Diario de un escritor que busca una reputación para poder ser menos que ella.
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sábado, 7 de mayo de 2022

Una pausa para el café

Inconfundible, el rugir del motor de la Harley-Davidson Hydra Glide, modelo 1949, me llevó a asomarme por la ventana de la oficina. Allí abajo, en la esquina donde se detenían los ómnibus, un solitario hombre esperaba. No parecía muy joven, tampoco era un viejo decrépito, sino que atravesaba esa etapa de la vida en que no se es ni una cosa ni la otra. Vestía ropas normales, zapatos marrones, un pantalón azul un tanto gastado, un saco negro y, por lo que podía verse en el cuello, una camisa blanca. No usaba maletín sino un morral cruzado, una de las tantas señales de que se encontraba en ese gris entre una edad y la otra. Ese hombre, solitario, cansado, se parecía un poco demasiado a mí. Él también giró su cabeza cuando el rugir del motor se acercó.
    Yo no podía verlo, pero la motocicleta acabaría de aparecer en la esquina opuesta; lo sé porque, rápidamente, esa pieza clásica de ingeniería norteamericana se dejó ver bajo mi ventana.
    Enfundado íntegramente en cuero, botas, pantalón y abrigo, cubierto con un casco redondo sin protección ―de esos que no están autorizados por la Dirección Nacional de Vialidad―, quien conducía la motocicleta se bajó y con un mismo moviendo colocó el pie de apoyo. Quedó cara a cara con el hombre de traje. Parecían hablar aunque claramente yo no podía escucharlos. Sin embargo, imagino que el diálogo debe de haber sido algo como esto:
    ―¿Eres tú? ―preguntó el de la motocicleta.
    ―Soy yo ―respondió el del traje.
    ―Llegó tu hora.
    ―¿Cómo? ¿Tan pronto?
    ―Sí. Así es.
    El de la motocicleta se quitó el abrigo y la remera negra que llevaba debajo. En su torso quemado por el sol del último verano se adivinaban cicatrices, viejos moretones y lo que supo ser un vientre plano y bien trabajo. Sus brazos también mostraban los indicios de un cuerpo que comienza a decaer.
    No le vi ningún tatuaje, pero eso no quiere decir que no los tuviera.
    Urgido por el otro hombre, el que aguardaba por el ómnibus comenzó lentamente a quitarse el saco y luego la camisa. El suyo era un cuerpo fofo, falto de dedicación, acostumbrado a la vida fácil de oficina, cerveza real ―no de esas artesanales que nada tienen de cerveza―, comida enlatada, películas eróticas sin guión y relaciones interpersonales sin futuro.
    Antes de vestirse con la camisa blanca, el hombre de la motocicleta se quitó las botas y el pantalón de cuero. Su ropa interior también era negra, un negro que no desentonaba con el color de su cuerpo, al contrario, parecía resaltarlo. Con pudor, el otro hombre se quitó el pantalón, su ropa interior no era del todo blanca, y no hace falta decir nada más.
    Cada uno se vistió con la ropa del otro, como si a pesar de las diferencias físicas, las ropas fueran del tamaño ideal. Aunque el abrigo de cuero resultaba sí un poco grande.
    El último detalle se completó cuando el de la motocicleta sacó de una de las alforjas un maletín plateado, lo abrió y dejó en su interior el morral sin preocuparse por lo que pudiera haber dentro. Luego le tendió el casco al otro hombre y, por los gestos, entiendo que le explicó algunas cuestiones sobre el funcionamiento de la motocicleta. El hombre que hasta hacía sólo unos instantes esperaba el ómnibus se colocó el casco, se subió al asiento y se dispuso a partir.
    El otro hombre le señaló el pie de apoyo de la motocicleta, olvidarle era el clásico error de un principiante. El nuevo motociclista sonrió y lo quitó.
    Se despidieron con un gesto de asentimiento. De seguro deben de haber dicho algo más antes de que la motocicleta se pusiera en marcha y comenzara a alejarse en la misma dirección en la que apareciera unos minutos antes, adelantándose apenas a la aparición del ómnibus al cual subió el hombre del maletín.
    El rugido del motor de aquella Harley-Davidson Hydra Glide, modelo 1949, se perdió en medio de los ruidos de la ciudad y yo, que nunca supe nada sobre motocicletas, motores ni ropas de cuero, regresé al café frío que me esperaba sobre mi escritorio.

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Inicio del Espacio Publicitario:

En la Revista Digital Íkaro, de Costa Rica, han publicado el relato: Una mera ficción.

Pueden pasar a leerlo cuando gusten.

Fin del Espacio Publicitario.

26 comentarios:

José A. García dijo...

No siempre puede sabérselo todo. Al menos eso dicen los que nacieron antes de la explosión de la red. Los que nacieron después no saben ni siquiera lo que no saben.

Saludos,
J.

JLO dijo...

Andaba en moto, uso morral y solía ir vestido como los dos personajes así que me siento identificado y contento por el relato. Ser motociclista no es para todos. Hoy con los años y sin moto sería solo uno de ellos. Saludos!

José A. García dijo...

No sé andar en moto y nunca usaría ropa de cuero, al menos no de cuero animal. Todo lo demás seguro que me pasó. Y en cierta forma nos pasa a todos en algún momento...

Gracias por pasar y comentar.
J.

J.P. Alexander dijo...

Me gusto la historia aunque te da un poco de pena el final. Te mando un beso.

Alfred dijo...

¿Cambio de personalidades?
¿Alguien pidió una último deseo?
¿Despidiéndose de una anodina vida?

Todo ello y muchas cosas más pueden desprenderse de este encuentro mostrado.
La Harley sigue su curso.

Un saludo.

Tot Barcelona dijo...

Hay personas a las que les gusta cambiar de manera de vivir pasajeramente. Seguro que al otro día volvieron a hacer el intercambio.
Salut

unjubilado dijo...

Hace muchos años nos dejaron una moto en el lugar donde trabajaba, la dejaron por si podíamos venderla, al igual que mis compañeros aprovechábamos para utilizarla sin salir del recinto de la estación de cable coaxial, el terrero era de tierra y piedrecillas.
La primera y única vez que utilicé aquella moto empecé a dar vueltas alrededor del edificio de la estación cada vez a mayor velocidad, hasta que la moto derrapó y yo salí despedido rompiéndome el pantalón y arañándome las rodillas en el suelo. Nunca más cogí una moto.
Saludos.

Cabrónidas dijo...

Los vigilantes, sin nómina, de la tercera edad de mi barrio, dirían: "Esos tipos se traen algo sucio".

Rocío G. Tizón dijo...

Muy buen texto y evocador. Las Harley son sinónimo de libertad.
No conocía tu blog, me quedo de seguidora y te invito a que te pases por el mío si te apetece.
Gracias y buen domingo.

Luiz Gomes dijo...

Boa tarde. Desejo um feliz domingo com muita saúde e paz, para você e sua família. Bom início de semana.

lunaroja dijo...

De una situación a priori anodina en sus comienzos,abres un abanico de posibilidades que solo pueden imaginar todos los lectores que te sigan.
Excelente.
Un saludo.

mariarosa dijo...

Ay José... me quedé pensando en el significado de la historia. cambio de vida, de personalidades?
Sigo pensando.

mariarosa

J.P. Alexander dijo...

Genial relato te hace pensar. Te mando un beso.

Anónimo dijo...

Una forma de desdoblamiento o un juego de roles ansiados. Saludos.

Tinta en las olas dijo...

Dos hombres y dos destinos, o simplemente uno quería vender la moto. Un abrazo.

Doctor Krapp dijo...

Me gustan los relatos con muchas lecturas porque demuestran su infinita superioridad sobre los textos largos y pesados al que llaman novelas.
Tus relatos, siempre tan descriptivos, me hacen pensar un buen rato, lo del relevo generacional asociado al envejecimiento podría ser una posibilidad tan válida como otra.

Saludos.

Ginebra dijo...

Un instante nada convencional el que aquí se describe. Lo que no me queda claro es que volviera a su café y a su oficina como si nada... cosas de la vida, supongo.
Saludos

Beatriz dijo...

dejar enfriar el café es criminal, pero leerte siempre me asombra.

saludos

Beauséant dijo...

El universo se sostiene gracias a esos individuos que realizan ese tipo de tareas que el resto de los mortales nunca entendemos. Hiciste bien en no distraerlos, en no intentar participar, habrías condenado tu alma a vagar eternamente en una Harley y, quién sabe, si nos habrías llevado contigo a todos los demás....

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Muy bien planteado lo del intercambio de vidas.

Y tal un escritor es quien cuenta lo que ve por la ventana, sin llegar a oír los diálogos, mientras lo espera un café. O se lo imagina, al café.
Saludos, colega demiurgo.

PD; Tu blog es uno de los que puedo comentar sin problemas.

Dyhego dijo...

Intercambio de personalidad y de ropa.
¿Qué les llevaría a querer ser el otro?
Salu2, José.

La utopía de Irma dijo...

Tu relato ruge al son de la Harley Davidson.

Abrazote utópico.-

miquel zueras dijo...

Muy buen relato. Es como si me visitara mi Yo-Gótico de los años 80 con ropa a lo The Cure y uñas pintadas de negro.
También me ha encantado tu anterior entrada del cazador y el lobo.
Gracias por prestarme tan buenos ratos. Sigue escribiendo, por favor.
Saludos.
Borgo.

lanochedemedianoche dijo...

Que buen relato, al final nunca sabemos donde estamos de verdad. Si es real o un sueño de esos que nos aguardan cada noche.
Abrazo

Demian dijo...

No se, pero me quede con el sonido de la Harley 49 ! Buen escrito realmente. Un abraz0

Carlos Augusto Pereyra Martínez dijo...

Creo, observar, en el fondo del relato un homenaje a los motociclistas que formaron un gremio recio, alrededor de una moto sin para la Harley-Davidson.
Un abrazo. Carlos