Estamos sentados a la mesa que compré cuando fue mi primera mudanza, un rectángulo de madera sólido, de buena madera, que pienso legar a mis nietos —y eso que nunca tendré hijos—; por eso en cada mudanza cuido especialmente que no le pase nada, para seguir usándola, para seguir comiendo sobre ella, seguir escribiendo de vez en cuando, y, de forma cada vez más esporádica, que alguna compañera de juegos apoye sus nalgas. Las sillas son diferentes, pero la mesa sí es la misma.
Es mi mesa, inconfundible, como lo son también las otras tres personas sentadas una de cada lado de ella. Hablamos, recordamos anécdotas humillantes de otras épocas —¿qué anécdota no lo es en cierto punto?—. Miro a quien está a mi derecha, está descalzo y con los pies sobre la mesa, lo que me enoja porque estamos comiendo, pero a él no parece importarle; no se da cuenta o hace como que no comprende mis señas mirando a los demás para no perderse el resto de la conversación. Yo también los miro y escucho sus gritos como si compitieran para ver quién grita más fuerte, más tiempo, con palabras más largas, con insultos más elaborados y sin atragantarse. Es terrible darse cuenta de cómo nos atraviesa el tiempo, cómo nos cambia, cómo deja marcas en la piel, en la mirada, en los gestos. Es terrible ver que seguimos siendo nosotros sin serlo. Mis manos muestran las mismas marcas, y me duelen como si hubiera hecho un gran esfuerzo del que no guardo recuerdo.
Quizá, si recordara por qué nos hemos reunido, cuál es el motivo para que estén todos en la casa, en mi casa, la sensación de incomodidad sería menos absoluta. No resulta nada fácil recordar algo entre tanto grito, restos de comida y lo que de seguro hemos bebido.
Las risas estallan otra vez. Aunque me perdí lo que dijeron, sonrío para no desentonar, para no seguir quedándome afuera.
Una idea se forma en mis pensamientos, un punto negro, una señal de que no todo está bien entre tanta alegría, de que no todo es lo que se supone que es, que siempre hay algo oculto frente a lo evidente.
—¿Si saben que no son reales?
Mi pregunta cancela su alegría, su felicidad, su buen humor, otra vez, como siempre lo logro cuando no puedo contenerme y hablo. Por eso me miran en silencio.
—Ustedes no están aquí. ¿Lo saben?
Se miran, una sensación extraña se contagia de mirada en mirada, de gesto en gestos. Quien tenía los pies sobre la mesa por fin los baja.
—Tenía que decírselos —agrego.
Miro la mesa, solo hay sobras de comida de mi lado, el resto está más o menos limpio, como cada una de mis noches. Las sillas están acomodadas contra la pared opuesta, donde las dejé hace meses.
—Lo sabía, sí —continúo—. Y me preguntarán: ¿cómo es posible que sepa que ustedes no son reales, que no están aquí? Es sencillo.
Me levanto. La mesa está vacía, una fina capa de polvillo la cubre por completo.
No hace falta que acomode mi silla, ésta siempre estuvo contra la pared opuesta, junto a las demás.
—Porque yo tampoco lo soy.
¿Quién es real y quién no hoy en día?
ResponderEliminarSaludos,
J.
Respondo a la premisa: La única forma de distinguir quién es real es observar quién se queda cuando se apagan las luces del escenario. Saludos.
ResponderEliminarlos objetos que nos definen en vida, nos atrapan en la muerte, son como un imán que nos impide encontrar el descanso eterno...
ResponderEliminarMe ha gustado mucho
¿Basta la autoconciencia para tener la seguridad de ser real?
ResponderEliminarIntrigante.
Saludos, colega demiurgo
Interesante la mención la de alguna compañera de juegos.
ResponderEliminarAtrapados entre objetos que en algún momento fueron importantes .
ResponderEliminarCoincido con lo mencionado, quien se queda cuando ya las luces se han apagado.
Sigue teniendo razón, según este cuento de vacíos: no existimos solo somos la imaginación de un dios juguetón. Un abrazo. Carlos
ResponderEliminarJosé, tu texto me recordó un poema de Miguel Arteche. No se parecen en la forma, se parecen en el fondo. ¿Cómo lo ves tú?:
ResponderEliminarCUANDO SE FUE MAGDALENA
"Cuando se fue Magdalena.
Cuando tan lejos se fue.
Nadie supo si llovía
la noche de su partida,
cuando se fue Magdalena,
cuando se fue.
Nadie vio si se alejaba
por el mar y la montaña.
Nunca se fue Magdalena,
nunca tan lejos se fue.
Nadie dijo si algún día
Magdalena volvería.
Nadie sabe.
Yo lo sé.
Nunca volvió Magdalena.
Yo, que estoy muerto, lo sé".
La mesa está vacía, una fina capa de polvillo la cubre por completo....
ResponderEliminarEso pertenece a los recuerdos del tiempo.
Saludos
José:
ResponderEliminarcualquier anécdota tiene un punto humillante, me ha llamado la atención esa reflexión.
Salu2 reales.
Si me encanta cuando el personaje se da cuenta que es personaje de un cuento, parece eso los lleva a la locura.
ResponderEliminarEl único que está rs el nieto, que ha venido a por la mesa, e imagina laúltima cena de su abuelo.
ResponderEliminarAbrazooo
A veces las ausencias son presencias, toman formas acordes a nuestras percepciones.
ResponderEliminarEs un relato desasosegante.
Muy bueno.
Un saludo
Son irresistibles las historias de fantasmas que desconocen su condición o saben, los muy listos, que todas las identidades son provisionales.
ResponderEliminarSiguiendo el eco de Julio David... Si el muerto sabe dónde está Magdalena, es que está muerta.
ResponderEliminarEs una mesa a la que acuden los espíritus. Solo recuerdan.
Un abrazo.
" Porque yo tampoco lo soy"
ResponderEliminarA veces se confunden las cosas,
qué es real y que no...
abrazos
Pues me gustó. No está nada mal imaginarse compañías o presencias en momentos determinados, sobre todo porque se las puede controlar. En mi infancia pasaba tiempos de juego solo y entonces me inventaba personajes, a todos les ponía discurso y también tono, jugaban un rol diferente y al final yo decidía. Eso de ser varios y a la vez acaso ni uno solo da mucho juego de supervivencia. Salud, José.
ResponderEliminar¡Muy buen cuento José!
ResponderEliminarPorque era un cuento... no?
¿O él que escribe no es quién dice ser?
Buena semana.
Tal vez los artículos materiales sean anclas o referencias para que los seres que los disfrutaron puedan volver a actuar con ellos. Tal vez los espíritus vuelvan a donde esos objetos estén con tal de tener cerca algo que les resulte familiar.
ResponderEliminarLo bueno es que parece que cada fantasma respeta el guión y mantiene rasgos de lo que fueron, tal vez, en vida.
Me gustó mucho!
Abz!!
Acabo de comer un solomillo a la pimienta. Como ya se dice en muchas ocasiones, en la vida de pareja ya todo se ha dicho entre yo y mi mujer. Desde mi sillón la veo lavar cuchillos, cucharas y tenedores. Ese sonido del acero inoxidable en el fregadero siempre me da la sensación de la frialdad del metal; de lo inerte que puedo llegar a ser en mi trabajo con una mesa de metal y un foco de luz potente pero fría...
ResponderEliminarVivo en Madrid. Vivo como médico para mantener a mi familia para hacer autopsias a personas con muerte dudosa. Ya son muchos años y al principio de mi matrimonio mi mujer no se quería acostar conmigo e incluso lavaba mi ropa separada de la de los demás. Nos despedíamos con un beso que por parte de ella no era de cariño sino, de compromiso. Luego pasaron los años con muchas discusiones sobre todo para que cambiara de empleo pero no fue así.
He soportado los malos olores de personas que las encontraron en la peores circunstancias en esa mesa de acero inoxidable donde el sonido con otro metal me eriza la piel a pesar de los años. Veo un liquido al que llamaban sangre correr por el metal y me da asco. He abierto cráneos de niños, he sacado fetos a mujeres que estaban embarazadas sin saberlo y tanta gente que ya ni recuerdo...
A las 17 horas me esperan en el hospital. Ella es una mujer de mediana edad que se ha suicidado según parece. Me dan un informe y cuando entro en la sala, veo a la mesa de autopsias a la que fue mi primera novia de juventud. Los recuerdos me visitan atropellados. Todavía conserva un buen tipo y un tatuaje que ella me pidió que yo también me hiciera pero que no me hice; se llamaba Elena Martín Soler y yo la quería...La quiero todavía.
La abro en canal y le trepano el cráneo cuando uno de mis ayudantes ve que estoy llorado de forma contenida. El frío sonido del metal con el metal se mete en mi sesera en esta mesa maldita que puede hacerme vomitar.
Cuando terminamos le digo a mis ayudantes que se pueden marchar pues yo termino ya solo.
Ahora estamos los dos solos en la sala de autopsias. Recuerdo momentos de intimidad que nunca olvidaré. Aún tiene vello púbico rizado. La he abierto en canal, le he abierto la cabeza pero sus labios a pesar de todo tienen un encanto y le doy un beso; aún me excita su contacto...Termino mi trabajo y esa noche hago el amor con mi mujer pensando en ella.
Muy buen cuento José donde la realidad es una ilusión.
ResponderEliminarUn saludo
Puri
Haz escrito una obra verdaderamente magistral
ResponderEliminarPaz
Isaac
Dicen que no eres real si no eres activo en alguna red social, cuando lo verdaderamente real está fuera de cuaquier red social. Pero fantasmas seguro que hay fuera y dentro de la realidad.
ResponderEliminarLo único real es la mesa, o eso parece
ResponderEliminarUna vez cada tanto hay que hacerse esa pregunta.
ResponderEliminarLa respuesta puede variar aleatoriamente, según el momento.
Abrazos, herr J.
PD: le debo una respuesta por mail (coloque aquí cualquier excusa, sea la verdadera o no)
¿Cuál es la realidad? Me hizo acordar a la película Sexto sentido, con Bruce Willis, todo parece una cosa y luego todo se resignifica. Muy bueno el cuento, José. Saludos
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