sábado, 23 de mayo de 2026

La roca de la vida


—Estamos condenados —repitió, no a él, ni a nadie más, lo hizo para constatar ese hecho una vez más—. Sí… —agregó—, estamos condenados.
    No le respondí. Miré el hueco en la tierra donde solía estar la roca de la vida, en el que ahora solo quedaba la mancha de sangre que todas las generaciones de nuestro pueblo ayudaran a mantener, desde su fundación, su origen, cuando Galaxia, nuestra madre y esposa de Universo, nuestro padre, dio a luz a todo lo que vemos en el mundo. Fue aquí mismo, recostándose sobre la roca de la vida, plana, lisa, un tanto rectangular, sobre la que cada una de nuestras mujeres se acuesta al parir, sin importar la época del año ni el clima, el momento del día ni si era un día fausto o infausto; todas las mujeres parían a los hijos de nuestro pueblo sobre esta roca, nuestra roca, la que ya no estaba. Solo quedaba el hueco en la tierra y la mancha de sangre de los nacimientos.
    —Estamos…
    —Ya cállate —lo corté—. Hay que hacer algo, si no queremos que nos castiguen por habernos dormido durante la guardia. Y lo sabes. Hay que pensar qué decir.
    —¿Qué podemos decirles a los demás que no sea que estamos condenados?
    Lo golpeé con el canto de la espada sin sacarla de la vaina, ni con la fuerza necesaria para herirlo, solo para despertarlo de su trance.
    —Sigamos el rastro.
    Porque había un rastro, imposible de ocultar, como si quien se robara nuestra roca de la vida quisiera que lo siguiéramos. Y eso hicimos.
    El sol aún no quebraba el horizonte cuando entramos en el bosque, las ramas partidas, los troncos caídos de árboles arrancados de cuajo, indicaban la dirección que debíamos seguir sin la menor chance de error. Aquel rastro de destrucción recordaba vagamente a pisadas, inmensas, pesadas, únicas; sabiendo que quien me acompañaba no se había percatado de ello, nada dije, para que no se asustara aún más.
    Caminamos tanto a través del bosque que deberíamos de haber sentido hambre por lo menos una vez, si es que no dos, y dormido, preparándonos para la próxima guardia. Sin embargo, el sol continuaba sin aparecer, y el bosque se hundía más y más en la oscuridad, en la humedad, en el silencio de una noche única.
    Un grito, un alarido terriblemente largo y lastimero, me llevó a cubrirme las orejas sin por eso dejar de escucharlo. Ese grito tenía tanto de humano como de algo más, tanto de dolor como de desesperación; y había sonado tan cercano como los dos lo estábamos en ese momento. Fue una suerte que él no haya abierto su boca en ese instante o no sé cuál podría haber sido mi reacción.
    El grito cesó tan de pronto como iniciara, sin que eco alguno perdurara a nuestro alrededor, y volvimos a avanzar, más lento, con mayor cuidado, sabiéndonos cerca de algo, de alguien, capaz de robarse la roca de la vida y arrastrarla hasta allí.
    Varios árboles más adelante dimos con una hondonada que ninguno de los dos conocía. Con sumo cuidado nos asomamos entre las hojas y las ramas para descubrir quién se encontraba del otro lado.
    El dueño de las pisadas, un ser inmenso, rotundo, de aspecto tan antiguo como las faldas de las lejanas montañas, con manos inmensas y callosas, con dedos gruesos y llenos de heridas viejas, junto con algunas nuevas, sostenía por los hombros a quien profiriera el grito que antes escucháramos. Una mujer, tan inmensa, tan rotunda como el propio Padre Universo, aunque, a diferencia de éste, ella era infinitamente hermosa. Era mirarla una única vez y no querer volver a ver jamás ninguna otra cosa en lo que te quedara de vida, y era, por supuesto, Galaxia, madre de todo, que se recostaba sobre la roca de la vida retorciéndose como lo hace toda parturienta en los peores momentos. Su abultado vientre confirmaba su condición.
    —Los sacrificios están aquí —dijo el Padre Universo—. Dejen de espiar y vengan a ayudar —. Su voz hizo sangrar mis oídos impulsándome a cumplir su pedido, su orden.
    —Somos meros hombres impuros —dijo quien me acompañaba dejando atrás nuestro escondite entre los árboles —. Nada sabemos sobre la llegada de la vida.
    —¿Se creen que yo sí lo sé? Solo lo vi una vez, milenios antes de que ustedes nacieran.
    Nos acercamos a la madre de todos y cada uno tomó una de sus piernas, a la altura de la pantorrilla. El roce con su piel me devolvió recuerdos que creía olvidados para siempre; volvieron a mí vivencias, experiencias, alegrías, pesares y todas las ausencias de mi vida. Mis ojos ardieron ante las incontenibles lágrimas.
    —Ya existe todo —dijo quien me acompañaba—. ¿Qué es lo que nacerá?
    —Es…
    Un nuevo grito de dolor, una contracción inmensa en el vientre de nuestra madre Galaxia, se llevó la respuesta de nuestro padre Universo. La roca de la vida ardió al contacto con la sangre que comenzó a fluir entre las piernas de la madre de todo. Cuando mi mano también comenzó a arder lo entendí, y sonreí.

11 comentarios:

José A. García dijo...

Entonces... ¿estaban condenados o no?

Saludos,
J.

J.P. Alexander dijo...

Uy tal vez. Te mando un beso.

Tot Barcelona dijo...

Desde luego, estamos condenados ¡

Beauséant dijo...

Sin duda, condenados, nunca nace algo nuevo sin destruir lo antiguo...

Gabiliante dijo...

Que saque la espada de la funda que sino la cesarea va a resultar mas sangtienta de lo debido. Ni lapiedra podría dar cabida a semejante caudal.
Abrazooo

Coŋejo pestilente dijo...

¡Sí!.

Cabrónidas dijo...

Por supuesto. ¿Quién no lo está?

Buscador dijo...

Llegó un momento donde todo estaba programado. Por fin el hombre podía vivir de una forma ociosa sin tener que trabajar. Las fiestas eran constantes incluso, existían drogas que pasados sus efectos, no tenían efectos secundarios ni adicciones. Si surgía un virus, no pasaba una tarde sin hallar su remedio...No tenías que preocuparte de nada mas tan solo, de disfrutar porque ya estaba todo inventado. La lluvia era de colores en lugar de transparente, la nieve tenía el sabor de un helado, el viento ajustaba su temperatura pues si soplaba en invierno era cálido, si en verano, era fresquito. La carne, la fruta, las verduras se creaban en laboratorio sintético porque no había razones para matar a ningún animal. Todo el mundo gozaba sin medida en todos los sentidos. Los animales y los hombres procreaban en determinadas ocasiones y edades si así lo permitía el gobierno mundial de la maternidad y no había causa para preocuparse mas que de vivir y vivir. Cada cierto tiempo hombres y mujeres tomaban sus anticonceptivos. No existía el matrimonio ni la religión portadora de guerras. Macho y hembra se conocían según la ley natural del animal y fornicaban llevados por el instinto...

Hasta que llegó una pandemia. El sexo dejó de practicarse pues la gente comenzó a gozar solo de sus sentimientos pues de esa manera, eran felices. Las mujeres dejaron de parir y los hombres ya no tenían erecciones. El gobierno los incitaba en un principio al sexo pero ni el gobierno escapaba a tales tentaciones. Pasaron diez años y no hubo ningún nacimiento pero todo el mundo gozaba en fiestas que llegaban hasta el amanecer. Pasaron 20 años y hasta 30 y la gente envejecía. El sexo era algo secundario. El gobierno murió de viejo. Sus sucesores desatendían el gobierno pues solo les importaba la fiesta y pasados unos años, llegaron otros sucesores que ya no sabían nada de nada como quién está en la inopia.

Llegó la escasez del alimento. La lluvia era solo agua transparente y la nieve no tenía sabor. Había que trabajar para subsistir y nadie sabía nada de nada. Se escuchaba como de un eco lejano aquello de "hacer el amor" pero nadie sabía...Hasta que llegó la lucha por la supervivencia cuando la gente formaba clanes donde se enfrentaban unos y otros. Las enfermedades diezmaban la población y poco a poco, entre una calamidad y otra, la tierra se quedó sola sin gentes.

Una noche de invierno en un establo donde solo había bestias, se escuchó el llanto de un niño al nacer...

Nuria de Espinosa dijo...

Me quito el sombrero por tan profunda y bella prosa. Qué grande es la vida!!! Un abrazo

Etienne dijo...

Menos mal que no sucedió mientras estaba yo de guardia, la sangre me da mucha impresión. Firma, el primer condenado!!
Abz!

Sara O. Durán dijo...

Un renacer después de que todo desapareció.
Un abrazo.