Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

miércoles, 28 de agosto de 2013

Leñador

Blandía el hacha con el brazo cargado de odio y resentimiento, tal como le enseñaran cuando niño. No estaba sólo, pero era el único realmente armado de los allí reunidos. Los demás, los que carecían de importancia, apenas ocultaban su interés, su temor, sin entender mucho de lo que acontecía.
—Me rehúso a renunciar a lo que, por derecho, me pertenece —dijo en voz alta, a todos, a nadie, a los tres ancianos que miraban la escena desde la balaustrada más baja de la catedral.
Los ancianos se miraban haciendo mal disimuladas señas entre sí, asintiendo, contemplando a la gente allí reunida para ver su reacción.
—El que duden en su respuesta —dijo mostrando el hacha en alto—, sólo me da la razón.
Un leve clamor, un asentimiento mezclado con miedo y expresión de sorpresa, se escuchó entre la gente; los ancianos, por su parte, se mantenían en silencio.
Ante la falta de respuesta, el portador del hacha avanzó hacia el centro de la plazoleta frente a la iglesia, rodeado de curiosos, pisando la tierra reseca del camino miles de veces transitado, marcado su paso con esos movimientos marciales tan extraños en la comarca.
En el centro de la plazoleta, un árbol, enorme, solitario, cargado de frutos de tan extraño color como sabor, era el único adorno.
Afirmó los pies en el suelo cuando se encontró bajo su sombra y tan cerca del grueso tronco que casi podía tocarlo; miró hacia atrás, hacia donde los ancianos invisibles debajo del sol, antes de descargar el primer golpe.
Y luego dio otro golpe.
            Y luego otro.
Y otro.
Y muchos más.
Hasta que, como era de esperarse, el árbol se desplomó con un gran estruendo, levantando una nube de polvo que tardó mucho rato en volver a posarse sobre el camino.
Cuando finalmente lo hizo, el leñador ya no estaba allí, ni su hacha ni los frutos dorados del árbol muerto.
No quedaba nada.
Ni siquiera las huellas que marcaran la dirección en la que partiera el hombre.
Nada.

2 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Da la impresión de que quedó aplastado bajo el arbol. Entonces, se podría plantear el tener cuidado con quienes tiene más resentimiento que cuidado por si mismos. Pero quedó en la duda el final.
Te recomiendo este posteo sobre mí.
http://letradigitaluruguay.blogspot.com.ar/2013/08/3-edicion-premio-b-ldu-2013-disparar_27.html

aristio dijo...

Comparto el mismo comentario anterior, quien enfrenta algo por que no tiene otra cosa que hacer puede que despues ya no puede hacer alguna otra cosa.