Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

viernes, 10 de febrero de 2012

Ora et Labora

La luz difusa y perdida en la lejanía alcanzaba, con suerte, para dejarme ver los elementos de mi labor. La cuchara de albañil, el balde de mortero y los ladrillos que, hilera sobre hilera, constituirían la pared. Una que se uniría al techo un poco más alto que mi cuerpo.
Los ladrillos encajaban a la perfección, diecisiete hileras completas, sin cambiar el contenido del balde, sin que falte ni un ladrillo.
Escuché sonar un cascabel.
Giré hacia mi espalda y comencé mi nueva labor.
Construir una pared con mortero y ladrillos utilizando como única herramienta, una cuchara de albañil. Ni una plomada ni un nivel, ni siquiera un martillo o una barreta para hacer palanca. Sólo la cuchara. Y nada más.
Diecisiete hileras de ladrillos más tarde, contemplando la perfecta armonía de los materiales aprisionados uno sobre otro, escuché un cascabel.
Giré hacia mi espalda y comencé a colocar mortero sobre el suelo, para acomodar la primera hilera de ladrillos, la que ha de soportar el peso, la más fuerte, el fundamento de todo. Del balde aún salía mortero de buena calidad y en cantidad suficiente sin tener que raspar los bordes.
Ciento treinta y seis ladrillos más tarde escuché, otra vez, el cascabel, la picazón debajo del oído, girar hacia mi espalda y comenzar a echar mortero sobre el suelo.
He perdido la cuenta de paredes que levanté bajo la misma pálida luz, si fueron diez, quinientas cincuenta o nueve mil, no importa.
Siempre hay una más para levantar, siempre hay mortero en el balde, la pila de ladrillos no disminuye y ruego, a quien tenga el poder, que la cuchara no se rompa.
Nunca pensé que construirse la propia celda fuera a ser tan difícil…

8 comentarios:

José A. García dijo...

Con suelos como éste, ¿quién necesita pesadillas?

Saludos

J.

Esilleviana dijo...

:)

Reza y trabaja.
Cada vez que sonaba el cascabel, era como un aviso como una petición para que no dejara de trabajar, de colocar cada hilera de ladrillos. Éso es lo que hacemos cada día: caminar hacia el final y confinar nuestra libertad y voluntad en una pequeña celda...

vaya! siempre haciendonos pensar.

un abrazo

Martha Barnes dijo...

¡José,este relato pone la piel de gallina!!!!!Martha

Lau dijo...

lo cerré porque le estoy renovando la apariencia! y como blogger me anda medio mal, se está demorando el asunto ...

volveré y seré millones (?)

saludos!!!

Cielo dijo...

Vaya clima que logras, un texto que envuelve al lector y lo deja casi desnudo sobre pensamientos que no atinamos a resolver.

Enhorabuena
Un abrazo fuerte.

efa dijo...

Je, bienvenida la circularidad.
El texto es solido como la pared, bien ahi.
Salud

Rayuela dijo...

encerrarnos? parece que no es tan simple...


me recordaste "La música del azar", de paul auster.

me gustó tu relato

abrazo*

Malena dijo...

Es que nadie quiere poner el ladrillo final de la propia celda.