Diario de un escritor que quería escribir pero nunca encontraba el tiempo...

Desde el 2008 molestando a todo el mundo pero principalmente a mí mismo.
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Actualiza sábados o domingo, porque si esperara a tener algo para decir quedaría abandonado...

lunes, 6 de junio de 2011

El mismo Camino

El cielo nublado, y el suelo plomizo sobre el cual resonaban mis pasos, me daban sueño. El cansancio que sentía, como el peso de una larga cadena sobre mis hombros, enredaba mis pasos haciéndome tropezar. No podía dejarme caer, o el peso me aplastaría.
Avanzaba lentamente en medio del desierto, sin agua y sin sensación de estar avanzando en lo más mínimo. Veía una sombra alargada y amenazante bajo mi cuerpo. Una sombra con garras y un pico enorme; o con un abrigo abierto y un sombrero con alas, no podía decidirme. Sólo sabía que tenía que caminar.
Al menos hasta llegar al lejano abeto que veía crecer allí, en medio de la pampa húmeda. Nunca supe de botánica, pero reconocía un abeto. Nunca supe de geografía, pero reconocía la pampa húmeda. Nunca supe quién era, pero mi sombra se encargaba de susurrármelo con insistencia.
—Vos sos yo —decía—, yo soy vos —repetía.
¿Mentía? No lo sé. ¿A quién preguntarle? No había nadie allí. Salvo bajo el abeto. Una figura que saludaba al camino, de espaldas a mí. No tenía pelo sobre la cabeza, no tenía barba, pestañas ni cejas.
Con mis rodillas a punto de resquebrajarse, alcancé el árbol. Bajo su sombra el peso de las cadenas fue más soportable. Mucho más soportable. Al menos en apariencia.
El hombre que esperaba allí se volvió a mirarme, del otro lado del camino no había nadie.
—Debo llenar ésta ánfora de agua —dijo, pero en sus manos había una copa de cristal, diminuta y frágil.
—¿Dónde quedó la roca? —le pregunté.
—A veces —respondió—, se puede engañar a los dioses. O dejar de creer en ellos.
El abeto desapareció, el peso sobre mis hombros regresó. El cielo del crepúsculo se abría y comenzaba a salir el sol.
—¿Lo ves? —dijo—. El fácil.
Y arrojó la copa contra el suelo, con fuerza.
Donde ni siquiera se astilló.

8 comentarios:

Espérame en Siberia dijo...

Engañarlos o dejar de creer en ellos.

¡Bravo!



Muchos besos, encanto.

Petardo Contreras dijo...

No creo y con eso los engaño!
Abrazo

Pato dijo...

Es muy difícil engañarse a sí mismo. Empecinarse en ese engaño es lo que te termina matando.

Besos.

efa dijo...

A veces se puede engañar a los dioses, o dejar de creer en ellos...
Muy interesante, volveré a leerte, sin dudas, con mi cántaro.
Salud

NoeliaA dijo...

No sé si capté el significado de los elementos que aparecen en el cuento, o si no hay que interpretarlos. Me pareció una visión surrealista, de esas para ser interpretadas bajo la óptica de la psicología. Lo digo por lo de la copa, el árbol, el agua, la sed, las cadenas.
O hay un mito dando vueltas, o a esta frase no la interpreto "¿donde quedó la roca?"
Digo por Prometeo.

Un abrazo

Cal Viva dijo...

un sueño muy bien narrado, con todo para que quien lo lea se haga la propia historia.

lluvia azul dijo...

Es un relato que se alimenta por una vena de savia surrealista. Claro que con ausencia de automatismo. Aquì la conciencia recoge las ideas y las plasma con gran logro. Soy pekejimenez. Un saludo.

José A. García dijo...

Espérame en Siberia: Yo prefiero la segunda opción, siempre es la más fácil.

Petardo Contreras: Es otra forma de decirlo, si.

Pato: Me parece que el problema es cuando comenzas a creerte tus propias mentiras y no podes evitarlo.

Efa: Gracias por la visita.

Noelia: Aparecen Prometeo y Sísifo mezclados con Tántalo, es una referencia a los castigos cíclicos de los mitos griegos, últimamente estuve revisando algo sobre el tema y salió este texto.

Cal Viva: Esos son los mejores sueños, ¿no?

Lluvia Azul: Soy de la idea de que el Surrealismo murió con Dalí, pero antes de eso, logró que el mundo se convirtiera en una obra suya.

Saludos y gracias a tod@s

J.