierras todos los días, casi siempre al momento del crepúsculo, y haces la misma pregunta —dijo el hombre mirando al prelado por sobre su hombro, sin girarse por completo. No era resentimiento lo que cargaba sus palabras, sino otra cosa más difícil de definir—, intercambiamos algunas frases y luego regresas a tus libros, tus historias y tu retórica como si nada. No me interesa que eso se transforme en nuestra tradición particular, no hagamos de una fórmula convencional para saludarse una realidad —clavó la pala en la tierra y se volvió—. Además, ambos sabemos que en verdad poco te importa lo que haga o deje de hacer. Lo que te preocupa es otra cosa.
            En silencio, el prelado miró los surcos de la tierra y la humedad que se evaporaba poco a poco bajo el inclemente sol de tan inusual otoño.
            —Me preocupa que algo te suceda—dijo.
            —Antes de que cumpla. Dilo, ambos lo sabemos.
            —Eso también es cierto —reconoció el prelado—. Tampoco hace falta que lo señales ni que lo hagas ver como algo tan atroz. Piensa, en cambio, que es…
            —Necesario —interrumpió el hombre mirando hacia los lados.
            —Cierto —respondió el prelado sin notar el tono en que se pronunciara aquella palabra.
            Ninguno dijo nada durante varios minutos. El hombre tomó nuevamente la pala, hizo un pequeño pero profundo pozo antes de arrojar una diminuta, casi invisible, semilla y volver a taparlo.
            Cuando la tierra formó un montículo sobre la semilla la mojó con un poco de agua de una cantimplora casi vacía.
            —Eso de nada servirá —dijo el prelado—, le faltará más agua.
            —Ya lloverá —respondió el hombre.
            —Me gustaría comprender por qué lo haces.
            —¿Cuáles fueron tus palabras cuando me buscaste la primera vez? Y me refiero a aquella vez en la que ya todos en el pueblo sabíamos la verdad… ¿Las recuerdas?
            —Sabes muy bien que sí —respondió el prelado.
            —Aquí también lo estoy haciendo lo necesario.
            —No te entiendo —dijo el prelado.
            —Ni espero que lo hagas.
            —Podrías hacer el intento de que te comprendiera. De ese modo quizá podría ayudarte. No tienes por qué cargar con todo ese peso sobre tus hombros.
            —Cada tarde respondo de igual manera. ¿Por qué hoy sería diferente? —dijo el hombre girándose una vez más.
            —¿Por qué esta tarde debería ser igual a las anteriores? ¿Por qué hacer de nuestros encuentros una tradición tan rígida? —preguntó el prelado sintiendo que acababa de anotarse un punto a su favor.
            Tal vez vencido por la constante insistencia, cansado por el esfuerzo de días, aburrido por la soledad de aquellas tierras tan alejadas del pueblo, o por cualquier otra razón que, en realidad, carece de importancia, el hombre volvió a dejar la pala a un lado y se sentó en la tierra. El prelado, cuidando la pulcritud de sus ropas ya raídas y remendadas incontables veces, continuó de pie a pesar del dolor en sus piernas tras tanto caminar.
            —¿Recuerdas que te encargaste de descubrir que era el último hombre fértil del pueblo…? ¿Cuándo fue eso?
            —Hace dieciséis años, cinco meses y dos semanas —respondió el prelado.
            —¿Tanto? —se sorprendió el hombre—. Hubiera creído que eran unos años menos… Pero no importa, más a mi favor. ¿Qué he estado haciendo desde entonces?
            —Lo sabes tan bien como yo —respondió el prelado bajando la mirada.
            —He servido a cada hembra disponible del pueblo y, por lo que he podido averiguar, también lo he hecho con alguna que no lo era a pesar de haber aclarado que no intervendría en otros lugares. Incluso en ciertos casos tuve que hacerlo en más de una ocasión. Y nunca por mi propio gusto. Ni siquiera una sola vez…
            —No lo diría de ese modo, no somos animales —respondió el prelado.
            —Dilo como quieras. No somos animales pero lo parecemos —dijo el hombre escupiendo en la tierra antes de agregar—. Se sentía de ese modo.
            —Debíamos asegurar la siguiente generación, eras el único capaz de entre todos los hombres que regresaron de… —no completó la frase, tampoco hacía falta.
            El sol se ocultaba con rapidez tras el horizonte en el norte lejano. Lo miraron en silencio, antes de que el hombre pudiera volver a hablar.
            —Cuando nací —dijo—, mi padre plantó un árbol paulownias para mí. Es una tradición ancestral de algún pueblo que ya no existe. Estoy seguro que debe de haberlo leído en algún lado, porque siempre hemos vivido aquí y esos árboles no se encontraban en la comarca antes de mi nacimiento. Ni siquiera hay una palabra en nuestro idioma para nombrarlos.
            —¿Es el árbol junto a la casa? —preguntó el prelado.
            El hombre asintió sin agregar nada más.
            —Según esa misma tradición, debía talarlo y construir algo útil para el hogar con su madera el día que me casara… Nunca me casé, claramente… En fin.
            —Todavía hay tiempo para eso, eres joven —dijo el prelado.
            —Al cuerno con ello. No puedo hacerlo, no después de todo… de todo… eso —respondió atragantándose con las palabras.
            —Comprendo —dijo el prelado.
            —¿Ah, sí? Pues qué bueno —respondió con sarcasmo.
            —Intentaba ser…
            —Eso sí que no es necesario.
            —Entonces —dijo el prelado para evitar que el diálogo muriera—, cada uno de aquellos árboles, y las semillas que te he visto plantar, son…
            —Desconozco cuántos han nacido gracias a mis… necesarios esfuerzos… —dijo el hombre mirándose las manos—. Para ellos son estos árboles. Para que crezcan como ellos, para que… —se atragantó intentando disimular un sollozo y el temblor en sus palabras—. No. Ya ni siquiera sé para qué lo hago.
            La noche había caído mientras hablaban; las nubes ocultaban la luna lo suficiente para que ninguno de los dos se entera de que tanto uno como el otro lloraba por igual.
—Somos seres de tradición —saludó el prelado a media voz comenzado a alejarse.
—Lo seremos por siempre —respondió el hombre por lo bajo.



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En el número 37 de la revista digital ElNarratorio pueden encontrar el relato La tan ansiada hospitalidad, publicado hace unos meses en este mismo espacio.

Fin de Espacio Publicitario.

13 comentarios:

RECOMENZAR dijo...

Traigo una nueva azúcar viene en un trozo grande cuadrado sabe magnífica es todo un placer Es tan dura que la tengo que rayar y luego la pongo en el té
Un brindis por Ud caballero por sus ganas y sus textos.No se imagina como me gustaria conocerlo

mariarosa dijo...


Hoy me dejaste sin palabras.Cada hijo es una semilla y cada semilla un árbol.

Saludos.

Cayetano dijo...

Semilla y semen provienen del mismo término latino.
Saludos, J.

Doctor Krapp dijo...

Me gusta ese carácter de epopeya simbólica de este texto donde mezclas con tino dos elementos semejantes en su equidistancia.

Guillermo Castillo dijo...

¿Será que hay por ahí una especie asexual, donde, todos los miembros de la población son incapaces de engendrar descendencia? Me pregunto.

Saludos.

Raul Ariel Victoriano dijo...

Me atrapó la originalidad del relato tanto como el contexto que eliges y el diálogo que imaginas en ese sitio en el cual se desarrolla toda la acción de la historia. Me gustó mucho, además, que hayas elegido a ese árbol tan emblemático para concatenar las dos condenas que parecen pesar sobre el hombre de la fertilidad. Un texto admirable, sin duda.
Ariel

Dyhego dijo...

Siempre es bueno dejar semillas.

Hola, me llamo Julio David dijo...

Si sigue así, va a formar un bosque. Y otro legado. Quizás el mejor. Y sublime, por lo demás.
Te dejo un abrazo.

Beatriz dijo...

Es conmovedor el final.
Un placer volver a leerte, Saludos.

ოᕱᏒᎥꂅ dijo...

con lo que muchos alardean de tener sexo y ser mentira, y cuando es obligación no gusta ...
curioso

besos

Frodo dijo...

Cada uno de esos árboles, cada semilla, es una historia para contar. Pero en tu relato lo que no se cuenta, lo que se da a entender con puntos suspensivos y bastardilla (justamente), es lo que le da mayor sentido.

Es buen relato, no sabía de los Paulownias

Abrazo J!

Manuela Fernández dijo...

En nombre de la tradición tu protagonista se lo está pasando de vicio. Y él disimulando: "no, no, yo lo hago a la fuerza..." Ya ,ya.
Pues qué voy a decir, que tu relato es originalidad elevado al número "e".
SAludos.

José A. García dijo...

Recomenzar: Gracias por tus palabras.

María Rosa: Cada palabra una tradición.

Cayetano: Es posible, simiente también.

Doctor Krapp: Gracias. La epopeya de una derrota, sin lugar a dudas.

Guillermo Castillo: Hay muchas opciones, tantas que ni siquiera yo lo sé.

Ariel: Gracias. No sé si llegará a la categoría de admirable, pero aprecio el que lo digas.

Dyhego: Siempre.

Julio David: Tal vez esa fuera su idea al principio, dejar un bosque…

Beatriz: Tanto tiempo sin leernos. Gracias por tus palabras.

Magne: Tal vez la cuestión de la obligación desmotive a muchos de hacerlo.

Frodo: Tampoco conocía a los paulownias, los encontré de casualidad en otra cosa que estaba leyendo y su historia (la de los árboles), me llevó a esta otra historia.

Manuela: Es posible. Tal vez todo sea una gran mascarada.

Gracias a tod@s por sus comentarios.

Nos leemos,

J.