Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

domingo, 7 de agosto de 2016

Error # 15 (Nata)

Haber crecido en los ochenta tuvo sus ventajas. Es cierto que son pocas pero es de lo que uno puede seguir vanagloriándose en cualquier conversación de ocasión. Tener cinco años en 1989 sin que nadie esté sacándote fotos todo el tiempo y que tus miserias cotidianas no aparezcan publicadas en ninguna red social, es un alivio. Y la alegría de saber que cada tarde podemos ver el Batman de Adam West corriendo por las calles de la colorida ciudad Gótica, por el canal nueve, es otro de sus alicientes que podría numerar junto con unos pocos, pero creo que ya se comprende la idea.
De esa época recuerdo, también, a la abuela, viviendo en la vieja casona sobre Avenida Libertador; construcción que ya no existe, como muchos de los antiguos solares que ocupaban esa calle, cuando el barrio no había crecido tanto y las calles de empedrado tenían un sabor especial a juegos durante la hora de la siesta. Una casona que, a mis ojos infantiles, parecía un palacio de infinitas habitaciones vacías, como los misteriosos lugares de los cuentos llenos de fantasía, con una leve cortina de polvillo en el aire y la certeza de que nadie había penetrado en ellas en mucho tiempo, que mis pasos abrirían caminos que solamente la abuela y yo conocíamos.
Sabía que, desde el tres de enero hasta el último día de febrero, cualquier cosa que se me ocurriera pedir, hacer, ver, decir, comer, romper y otros verbos similares, ella lo cumpliría, logrando que:
            —Si se lo pido a la abuela, ella lo hace —fuera la frase que más repetía en el crudo marzo del regreso a la realidad de mi otra casa, la verdadera, la de mis padres, de la que aún ignoraba que podía escapar. De la que, sin embargo, nunca me iría por razones tan egoístas (al menos eso es lo que cría).
            —Andate a vivir con ella —era la escueta e invariable respuesta que recibía de mis padres en esos momentos de rebeldía; tanto de día como de noche, los domingos antes de prepararme para la escuela o los viernes cuando las clases se terminaban dejando todo ese tiempo libre de los fines de semana en los que poco tenía para hacer más allá de esperar a que fuera lunes nuevamente y volver a ver a mis compañeros.
            Nunca lo habría hecho, nunca me hubiera ido a vivir digamos, definitivamente, con la abuela. Nuestra relación era exclusivamente durante el verano, las vainillas y la leche chocolatada de cada tarde, la televisión en blanco y negro para jugar a adivinar los colores y correr por las calles del bajo a la par de los chicos del barrio que en cada verano volvía a conocer.
            Hacíamos las cosas típicas de la temporada estival, visitamos cada heladería cercana a la casona, las que tenían nombres propios, el de los heladeros, según mi abuela, y nombres de fantasía, de lugares u otras cosas. Recorrimos todas las heladerías de San Fernando, al menos así lo creía en ese entonces, porque estoy seguro que ni siquiera conozco la mayoría de las que existen hoy en día. Y tenía mi favorita, por supuesto; el único lugar donde preparaban helado de sabor a turrón navideño durante todo el verano. Sé que parece una tontería, y que incluso puede muy bien serlo si tenemos en cuenta las cadenas de heladerías y los miles de sabores que proponen, pero me gustaba, era sabroso, de una manera que nunca he vuelto a sentir desde ese entonces y no creo que ello se deba a que mis gustos hayan cambiado tanto.
Sé que estoy idealizando una situación de mi infancia, que la mayor parte de los adultos lo hacemos cuando nos percatamos de lo incapaces que somos para regresar a ese pasado idílico; pero podía tomar helado hasta sentir que se me congelaba el cerebro o hasta que me doliera el estómago, lo que sucediera primero, que al día siguiente sería igualmente feliz porque podía repetir cuanto había hecho sin que nadie me dijera lo contrario. Sin que la edad, ni las responsabilidades, fueran un impedimento.
Si me detengo a pensarlo, hubiera podido vivir con la abuela, como decían mis padres cuando me encaprichaba con lo que no podían darme. Sé que lo hubiera pasado bien, porque cualquier cosa que ella hiciera era para que me sintiera cómodo y acompañado en esa casa tan extraña, tan cargada de recuerdos, tan llena de pasado. Le gustaba hablar y como en esa época la televisión se terminaba porque no transmitía toda la noche, sentía que la dejaba hablar porque me gustaba escucharla, lo cual puede ser que sea cierto en parte, pero también era porque allí no había nadie más con quién hacerlo. Era su única visita, se pasa la mayor parte del tiempo hablando de gente que ya no estaba, que se había ido definitivamente, nunca de gente que la hubiera ido a ver, a visitarla o siquiera a llevarle una caja de alfajores de recuerdo de las vacaciones, nada. Ella siempre estaba sola cuando llegaba en enero, y así se quedaba cuando me iba.
            Cocinaba de una manera espectacular, aún cuando casi todos sus enceres fueran viejos y magullados; las ollas abolladas y un viejo jarro enlozado que ni caso tenía intentar lavarlo. Eso sin hablar de la pava en la que calentaba el agua para los mates que tomaba cada mañana, una bola negra de tizne que sólo ella se atrevía a utilizar. La veo sentada en su silla de mimbre, con el respaldo vencido hacia un costado pero con las patas lo suficientemente firmes para aguantar el peso de su cuerpo, el mate amargo en una mano y la pava en la otra, nada más, mirando el escaso tránsito del verano cruzar San Fernando de norte a sur, lento y pesado como el calor de esos días, sobre el añejo empedrado.
La quería, a mi infantil manera. Si, hubiera podido ir a vivir con ella en su casona, pero el sólo pensar en pasar el invierno allí, sabiendo que usaría el colador agujereado para colar la leche caliente, era más que suficiente para desistir de mi idea, para abandonar cualquier capricho y quedarme en la casa de mis padres donde, al menos, teníamos un colador nuevo y nunca vería restos de nata flotando en el borde de la taza.
Claro que, la abuela, no tenía por qué saber todo esto, como, estoy seguro, nunca lo hizo.



Nota: Es un cuento, no, nada de todo lo anterior es real. Repito: Es un cuento.
Cuento que fue seleccionado por le municipio de San Fernando en un concurso literario realizado a fines del 2015. Entre los premios que se mencionaban se encontraba la publicación de una antología con todos los premiados y seleccionados. La antología debía aparecer antes de la mitad del 2016. Hasta el momento no tengo noticias de la misma. Esto no es parte del cuento, esto es verdad.

10 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Bien contado el cuento.
Saludos.

la MaLquEridA dijo...

Blah que chiste, es un cuento. Me hiciste imaginarte. Por primera vez desde que te leo me dio gusto conocer al niño que creí habías sido pero es un cuento. Muy bueno por cierto. Ni siquiera me molestó el fastidioso anuncio que aparece cada que quiero leerte y que me hace huir de inmediato.


Hoy me gustó leerte, espero ganes o algo así.


Un abrazo

Maria Rosa dijo...


La historia era tan real que la creí como parte de tu vida. Las abuelas, entre las que me incluyo, tenemos la oblgación de disfrutar a los nietos. Esa discusión la tengo con mi hijo que dice que malcrió a su hijo de seis años, pero respondo que el, educa y yo disfruto. Las salidas con mi nieto y las visitas a la heladería son tal cual vos lo relatas.
Cambiando de tema; el año pasado recibí una mención de honor por un cuento basado en el libro "Rayuela" el premio era la edición de un libro en el que participaríamos los tres primeros premios y los seis con M de H.
Todavía estamos esperando. Fui a la municipalidad de Gral San Martín que fue quien organizó el concurso y la respuesta fue: no hay fondos.

Como ves, parece que en todas las muni están igual.

Un abrazo.

mariarosa

Dyhego dijo...

A veces volvemos al pasado para sacar energía y enfrentarnos al presente.

RECOMENZAR dijo...

tu genialidad me asombra

Frodo dijo...

Sospecho que no todo es cuento.
Mi infancia fue muy parecida a la del chico del cuento. Recuerdo la nata en los tazones gigantes que me servía mi abuela ¡cómo quemaban!. Recuerdo el sonido de su reloj en las noches y madrugadas de verano (con péndulo y campanadas que podían contarse según el horario... ¡las de medianoche no terminaban nunca!) y también recuerdo que por las tarde noches la casa era muy oscura, en especial si estaba por llover, tal vez para ahorrar luz eléctrica.
Bueno, removiste muchos recuerdos.

Felicitaciones por el cuento, es muy bueno. Mucha nostalgia. Y es una lástima que aún no haya sido publicado... ya ves que han pateado todo para el segundo semestre, pero ¿ya estamos inmersos en él no? ¡Mucha suerte!

Abrazo!!

Martha Barnes dijo...

El personaje de tu cuento, narra su niñez con su maravillosa abuela.Yo puedo hablar de mi abuelo real, que fué un ser increíble . Joyero en muy buena posición, Por causa de la guerra .su negocio decayó ..Una historia larga... mudanza de pleno centro a Moreno,que sucede por prescripción médica a su esposa ,mi abuela y allí nueva vida en un chalet que también se perdió, porque de joyero por falta de ventas, mi abuelo se transformó "criador de gallinas de raza, Angola o algo asi"!Pobre abuelo!!!claro que de aves no sabía nada .!Perdió el chalet , que un prestamista se lo llevó y mi abuelo , con una esposa enferma, cuatro hijos muy jóvenes,que se casaron y se fuern a Mendoza (salvo mi mamá)ÉL ,UN LEON!!!!!!´...empezó nuevamente arreglando relojes, afinando instrumentos , toda la familia y cada uno, sabía sabía tocar algún instrumento, violín, piano, mandolina, guitarra...y mi abuelito ,todos...y así salió avante,,,!con la" yapa"Después de veinicincoaños, que era su nieta, . .yo.Martha

censurasigloXXI dijo...

Los relatos realistas suelen llevarnos a engaño, muchos nos sentimos similares a los protagonistas y pensamos que, si así han sido algunas de nuestras experiencias, el autor nos está contando parte de las suyas propias.
El relato es fresco y ligero.

Y felicito a los comentaristas por esos aportes tan personales, me gustó rematar la lectura con ellos. Gracias, ha sido un bonito paseo.

Un abrazo a todos los conocidos.

José A. García dijo...

Demiurgo: Muchas gracias compañero!

Malquerida: La literatura, aún cuando es ciencia ficción, ¿no tiene algún detalle de la vida del propio autor? ¿Quién dice que alguien no haya vivido algo semejante a lo que relato? Es cierto, no me gusta hablar de mí mismo, pero eso no quiere decir que, en parte y en algún momento, no lo esté haciendo. Gracias por la visita!

María Rosa: Al parecer muchas municipalidades se quedaron cortas de fondos cuando cambió la administración provincial, lo cual me lleva a pensar cómo se financiaban antes ya que todos dicen estar endeudados en alguna manera… En fin. Gracias por el comentario!

Dyhego: A veces nos caemos en el pasado y preferimos quedarnos en él antes que volver al presente, mucho más oscuro, siempre.

Recomenzar: Gracias, por la visita y el comentario.

Frodo: Es cierto que tiene mucho de nostalgia y melancolía, no recuerdo cómo me encontraba cuando lo escribí, ni si logré salir de ese estado o no.

Martha: Me encanta que el cuento haya despertado tantos recuerdos y tantos comentarios tan diversos. Algo debe de tener de bueno para que esto suceda.

Censuras: Gracias por la visita, como siempre. Es cierto que los comentarios en esta oportunidad fueron muy interesantes en varios aspectos.

Gracias a tod@s por las visitas y comentarios.

Nos leemos,

J.

la MaLquEridA dijo...

Eso si. Igual me dio gusto poder asomarme al mundo -literario o no- infantil de José.


Un abrazo