Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero, principalmente, a mí mismo.
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domingo, 10 de marzo de 2013

Desesperación


Fue la desesperación quien nos empujó a tan quimérico viaje. El hambre y la fatiga no fueron más que alicientes para justificar, otro poco, nuestra decisión.
   Si, creo que culpar a la desesperación por nuestra muerte es justo, es perfecto, pues de otro modo nunca nos habríamos lanzado hacia algo tan estúpido como es, será y fue, buscar la Isla de la Manteca.
   Hasta el nombre es ridículo, lo sé. Lo sabíamos en ese momento, pero no nos importó. O hicimos como que no nos importaba para sobrevivir otro poco.
   Teníamos un viejo barco calafateado a nuevo, y los remos formados con restos metálicos de antiguos edificios públicos sin uso. Ignorábamos que la sal del agua los carcomería mucho más rápido que el aire y la escasa lluvia del otoño. Porque, como se darán cuenta, cuanto ignorábamos era mucho, casi todo acerca del mundo.
   Eso justifica, otro poco, que hayamos creído, con desesperación, si, en ese trozo de mapa falso que alguien dijo encontrar en el fondo de un barril.
   Y nos lanzamos al mar, deseando que la quimera no fuera tal y algo de todo ese sueño fuera real. Si éramos ilusos o no, el tiempo lo diría. Eso pensábamos antes de que el tiempo, finalmente, hablara.
   Para señalar nuestro fracaso nos perdidos en el inconmensurable mar, sin noción de nada, sin poder utilizar las estrellas como guías y sin saber, tampoco, repetir las oraciones que escucháramos cuando niños. Nada.
   Estábamos perdidos, con el barco a la deriva, sin alimentos ni agua, mirando el sol sin otra cosa que hacer más que culpar al a desesperación, para no tener que reconocer, en su lugar, nuestra propia estupidez.

4 comentarios:

José A. García dijo...

Desesperación, y después...

Saludos

J.

Manco Cretino dijo...

Alguien ha contado cuantos de estos viajes emprendemos en nuestras vidas? Cursos que no podemos torcer, muy a pesar nuestro, que nos llevan a decir aquellas sencillas palabritas que rezan:
-¡¡¿Quién carajos me mandó a meterme en esto!!?

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Un viaje desesperado, desde el desastre hacia el desastre, sin un nombre epico, sino con un nombre absurdo.

María dijo...

Menudo viajecito... ¡qué angustia!

Un beso.