Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

viernes, 16 de diciembre de 2011

Manifestación

Creí soñar, hacía tanto tiempo que no sentía un impulso consumista semejante, que me resultaba extraño encontrarme allí, en ese centro comercial en particular, a esa hora del día, en medio de las ofertas de fin de temporada. Ese no era yo, que ya aprendí a no dejarme llevar, a no caer en la tentación y librarme del mal, amen.
Lamentablemente, no soñaba. Y sí, me encontraba en los pasillos de esa mole de concreto, plástico y vidrio tan odiada, cuando comenzó. Una agitación en el aire, un rumor que crece como el caudal de un río que baja de improvisto cargado del barro y el estiércol del deshielo.
Una vibración extraña en el suelo, en el crujir de los cristales, que provocaba que los vendedores de las casas de ropa y objetos de mala calidad y alto precio, se asomaran a las puertas de sus capillas del consumo para mirar, con tanta sorpresa como la mía, en la dirección en la que el rumor parecía acercarse.
Tres aterrorizados guardias de seguridad aparecieron corriendo por el codo del pasillo, gritando algo que no comprendí; palabras que pusieron en movimiento a los atónitos vendedores que, tras escucharlas, comenzaron a cerrar y trabar las puertas con cuanto tenían a su disposición.
En medio de tal movimiento, más intrigado que asustado, miraba hacia el pasillo por el que aparecieran los despavoridos guardias al tiempo que el rumor y el retumbar de pasos no dejaba de crecer.
Una columna, compacta y bien formada, de personas, dobló por el pasillo. Caminaban en silencio, haciendo sonar sus pasos en el suelo siempre limpio de baldosas brillantes. Gente de todos los tamaños y colores, de todas las alturas y peinados, vistiendo galas o harapos, que apenas se miraban entre sí.
Su avanzar era la vibración que sintiera antes, el rumor que se tornara más y más fuerte no provenía de sus gargantas (pues he dicho que avanzaban en silencio), sino del movimiento de sus brazos. Cada uno de ellos llevaba el brazo izquierdo en alto y agitaba, con los extremos de sus dedos, dinero suelto, billeteras bien cargadas, monederos y hasta tarjetas de crédito, bien alto, a la vista de todos.
Pasaron junto a mí sin que pudiera sacarles una palabra, pero, de sus gestos, de sus miradas, obtuve las respuestas que necesitaba.
Esperé a que el último de ellos pasara junto a mí y, levantando mi billetera de cuero vieja y descolorida, me uní a la columna.